Capitanes de la Arena – Jorge Amado

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Capitanes de la Arena - Jorge AmadoEn 1937, Jorge Amado publicaba Capitanes de la Arena, una novela que recoge la vida de los meninhos da rúa (avant la lettre) de la ciudad de Bahía. Niños «vestidos con harapos, sucios, casi famélicos, agresivos, siempre con una palabrota en los labios y fumando colillas de cigarrillos, eran, en verdad, los dueños de la ciudad, los que la conocían en su totalidad, los que la amaban en toda su extensión, sus poetas.»

La novela comienza con la transcripción de varias noticias de periódico en las que se cuentan los asaltos y robos con que una pandilla de pequeños malhechores, denominada Capitanes de la Arena, asusta a las buenas gentes de la ciudad. El sentir general es que es necesaria más mano dura con esos inadaptados. Solo un sacerdote los defiende en una carta al director: son niños abandonados, pasan hambre, nadie jamás se ha preocupado por ellos.

Así presentados, los Capitanes de la Arena hacen irrupción en la novela, llenos de vida, alegres y alborotadores a pesar de lo duro de su vida. A fin de cuentas, son niños. Amado describe el almacén en ruinas donde viven, los precarios negocios (robos, hurtos, timos) de los que malviven y las biografías de esos seres abandonados, delincuentes por necesidad.

La narración se presenta como una novela coral, donde varios de los Capitanes comparten protagonismo. Gato, un niño con pretensiones de elegancia y proxeneta precoz; Profesor, infatigable devorador de libros y genio nato para el dibujo; Sem-Pernas, lisiado de una pierna y ferozmente amargado. Cada uno de ellos tiene a sus espaldas una historia triste y, por delante, un futuro poco halagüeño. Viven al día, aunque todavía se atreven a soñar.

Pedro Bala acaudilla a los Capitanes de la Arena. Pedro «ya tiene quince años. Hace diez que vagabundea por las calles de Bahía. Nunca conoció a su madre; su padre murió de un balazo». Como Pedro, el resto de los niños ha quedado huérfano, ha huido de su casa o ha sido abandonado. Los Capitanes de la Arena no tienen a nadie, solo se tienen los unos a los otros.

La solidaridad entre los niños es inquebrantable, aunque no está exenta de violencia. Los fuertes se imponen a los débiles, y los mayores a los pequeños. Pero todos acatan de buen grado las normas que rigen su peculiar comunidad, porque saben que fuera de ella el mundo es todavía más hostil.

Jorge Amado cuenta la historia de los Capitanes de la Arena sin tremendismo, resultaría innecesario, porque la historia es en sí tremenda: niños abandonados a su suerte, perseguidos y maltratados por las autoridades que deberían velar por ellos. El autor les concede un aura de heroicidad y cuenta su historia con un lirismo contenido que la hermosea sin desfigurarla. Todo lo que sucede a los Capitanes de la Arena es terrible, pero hay en ellos un orgullo, una libertad, una alegría, que brilla más que la miseria y el abandono. Su historia nos inclina a pedir para ellos justicia, nunca compasión. Tal vez por eso Pedro Bala acabe por convertirse en un adalid de la lucha social.

Por su experiencia, Pedro comprende que la causa de todos los males de sus compañeros es la miseria. Y la miseria sólo se vence con justicia social. La desigualdad, el racismo y la pobreza son el telón de fondo sobre el que se mueven los Capitanes de la Arena.

La desigualdad, el racismo y la pobreza siguen todavía hoy, casi cien años después, arrojando a las calles a millones de niños en todo el mundo. Capitanes de la Arena viene a recordarnos la vergüenza que, como sociedad, debemos sentir.

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3 Comentarios

  1. Pues ya somos dos.Tampoco yo soy de los que se acunan en brazos de amorcillos alados, pero es que la historia de amor de Gabriela no tiene nada que ver con príncipes y princesas.

    Si destaca por algo la protagonista es precisamente por lo contrario, es fuerte, independiente, atrevida,… La antítesis en fin del almibarado relato romántico.

    Si le hincas el diente, lo verás.

    Un abrazo

  2. Leí “Capitanes de la arena” hace ya muchos años, ocho o nueve diría yo, en una edición, distinta de la tuya, que publicó El Aleph en el 2004. Y el contexto de denuncia, triste por lo demás, de los más desventurados entre los desventurados se podría seguir aplicando perfectamente hoy en día. Ya no está al mando la dictadura de Getulio Vargas, pero basta con ojear los periódicos para darse cuenta en lo que ha acabado la revolución que llamaba a su seno a Pedro Bala y para ver lo conseguido por los herederos de sus incendiarias proclamas. En las páginas finales del libro “los atabaques resuenan como clarines de guerra”, pero el “ordem e progresso”, prometido en la enseña de Brasil, parece que va a tardar en llegar mucho tiempo… Sobre todo lo segundo, porque lo primero es muy fácil de conseguir, gobierne quien gobierne.

    El libro, leído desde la perspectiva que da el paso del tiempo, resulta algo ingenuo y optimista, – no me refiero a su carga de denuncia -, pero en el año 1937 era necesario soñar en un mundo mejor y más justo. A día de hoy también lo es, aunque la cruda realidad nos haga pensar en demasiadas ocasiones que es imposible.

    Ahora, Sra. Castro, y en un registro completamente distinto al del libro reseñado, te aconsejo que leas la que para mí es la mejor novela, con diferencia, de Jorge Amado, “Gabriela, clavo y canela”, la magia, la poesía, el color y los olores que desprende el libro te calarán muy hondo. La historia del idilio entre la mulata Gabriela y el árabe Nacib merece de verdad muy mucho la pena.

    Hay otra novela de Amado, “Doña Flor y sus dos maridos”, que se mueve en el mismo ambiente costumbrista y lírico que la anterior, pero es muy inferior a “Gabriela”, mi recomendada.

    Un fortísimo abrazo y hasta siempre

    • Hola, Miguel:

      Tengo Gabriela, clavo y canela en la pila de libros por leer. Creo que este verano caerá. Ya me lo has recomendado en varias ocasiones y pronto le llegará el turno. Aunque tengo que reconocer que no me van mucho las historias de amor, yo soy más de prosaica realidad.

      Un abrazo.

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