Dónde poner el listón

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Acaban de aparecer publicadas las listas de libros ordenadas según las preferencias de los críticos para el año 2008. Al consultarlas apenas cuestiono su legitimidad para asignar un puesto a las novelas, poemarios o ensayos, porque reconocemos la precariedad de semejantes valoraciones. Sería asimismo un ejercicio inútil, porque nunca he leído ni la mitad de cuanto aparece en tales selecciones, y, por encima, desconozco los criterios seguidos por quienes las elaboran. Lo mismo me sucede con los premios literarios. Al leer el nombre del ganador me formo enseguida una opinión respecto a la calidad de la entrega. Si es un nombre conocido, de quien ya leí algún título de calidad, pienso, bien fallado, o por lo contrario, si los libros me desagradaron, suelo expresar un desganado ‘más de lo mismo’. Reacciones parecidas tienen los lectores no profesionales. Cuando el ganador resulta un autor o autora que les gusta, exclaman ¡por fin se hace justicia!, mientras otros lectores dicen ¡qué mal!, ¡vaya jurado!, ¡pobre premio! El ritual de las reacciones a favor o en contra es perenne, mientras que la distancia a la que ponemos el listón permanece indeterminada y suele derivar rápidamente a la expresión de opiniones cargadas de preferencias emocionales, que convierten el listón en un palo de gallinero.
Los editores, críticos, lectores, jurados de premios literarios, cada uno tiene su propio criterio y vara de medir. Hoy en día es imposible coincidir en las apreciaciones críticas, porque el campo literario se ha ampliado; de hecho, la literatura aparece contaminada con toda suerte de apéndices, comentarios sociales, políticos, tomas de posiciones religiosas, nacionales, etcétera. Hasta hace pocos años, diría que en torno a 1989, cuando la llegada del empleo universal de internet puso fin a la edad de la literatura, inaugurada hacia 1800, y se inició el nuevo período en el que nos hallamos, el de la literatura comercial, de los superventas, cambiaron radicalmente los criterios. Y no podía ser menos. Existe hoy una masa de lectores de superventas que defienden su derecho a considerar la literatura de entretenimiento, los libros de Dan Brown o Carlos Ruiz Zafón, como literatura de verdad. Innumerables críticos negaron durante demasiado tiempo el derecho a la vida de la literatura comercial. Son como los defensores del Antiguo Régimen, que siguieron exhibiendo la excelencia de las galas cortesanas de la gran literatura, hasta que los excedentes de los libros no vendidos acabaron pasados por la guillotina. A algunos se les olvidó diferenciar entre libros de entretenimiento y los literarios. Los primeros son los que nos iniciaron de niños a la lectura; sobre este tema he escrito en mi libro “Una Venus mutilada” (2008).
O dicho de otra manera: no podemos usar siempre el mismo listón. Para los volúmenes de entretenimiento importa que la historia resulte entretenida y enganche a su audiencia. Tampoco podemos pretender que los libros juveniles contengan verdades profundas, como las guardadas en La vida es sueño. Basta con que trasmitan argumentos entretenidos. A gustar los dramas de Calderón de la Barca les enseñarán a los muchachos en el instituto, aficionándoles a leer más allá de la superficie. Naturalmente, de esos libros de entretenimiento pedimos que contengan una buena historia y que vengan redactados en un castellano (catalán, gallego) eficiente y correcto.
Existe una enorme cantidad de potenciales libros de poesía y de novelas que tienen dificultades para pasar del manuscrito a la imprenta. De la negación del permiso para vadear este paso honroso suele culparse a los editores. Hace poco, José Ángel Cilleruelo escribía con elegancia y agudeza en su blog, El Visir de Abisinia, que examinando los catálogos de las pequeñas editoriales españolas se podía constatar una presencia mayoritaria de títulos extranjeros. En efecto, la recuperación de títulos poco conocidos, debido en parte al bajo costo de publicar libros exentos de derechos de autor, sirve de apoyo a las nacientes empresas. Además, hay pocos editores valientes, que se atrevan a sacar obras de desconocidos, y menos publicarles varios libros. No siempre el primer libro de un novelista sale redondo; en cambio, la experiencia y un editor apto pueden ayudar a terminarlo mejor. Pero las empresas editoriales deben ganar dinero, sin las ganancias no hay futuro. Las editoriales grandes deben asimismo rendir cuentas a los accionistas, y por ello han elegido el camino comercial, para que el balance sea positivo. Tenemos que conformarnos con que de vez en cuando ofrezcan, como hacen, buenos libros.
