Rojos y blancos – Mijaíl Shólojov

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En Rojos y blancos continúa Mijaíl Shólojov su tetralogía del Don, centrándose en este volumen en el levantamiento que los cosacos del Don llevaron a cabo contra las tropas rojas durante la guerra civil que siguió a la Revolución Rusa. Muchos cosacos, que hasta entonces luchaban en la guerra en el lado blanco, abandonan el frente cansados por años de lucha, permitiendo al ejército rojo penetrar en tierras cosacas. Sin embargo, las disposiciones que los bolcheviques toman contra los oficiales cosacos del bando blanco, así como las instigaciones de los cosacos ricos y de los ancianos, que temen los cambios que el comunismo pueda traer, acabarán por empujar a los cosacos al alzamiento.

Grigori Mélejov, al mando de una división, se destaca en la insurrección contra el ejército rojo. Los rebeldes luchan por lograr la independencia de las tierras del Don, cuyos habitantes han estado siempre sometidos al arbitrio de los burócratas de Moscú, fueran estos zaristas o bolcheviques. La idea de los insurrectos es instaurar un estado cosaco independiente, que permita que su estilo de vida y sus costumbres sean respetadas por quien quiera que resulte ser el bando vencedor en la guerra que se libra.

La lucha por la independencia pasa por expulsar a las tropas rojas que han penetrado en territorio cosaco. Pero la situación de los rebeldes es delicada: luchando en la retaguardia del frente rojo, que en cualquier momento puede volverse y aniquilarlos, debe también enfrentarse a las tropas rojas enviadas a cercar a los insurrectos. Además, los cosacos sublevados deben intentar evitar la alianza con el ejército blanco, al que traicionaron al abandonar el frente y cuyas represalias teme; sin contar el temor de que, recuperado el poder por los blancos, estos acaben con los sueños de independencia de los cosacos. Por último, a la precariedad de su posición se une la falta de material bélico de los insurrectos, que deben hacer la guerra con la munición que logran arrebatar a los rojos.

En medio de esta vorágine, Mélejov sigue siendo el héroe indeciso. Aunque lucha bravamente del lado rebelde, comprende la verdad que las doctrinas rojas defienden y que por ellas la mayoría del pueblo ruso se haya unido al bolchevismo. Sin embargo, Grigori cree sobre todo en la cultura cosaca, en su forma de vida, y por ella combate, aún a costa de enfrentarse a sus propios vecinos. Pero Mélejov sabe suficiente de la guerra para comprender lo desesperado de la situación y adivinar que la única opción de supervivencia pasa por unirse a las fuerzas blancas, que volverán a dar al traste con el sueño de la independencia cosaca.

El desencanto de Grigori se hace cada vez mayor. Cansado de la guerra ya no le queda ánimo para sufrir o para alegrarse; en medio de su embotamiento añora vagamente los días felices de su juventud, que contempla como un paisaje al que ya no se ha de volver, y comprende que la existencia que conoció ha muerto. Incluso su renovada relación con Axinia parece incapaz de inmutarle, aun cuando entiende que ella es el amor de su vida.

Sólo una cosa logra emocionar siempre a Grigori Mélejov y al resto de los cosacos: la estepa. La tierra, que permanece ajena a las pasiones que acercan o alejan a los hombres entre sí, entregada siempre al transcurrir de las estaciones. La tierra intensamente añorada por los cosacos dedicados a hacer la guerra y que cambiarían gustosos el fusil por el arado.

Precisamente, son las descripciones de la estepa y de ese vínculo que une a los cosacos con ella uno de los mayores atractivos de esta tetralogía del Don. Pero también lo es la riqueza de sus personajes y la manera en que las historias de estos se entretejen en una espesa urdimbre. O la viveza de los diálogos. En definitiva, déjense enamorar por Shólojov.

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2 Comentarios

  1. Veo, Sra. Castro, que, tanto usted como yo, seguimos erre que erre con Mihail Shólojov. Leí esta tercera parte hace ya algunos meses, y no puedo dejar de darle la razón en las apreciaciones de su reseña, “El Don apacible” es una excelente obra que consigue enamorarte.

    “Rojos y blancos” representa una vuelta a los espacios abiertos de la estepa y, en mi opinión, alcanza de nuevo el mágico lirismo del primer libro. El inicio de muchos capítulos se transforma muchas veces en un canto desenfrenado a la tierra, lleno de una luz y un color deslumbrantes; la estepa, hogar del pueblo cosaco, se despliega magnífica ante nuestros ojos y el autor, llevado de un irrefrenable éxtasis poético, convierte algunos párrafos (el capítulo VI es un ejemplo) en una elegía a la tierra de sus ancestros:
    “¡Querida estepa mía bajo el cielo casi pegado a la tierra del Don! Las sinuosidades de las cortadas, torrenteras y barrancas de roja arcilla, los amplios espacios cubiertos por la estipa con la huella de los nidos que los cascos del caballo dejan al pisarla, los kurganes que en su sabia mudez guardan enterrada la gloria de los cosacos… ¡Me inclino ante ti y, como un hijo, beso tu tierra dulce, estepa del Don tantas veces regada por la sangre cosaca!”

    Los personajes de la novela, atormentados ante el horror del momento vacilan, se arrojan al conflicto pero dudando, sin una firme convicción ( Grigori Mélejov afirma: “Los comunistas y los generales son lo mismo: un yugo.” , “Los hombres lucharon y lucharán siempre por su trozo de pan, por su parcela de tierra, por su derecho a la vida; así será mientras el sol brille, mientras la sangre caliente corra por las venas”). Mélejov, como usted indica, vive sumido en un vacío e indiferencia total, únicamente aliviado por su amor hacia Axinia; se muestra cruel hasta la saña en el momento de la batalla pero magnánimo y comprensivo en la contrariedad del vencido, (su reacción ante la actuación de su cuñada Daria en el linchamiento de Iván Alexéievich es una clara muestra).

    Shólojov tiene la gran virtud de dibujarnos no a un héroe, sino a un ser humano capaz de las mayores debilidades; de esta manera, consigue aproximarlo al lector, que lo percibe siempre como alguien a quien el destino depara una cruel jugarreta, la de asumir un papel no deseado y completamente ajeno.

    Creo que, desde las páginas de este libro se lanza, asimismo, un explícito mensaje: la insignificancia del hombre ante la naturaleza. Porque las pasiones que, hoy ciegan y extravían, mañana son olvido, la fuerza de la vida (representada en la obra por el Don y la interminable estepa) se encarga de ocultar las huellas dejadas por todos. Se vuelve a reafirmar de este modo el hermoso final del segundo libro “La guerra continúa”, en él que, haciendo referencia a la fosa de los bolcheviques fusilados, se escribía:
    “Quince días después la minúscula elevación se había cubierto de llantén y de tiernos brotes de ajenjo, espigaba la avena, florecía esplendorosamente el amarillo de la colza, crecía el trébol, olía a euforbio y a toda clases de hierbas. Y también en mayo se pelearon las avutardas en los aledaños de la capillita, entre las matas de ajenjo, aplastando la verde capa de la grama en sazón: se disputaban la hembra, luchaban por el derecho a la vida, al amor, a la reproducción. Y algo más tarde allí, junto a la capillita, al pie de un pequeño montón de tierra disimulado por un matojo de ajenjo, la avutarda hembra puso nueve huevos moteados de azul humo y se acomodó sobre ellos calentándolos con su cuerpo y protegiéndolos con su ala de lustroso plumaje”

    Veremos que nos depara “El color de la paz”, cuarta entrega de esta fabulosa obra.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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