El placer que espera en los libros por leer

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1911

El placer que espera en los libros por leerEl escritor italiano Umberto Eco ha apilado una enorme biblioteca que supera los 30 mil títulos. Según se cuenta, los visitantes ante esta impresionante colección no pueden evitar preguntarle al enciclopédico Eco cuántos de esos libros ha leído. La orgullosa respuesta es que no ha leído la mayoría, pero que esos libros no leídos no son menos valiosos, constituyen un tesoro de investigación, una plétora de posibilidades, una celebración de lo que aún no sabemos. Eco llama a esta colección una “antibiblioteca”.

¡Qué gran dignidad la de tener una biblioteca de libros no leídos! Una fastuosa compañía de desconocidos-seducidos. Ser, como nombran los japoneses, un tsundoku, un apilador de libros, agente babélico irredento.

Borges se jactaba, más que de los libros que había escrito, de los libros que había leído. Pero nosotros tomemos otro partido, encontremos sosiego en los libros que no hemos leído pero que por fortuna nos hemos agenciado, llenando el jardín de ecos futuros, minando el ocio con abundantes oquedales que nos aguardan extáticos. Presumamos entonces esos libros que no hemos leído. Esas vidas que no hemos vivido pero que son parte ya de nuestro repertorio de lo posible.

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2 Comentarios

  1. A mí en cambio ese «placer» se me asemeja más al placer —espurio— de poseer. En los últimos años he procurado echar el freno a la compra de libros. Me produce cierta pena el tener muchos libros sin leer y seguir acumulando. («¡Cuántos libros compré yo /
    creyendo que los leería…! / Pero resulta que no». G. Hidalgo Bayal).

    P. S. No entiendo lo de «extáticos». ¿Oquedales en éxtasis? ¿No será estáticos? ¿O, mejor aun, oquedades estáticas? Oquedal, según el diccionario, es «monte de árboles altos, sin matas».

  2. Hace tiempo que soy consciente de que no voy a poder leer todos los libros que he ido acumulando; en su día, tenía la ilusión de poder hacerlo cuando tuviese más horas disponibles para mí, pero ahora comprendo que, aun dedicando buena parte del día a la lectura de libros, cosa que por otro lado no puedo hacer hoy tampoco, cuando ya estoy jubilado, ahora comprendo que bastantes de mis libros se van a quedar sin que los lea yo. Otra cosa es quien venga detrás, y espero que ellos –hijos, y posible familia suya– lleguen a apreciar la lectura de esos objetos, los libros que su padre o abuelo empezó a juntar de adolescente. Mi biblioteca es como debe ser la de tantos otros, pero me gustaría que no fuese a parar a una fábrica de papel, sino que, incluso dentro de varias decenas de años, alguien se sirva de ella y dé gracias por el hecho de que su antepasado guardó todos aquellos objetos con palabras para que siempre puedan llenar la mente de alguien (aun cuando, quizá, ese alguien tuviera a su alcance tecnologías hoy insospechadas que incluso hicieran innecesario tener el libro en su forma actual). En cierto modo, lloro por no poder todos mis libros, como quien llora por el hijo que ha perdido, pero la vida nos fuerza a seguir de todas formas. ¡Qué se le va a hacer!

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