Volviendo al listón, cabe decir que el libro literario, es decir, aquel al que identificamos como capaz de trasmitir una verdad que sólo la literatura —esa escritura cargada de profundidad expresiva, cuyas palabras cuentan un argumento o historia, y que el diseño autorial convierte en forma artística— es capaz de expresar. La dificultad presente emana, en parte, de que la literatura misma, la alta literatura, los autores que firman los libros, contaminaron sus textos, utilizando materiales de varia extracción. Baroja decía que la novela era un saco roto, donde cabía todo, y, en efecto, la novela por razones obvias ha ido llenándose de realidades que en verdad, en la puridad del arte, le serían ajenas. Y la obra del propio Baroja, de Hemingway, de Capote y otros, muestra que la impureza puede sanear el género narrativo. Pienso en la impresionante novela, Las benévolas, de Jonathan Little, ganadora de numerosos galardones literarios, aunque a mí personalmente ni siquiera su escritura, el francés, me parece tan estupenda; sin embargo, nadie querrá perderse la lectura de tan impresionante relato. Un texto mixto donde los haya, mitad historia, mitad psicología, parte literatura de veras, parte de entretenimiento… Dicho lo cual concluyo que el listón no podemos ponerlo hoy a una altura fija, sino que a cada obra debemos buscarle su nivel.
¿Y cómo podemos determinar la justicia de tan aparente arbitrariedad? Aceptando un hecho muy importante, que afecta tanto a la ética como a la estética: hoy en día los puntos de vista fijos no nos sirven. El buen lector, el buen juez, pienso yo, será quien sepa conformar un punto de vista en consonancia con las circunstancias cambiantes en que vivimos.
En última instancia, el listón siempre estará colocado a una altura arbitraria, porque quienes lo utilizan para medir en España jamás explican dónde está situado. Lo que deja al autor totalmente desprotegido, tiene que acogerse a la bondad de los críticos, y jamás puede actuar de manera independiente, si quiere ser tomado en consideración. Esta dependencia de la arbitrariedad de la crítica, la dependencia del juicio y de la benevolencia de una persona o un colectivo (los lobos caminan siempre en manada), hace que nuestro listón sea más bien, como dije, un palo de gallinero.
Hay una idea absolutamente falsa, que los jóvenes deben de entender: la calidad literaria no va unida al papel. Una enorme mayoría de escritores pierde el entusiasmo buscando el apoyo, el reconocimiento, de los nombres conocidos. Pasan el tiempo buscando un editor de renombre y se desesperan cuando no les aceptan los libros, y siguen pendientes de las migajas que caen del banquete de las letras. Quizás ha llegado el momento de que entiendan que la calidad también puede aparecer en forma digital. Eso es si queremos publicar y no solamente ver nuestro nombre en letras de molde.

3 Comentarios

  1. Bueno, bueno. Veo tan personal el acto de la lectura que en muchas ocasiones hasta nos es difícil sugerir lo que nos ha gustado.Y ya es una realidad la literatura que se hace en la web. Es un espacio ganado, precisa ahora prepararse para elegir con acierto, para saber decantar. He visto niveles altísimos, gran literatura en muchas páginas, creo que en menor escala (en cuanto a calidad) en la literatura infantil. Pero es una oportunidad para el ser humano, que podrá desarrollar su talento (en cualquier esfera) independientemente de oportunidades y concursos. Gracias, Germán.

  2. […] Dónde poner el listón: El escritor y crítico literario Germán Gullón analiza la necesidad de un cambio de criterios para los críticos de libros. En efecto, no es lo mismo el libro de entretenimiento que la obra literaria, cada uno tiene su valor y a cada uno se le puede pedir algo diferente. En un artículo original y abierto, propone la valorización de la publicación digital, en un mundo en el cual los nuevos escritores no son negocio y son por ello excluidos del sistema editorial tradicional. […]

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