Cuentos jeroglíficos – Horace Walpole

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Cuentos jeroglíficos - Horace WalpoleEstos cortísimos cuentos son una pequeña delicia para los que gusten de los divertimentos literarios o para aquellos que disfruten con las narraciones fantásticas; bueno, fantásticas sólo por una parte, puesto que estas narraciones son más bien surrealistas. Me explico.
Horace Walpole es conocido por «El castillo de Otranto», novela que inauguró la tradición gótica inglesa a la que pronto se sumarían Gregory Lewis o Ann Radcliffe. Satisfecho con el resultado, unos años después, con la excusa de escribir unos cuentos para la hija de una dama amiga suya, probó suerte de nuevo con ciertos tópicos de la literatura fantástica muy en boga (ensueños orientales, tradición judeocristiana). Además, para su redacción experimentó una técnica que mucho tiempo después se arrogarían los surrealistas, la de la ‘escritura automática’, aunque, obviamente, Walpole no la denominó así. El resultado, como cualquiera podrá imaginarse, es un cúmulo de disparatadas aventuras, teñidas de magia, fantasía y muchísima imaginación.
Al igual que ocurriría con Lewis Carroll y su inmortal creación, también estas narraciones disfrutan de esa visión inocente, pura y malévola de la infancia; el humor y la malicia son protagonistas, muchas veces unidos estrechamente.
Son siete los cuentos escritos, de apenas diez páginas, y cada cual de temática distinta. Sin embargo, todos ellos tienen en común la extravagancia de su narrativa, de la cual doy un simple ejemplo:

Había antiguamente un rey que tenía tres hijas, o mejor dicho, que habría tenido tres hijas si hubiese tenido una más, pues la primera de ellas, de un modo u otro, no había llegado a nacer nunca. Era, sin embargo, muy hermosa, tenía mucho ingenio y hablaba el francés a la perfección, como afirman todos los autores de esta época, aunque haya alguno que insista en que nunca existió. Lo que sí era cierto es que las otras dos princesas distaban mucho de ser unas bellezas. La segunda, en efecto, hablaba con un fuerte acento del Yorkshire, y la más joven tenía una pésima dentadura y una sola pierna, lo que hacía que bailase muy mal.

Como puede observarse, algo fuera de lo común, máxime en un tiempo en el que la seriedad de los autores estaba muy reconocida. Quizá por este motivo estas historias son tan hermosas y agradables de leer, pues lo cierto es que, siendo estrictos, pocas virtudes más las adornan. Pero, al igual que los cuentos de Oscar Wilde, que sin ser pilares de la literatura breve son, empero, excelentes obras, también este librito resulta interesante y divertido, virtudes que se echan en falta en muchas ocasiones. El sentido del humor de Walpole, aunque lejano en el tiempo, resuena con toda su acidez entre estas páginas, que a buen seguro pueden ofrecer momentos de verdadera satisfacción al que se acerque a ellas.

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2 Comentarios

  1. Magnífico libro sobre el que casualmente quería escribir una pequeña reseña próximamente, en cuanto el tiempo me lo permita. Por cierto que lo conocí a través del hermoso ensayo de Luis Alberto de Cuenca. Un libro muy particular, desde luego, y por supuesto, como dice de Cuenca, precursor del moderno surrealismo. Buena página. Un saludo.

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