Hablar de literatura en medio del derrumbe

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Hablar de literatura en medio del derrumbeLa colección Qué hacemos plantea la necesidad de construir una alternativa y, en consecuencia, se pregunta qué hacer con los bancos, con la deuda, con la educación, con el trabajo, con la memoria histórica, con el medio ambiente. Son temas que nos preocupan a diario, pues son cuestiones básicas para nuestro porvenir. Pero ¿y la literatura? ¿Es necesario preguntarnos, con la que está cayendo, qué hacemos con la literatura? ¿Hablar de literatura en estos tiempos de resistencia y lucha no es una pérdida de tiempo, incluso una distracción a la hora de afrontar las cuestiones verdaderamente importantes? ¿No constituye, incluso, una obscenidad perdernos por las nubes de lo literario cuando el enemigo quiere acabar con nosotros? ¿Acaso estamos preocupándonos por las rosas cuando apenas tenemos pan? No. Porque cuando hablamos de literatura, estamos hablando de otra cosa.

Para hacer de la literatura un discurso otro, que contribuya a la transformación social, es previamente necesario desembarazarse de las nociones idealistas y neohumanistas, dominantes hoy, que hacen de lo literario un discurso puro y autónomo, inocente, capaz de transcender las tensiones históricas en que los textos se inscriben. Todos empezamos a leer con el discurso humanista en el inconsciente: empezamos a leer creyendo encontrar en la literatura un modelo de vida, una respuesta a todas nuestras preguntas, para divertirnos y para sumergirnos en otros mundos y para conocer lo que no vivimos, pensando que la lectura nos hará mejores personas, más cultas y educadas, incluso más libres y felices.

Tenemos una fe ciega en la literatura. Creemos que la literatura nos salvará, pero rara vez la literatura ha salvado a alguien o nos ha salvado de nada; ni siquiera nos ha dado una respuesta que nos permitiera ser más libres o vivir más felices. Al contrario, la literatura no es un camino ni hacia la libertad ni hacia la felicidad; más bien es un camino hacia la ilusión. Es cierto que la literatura, como el conocimiento en su conjunto, puede conducirnos a la desilusión, esto es, puede oponerse a la ilusión que la ideología dominante construye. Sin embargo, lo habitual es que la literatura, más que como oposición, funcione como elemento de reconocimiento ideológico que facilita nuestra inserción en el sistema, enmascarando con un discurso aparentemente autónomo y puro el funcionamiento del capitalismo.

Y de esto se trata cuando nos preguntamos Qué hacemos con la literatura: de romper con el discurso dominante, de enfrentarnos a la noción de literatura que se nos impone, de arrancarle el velo de idealismo que nos impide verle al texto literario su rostro histórico. Se trata de problematizar la literatura como discurso, reflexionando acerca de nuestra experiencia como lectores, pero también de explorar nuevas vías para la producción de un discurso literario disidenteque nos permita abrir grietas en el capitalismo, para tumbarlo y para construir una sociedad libre de explotación. Porque, en definitiva, es de lo que se trata.

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