La literatura del siglo XX está saturada de vínculos con la cama. Esta relación se debe, supongo, a que parte de los proyectos de alto voltaje narrativo intentaron relatar los acontecimientos psicológicos que envuelven la vida. Proust le dedicó el comienzo de su gran novela En busca del tiempo perdido a una larga descripción de lo que sucede antes de dormir, al margen de haber sido en cama donde él escribió los tomos que lo harían inmortal. Joyce logró la cima de su obra en el “monólogo de Molly Bloom”, que es la transcripción de lo que pasa por la mente de la mujer del protagonista del Ulises cuando está quedándose dormida. Beckett en su novela Malone muere ubica a su protagonista desnudo sobre la cama de un manicomio. Y Joan Didion, en tono íntimo, escribió un ensayo admirable sobre las migrañas y la cama.
En su libro Cómo vivir juntos, Barthes especula con que la cama constituye “una prótesis del cuerpo, como un quinto miembro: el órgano del cuerpo en reposo”. Cuenta que los monjes athonitas no poseían nada, ni domicilio ni objetos, pero que se desplazaban a pie llevando la estera sobre la que se tendían en la noche. Agrega Barthes que la cama es un foco de expansión de los fantasmas del sujeto. A lo que podría sumarse que estar en cama es un ensayo permanente de morir. Sobre unas sábanas nos maquillan antes de meternos al ataúd, que es la otra cama, la dura y eterna.
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¿Esto está citando fragmentos de este artículo? http://papeldigital.info/lt/2014/03/28/01/paginas/059.pdf
Hola, Mariana:
Al final del post tienes el enlace a la fuente. No es el mismo sitio, pero sí es el mismo texto de Matías Rivas.
Saludos.