1984 – George Orwell

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1984 - George OrwellPoco se puede decir de una novela tan antológica como es 1984 sin incurrir en tópicos o ideas ya expresadas con anterioridad. Lo interesante de su lectura es que siempre nos descubre nuevas cosas sobre las que pensar, nuevas miradas acerca de la sociedad, el estado, el control, la psicología o las relaciones personales; en la novela de George Orwell encontramos una seria reflexión sobre el poder, sí, pero también sobre cómo nuestra individualidad se ve afectada por prejuicios, indicaciones o ideas preconcebidas. Cada lectura puede mostrarnos un detalle que no habíamos visto antes; una característica de las grandes obras que nos demuestra que, más allá de interpretaciones clásicas y de clichés perpetuados por los medios de comunicación, 1984 tiene un gran potencial que no defraudará jamás a un buen lector.

Más allá de la historia de Winston Smith y su desafortunado intento de escapar al control del Gran Hermano (traducido en esta nueva versión como «Hermano Mayor»), lo que encontramos en el libro es una serie de reflexiones acerca del comportamiento individual frente al colectivo. La figura del Estado como institución u organismo controlador es omnipresente, pero quizá el aspecto más inquietante de la obra se encuentra en la uniformidad de pensamiento impuesta desde arriba. Aunque el régimen de terror implantado por el Partido es palpable y se manifiesta en todos los aspectos de la sociedad (actos públicos, redadas policiales, espionaje, delaciones…), la parte más siniestra de la distopía de Orwell es la relacionada con la psicología de la sociedad que describe. Más allá del control férreo por parte del Estado, los ciudadanos parece haber aceptado la ortodoxia del pensamiento único. Como enuncia Syme, un compañero de Winston:

El pensamiento será totalmente distinto. De hecho, no existirá pensamiento tal como lo entendemos hoy. La ortodoxia equivale a no pensar, a no tener la necesidad de pensar. La ortodoxia es la inconsciencia.

Esa inconsciencia es la parte más oscura y terrible de 1984. Una inconsciencia colectiva que impide actuar, que anula voluntades y consigue adormecer el espíritu de la gente hasta hacerla complaciente. La ortodoxia se aplica de forma continua, y así se consigue que la gente acepte como buenas normas que suponen tremendas injusticias. El hecho de que Winston trabaje alterando noticias del pasado para que se «ajusten» con las necesidades del Partido es un hecho terrible; pero no tanto por sí mismo, sino porque implica que la sociedad está dispuesta a dejarse engañar (o, al menos, a renunciar a su derecho a saber la verdad) y comulgar con las versiones oficiales. (Los paralelismos con la situación actual son tan evidentes y estremecedores que uno se los ahorra. Saquen sus propias conclusiones…)

Es curioso que los proles, la gente humilde, sean los únicos que escapan un tanto de esa apatía generalizada; sin embargo, su situación es casi paralela: en lugar de la ortodoxia reinante para los miembros del Partido, lo que sufren es alienación, desintegración. El poder siempre busca el aislamiento, bien del individuo o del grupo, aunque los métodos aplicados sean muy diferentes.
Winston se rebela, sí, pero quizá de manera parcial. Como se explica en un pasaje del libro ( justo antes de ser detenido), «vivir día a día, y semana a semana, devanando un presente sin futuro, era un instinto irresistible». Frente la necesidad de actuar, de rebelarse, de oponerse a la tiranía, la ortodoxia se impone para anestesiar a los posibles disidentes: en lugar de tomar decisiones beligerantes, los personajes huyen «hacia delante»; no hay futuro posible, pero en lugar de intentar construirlo deciden anhelarlo, como si con sus deseos pudiesen alterar un presente lleno de horrores.

1984 es una novela llena de entresijos que van más allá de la mera trama de Winston y su endeble intento de rebelión. Si nos fijamos en los detalles, en las referencias a la libertad individual y a la capacidad de decisión del individuo, veremos que la reflexión sobre un Estado totalitario es sólo la punta del iceberg de esta obra inmensa. Si aún no han disfrutado de ella, éste es el momento.

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1 Comentario

  1. Hola. Acabo de leer 1984 y luego he leído su reseña. Es acertada, sin dudas. Pero me gustaría destacar también otro eje que me parece impactante (al menos para lectores de corte relativamente «clásico», si por ello se entiende algo más o menos unívoco).

    El libro está dividido en tres partes. Creo que la reseña destaca correctamente las primeras dos, con los aspectos insólitos de control, la naturalización de la existencia de una policía del pensamiento y de crimentales (crímenes mentales), entre otros elementos que aparecen asumidos y naturalizados en una sociedad que logró eliminar (y/o liberarse) del pasado (aún cuando se trata de un pasado reciente) y por ello, eliminó el sentido histórico de la vida tal como la entendemos al menos los occidentales, la historicidad.

    La tercera parte ahonda en un punto que si bien contiene los anteriores, puede acalambrar más aún al lector: es la degradación humana. Esta última parte del libro es la que nos interroga si la dosis de fantasía que la novela posee se ha excedido un paso o no. Creo que pese al dolor que ocasiona su lectura y la decepción que ocasiona en el lector que inconscientemente reclama el triunfo del bien (aunque no más fuera relativo), esta tercera parte no es sino una consecuencia lógica y feroz de lo antes anunciado al lector y al mismo Winston: «sabrías lo que pasaría». Este último tramo es especialmente desolador entonces por el grado de detalle en el que se entra para describir algo más fuerte que la explotación del hombre por el hombre, que es la degradación del hombre por el hombre. Convierte al hombre en algo indigno de sí mismo, de su voluntad de presente y futuro, y de su pasado. El recuerdo final de Winston de una escena de su niñez es el detalle que permite comprender (más aún que el angustioso encuentro final con Julia) que ese ser que está a punto de morir es una vergonzosa evocación del niño que fue. Vergonzosa y repugnante. Pero no se trata ya de una evocación añorada ni nostálgica, sino residual.

    Ese Winston que morirá es un ser que no tiene existencia, ni historia. Ha sido negado, degradado y torturado hasta obtenerlo plenamente vaciado de eso que alguna vez fue. Es un resto viviente. El control mental hace así su mayor manifestación cuando ha eliminado la dignidad que al menos vivía en el odio o en el resentimiento que condujo alguna vez la vida de Winston.

    Desgarradora novela, particularmente desde la tercera parte a mi modo de ver, donde todo cobra un resultado potenciado de lo ya estremecedor de las primeras partes. Muy dolorosa lectura.

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