La voluntad – Azorín

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La voluntad - AzorínEn 1902 publicó Azorín La voluntad, una novela que supuso el alejamiento de la narrativa naturalista que había caracterizado a la novela española del siglo anterior, para acercarse al impresionismo, surgido en Francia treinta años antes. Pero dejando de lado la renovación estilística que Azorín contribuyo a realizar en la narrativa española, “La voluntad” impresiona al lector actual por ser el retrato perfecto de una España que, más de un siglo después, ha cambiado más bien poco.

De La voluntad se ha dicho que es la novela que supo plasmar a una generación, la del 98, desilusionada y apática. Pero La voluntad va más allá de esa generación y retrata a un tipo que perdura en nuestros días: un hombre de intelecto despierto, que observa las cosas erróneas o injustas que suceden a su alrededor pero que, llegado el momento de actuar, se ve incapaz de llevar a cabo ninguna acción positiva. Así Azorín españoliza con La voluntad la idea nietzscheana del superhombre, al crear un personaje dicotómico imbuido de las ideas de superación e individualismo pero que, sin embargo, se ve ahogado una y otra vez por su falta de resolución:

Yo soy un rebelde de mí mismo; en mi hay dos hombres. Hay el hombre-voluntad, casi muerto, casi deshecho por una larga educación en un colegio clerical, seis, ocho, diez años de encierro, de comprensión de la espontaneidad, de contrariación de todo lo natural y fecundo. Hay, aparte de éste, el hombre-reflexión, nacido, alentado en copiosas lecturas, en largas soledades, en minuciosos autoanálisis. El que domina en mí, por desgracia, es el hombre-reflexión; yo casi soy un autómata, un muñeco sin iniciativas; el medio me aplasta, las circunstancias me dirigen al azar a un lado y a otro.

Así se expresa Azorín, el personaje de La voluntad, cuyo nombre tomaría después el autor como seudónimo, recogiendo en un párrafo la lucha de un hombre que se sabe vencido por las circunstancias, aplastado por una educación que mata cualquier rasgo de originalidad y fomenta el análisis pasivo de los hechos en lugar de incitar a participar en ellos de manera activa, sin temor a alterar su curso.

El Azorín personaje contempla desazonado el ambiente que le rodea: hombres y mujeres aplastados por una sociedad inmóvil cuyas normas acatan sin discutirlas y, probablemente, sin entenderlas. Asqueado de esa actitud pasiva, sabe sin embargo que no tiene en su interior la fuerza para rebelarse contra la inacción que atenaza todo un país. Aún así planta batalla, lleno de deseos de cambio, de acción, del prurito de vivir en medio de la vida intelectual, abandona Yecla y se instala en Madrid donde encuentra el mismo inmovilismo vestido con otro traje. Sus fuerzas flaquean y al fin, vencido, regresa a la provincia.

Y es que encontramos en Azorín el ensalzamiento de la Naturaleza como lo único positivo, como el verdadero encarnamiento de ese ser superior cuya fuerza lo puede modificar todo y cuya tranquila acción obtiene siempre los frutos deseados. Como contraste, Azorín presenta la sociedad rural adinerada de Yecla que ha abandonado las tareas agrícolas por despreciarlas, perdiendo así el contacto con esa esencia verdadera de cualquier fuerza que es la tierra.

Porque además del personaje magistral de Azorín, en La voluntad su autor pinta con exacta crudeza una sociedad enferma que, además de volver la espalda a la tierra en pos de una vida falsificada en las ciudades, entiende la voluntad como un esfuerzo dirigido a tareas en verdad inútiles y que muchas veces a la postre se abandonan, como es el caso de la construcción de la iglesia nueva en Yecla.

No falta en ese retrato descarnado de la sociedad española el desinterés olímpico que existe por la formación y la ciencia en un país que, sin embargo, sueña con recuperar sus glorias pasadas gracias a inventos absurdos pergeñados por los herreros de atrasados villorrios. Ese es el caso del herrero yeclano que congrega a una multitud de importantes personajes para presenciar el experimento de un desafortunado artefacto con veleidades de arma tecnológicamente avanzada que pudiera devolver la supremacía mundial perdida en el 98. Esa idea viene a ser un perfecto resumen de la tendencia española a despreciar cualquier inversión, pública o privada, en materia de formación o desarrollo, sin que ello resulte óbice para que nos consideremos un país de mérito en el ámbito científico.

La melancolía, indecisión y tibieza del Azorín personaje son trasunto acabado de la melancolía, indecisión y tibieza que llenan lo español, hoy como hace un siglo.

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4 Comentarios

  1. Si claro les sugiero sus amables lectores de J. Martinez Ruiz por tal razón le sugiero estos tomos algo así como El Pequeño Filosofo, entre otros La ruta de Don Quijote-

  2. Leer a Azorin y descubrir el castellano es una misma cosa.Luego, al mismo tiempo,antes los primores de lo vulgar.Ya sabeis.Le dediqué un verano.No he vuelto a escuchar las campanas tan nítidas, las calles recién baldeadas tan frescas, las solanas tan ardientes.Sazonarlo con Proust,Gabriel Miró,Valle-Inclán y supongo que puntos supensivos.

  3. Otro aspecto que hace de “La voluntad” una de las principales novelas modernas españolas es su estilo, calificado de “impresionista”. Como la escuela pictórica, Azorín descompone la realidad en fragmentos, que presenta juntos pero no completos; es el lector el que debe recomponer en su mente la escena a partir de las sugerentes imágenes esbozadas por el artista. Azorín describe con retazos de color yuxtapuestos, enumeraciones asindéticas, frases breves, cadencia poética. Un ejemplo: “Poco a poco la lechosa claror del horizonte se tiñe en verde pálido. El abigarrado montón de casas va de la obscuridad saliendo lentamente. Largas vetas blanquecinas, anchas, estrechas, rectas, serpenteantes, se entrecruzan sobre el ancho manchón negruzco. Los gallos cantan pertinazmente; un perro ladra con largo y plañidero ladrido”.
    Esta novela está muy emparentada con la obra de Baroja “Camino de perfección” (también de 1902).
    Un saludo.

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