¿Dónde están los lectores?

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¿Dónde están los lectores?Como bien señala Néstor García Canclini en su libro Jóvenes, culturas urbanas y redes digitales, el éxito en las industrias culturales se basa en el grado de reconocimiento y en la visibilidad. Es decir que hace falta que entre en juego otra serie de dispositivos que ayuden a dar a conocer los libros, a informar sobre las novedades, a interesarse por ellas y a movilizar al lector potencial. Son actividades de mediación muy variadas, que pueden ir desde la tradicional crítica literaria hasta las campañas de publicidad, las ferias y festivales, los grandes premios literarios o, por qué no, las políticas educativas de un país. No son fáciles de implementar, exigen recursos y pueden tener una enorme influencia.

Sin embargo, al revisar lo escrito hasta aquí, parece faltar algo esencial. [..] Creo que ese vacío se puede identificar, y se traduce en una pregunta clave: una vez que los libros comienzan a circular con mayor fluidez por estas rutas, ¿a dónde van? ¿Dónde se detienen? ¿Dónde están los lectores?

Más allá de todas las estrategias y estímulos, para que los libros circulen activamente tiene que haber una demanda real. Por lo general, cualquier industria –automotriz, alimentaria, la que sea- se preocupa por cuidar su mercado, alimentarlo y expandirlo. En cambio, en la nuestra, lo más común es escuchar que esa responsabilidad es del estado, de las escuelas o vaya uno a saber de qué instituciones ricas y generosas. Creo que esta postura es muy corta de vista, y que es hora de entender que ampliar el mercado debe convertirse en un objetivo estratégico de la industria editorial.

No solo de ella, desde ya, hay responsabilidades indelegables del estado y de la sociedad toda; y tampoco hablo de que el trabajo deba recaer sobre empresas o personas individuales. Pero sí hay cámaras y distintos tipos de asociaciones que, financiadas desde el sector, podrían asumir seria y responsablemente ese trabajo. Hay que hacerlo en forma genuina, buscando las mejores herramientas para sumar lector a lector. No se trata de generar contratos con el estado u otro tipo de movidas similares, que son válidas como campañas de venta pero no tienen nada que ver con la verdadera promoción de la lectura. Se trata, en cambio, de trabajar a conciencia para que haya miles de lectores críticos, exigentes, variados y activos, que demanden más de nosotros y nos empujen a superarnos como sector.

En una época en la que la industria editorial está amenazada por la crisis económica, la revolución digital y la competencia feroz con otras formas de invertir el tiempo por parte de los lectores, no ocuparse de este tema ya no sólo es una actitud irresponsable, sino que se vuelve suicida.

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