Trescientos días de sol – Ismael Grasa

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Trescientos días de sol - Ismael GrasaHace poco que este recopilatorio de relatos de Ismael Grasa ganó el Premio Ojo Crítico de Narrativa, mientras uno lo estaba leyendo. Y ya terminado, se comprende que le hayan otorgado ese premio, porque Trescientos días de sol cumple a la perfección con la manera de entender el género breve que se viene imponiendo de un tiempo a esta parte y de la cual es imposible apartarse si un autor no quiere verse relegado a la tercera división de la literatura. No quiero decir con esto que el libro sea malo, sino que se adhiere a una forma de entender la narrativa que, para bien o para mal, se está convirtiendo en una de esas lecturas obligatorias que todos tuvimos en la escuela: mejores o peores, pero siempre impuestas.

En la estela marcada por la escuela norteamericana, Grasa ha parido doce narraciones protagonizadas por seres indecisos, agobiados por el hecho insoslayable de su propia existencia, asistentes casuales al desarrollo de su vida. El estilo del autor es seco, de oraciones sucintas y afiladas, que tanto pueden dejar en manos del lector la lectura entre líneas como cerrar de forma incontrovertible cualquier interpretación. Las historias son sencillas, muy contemporáneas, y caracterizadas por su temporalidad y su falta de final definido, a la manera de escenas entrevistas de manera accidental de la vida de una persona cualquiera.

Es esta configuración tan posmoderna y absoluta lo que, paradójicamente, da vigor a los relatos que componen Trescientos días de sol y le resta fuerza. El vigor viene del buen hacer de Ismael Grasa, que tiene una poderosa capacidad narrativa y puede hacer que el lector se sumerja en sus historias con una facilidad pasmosa. Su estilo, sobrio y a ratos austero, marca la pauta de los cuentos y define de forma muy característica a los personajes que transitan por ellos, a los que el escritor pinta con trazos muy breves, pero efectivos al cien por cien. De este modo, la monotonía vital del empleado de banca de “Un robo” se plasma con una elegancia desprovista de sentimientos; o también la falta de expectativas del protagonista de “Tablón de anuncios”.

Pero esa misma tonalidad monocorde que funciona de manera brillante en algunos relatos también termina por resultar frustrante. Los personajes de las diferentes piezas parecen compartir la misma desorientación, el mismo desasosiego, la misma inestabilidad emocional, sean cuales sean sus circunstancias personales, sus profesiones o sus seres queridos. El joven que pretende romper con su novia en “Servilletas en la piscina” podría ser el mismo que el Jonás de “La herencia”: ambos desubicados, espectadores incrédulos de sus propias vidas y con nulas intenciones de tomar las riendas. La inquietud vital de los protagonistas de “Mecedoras” y “Tablón de anuncios” es intercambiable, tan similares son sus comportamientos. En general, la sensación que uno extrae después de pasar por todos los relatos es que ha leído historias que les suceden no a personas corrientes, sino a colecciones andantes de frustraciones.

Quizá huelga decir que ese efecto es, con toda probabilidad, lo que Grasa persigue: la deshumanización de la que hacen gala los personajes de Trescientos días de sol es demasiado evidente como para que no haya sido planeada y ejecutada con convicción por el autor. De hecho, las grietas sentimentales que destruyen a esos seres desnortados son el reflejo —también evidente; quizá demasiado evidente— de ese estilo narrativo que comentamos arriba, y que coloca al protagonista en mitad de un universo que ni entiende ni es capaz de manejar, dejándole a merced de unas circunstancias (llámense «destino», «azar» o «suerte») que terminan por sobrepasarle y ahogarle. Grasa conoce estas características y las aplica con una perfección tan pulcra que resulta descorazonadora, porque la ausencia de humanidad en sus personajes provoca un vacío no se llena; la incontestable sensación de soledad del ser humano puede mostrarse de muchas maneras, pero es necesario que esas dos palabras tengan sentido unidas: la soledad del ser, por fuerza, ha de ser humana.

Los robots que pueblan estos relatos, que asisten impertérritos a sus propias vidas como un público de cine abúlico, no tienen alma ninguna. La deshumanización a la que se ven sometidos por el escritor los pone en mitad de un mundo hostil; y es verosímil que sea no sólo hostil, sino insensible y vacuo, pero no lo es que se limiten a transitar por él como juguetes accionados por un mecanismo de cuerda. El mismo concepto de soledad, el de insensibilidad, el de incomprensión, el de desesperanza, el de miedo y muchos otros, exigen que también exista el concepto «hombre»: hombre dotado de alma, hombre capaz de sufrir y de reaccionar ante ese sufrimiento, aunque no sea de forma activa o positiva. Ismael Grasa, siguiendo una corriente imperante, ha decidido prescindir de uno de los términos de esa dualidad, un término cardinal; el resultado ha sido una obra meritoria en lo narrativo, pero absolutamente vacía en el aspecto humano. No sé si en literatura esa paradoja puede conciliarse de forma aceptable.

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