La edición desenmascarada

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La edición sorprendidaEchar la cuenta de los sellos de supuesto prestigio que han pasado limpiamente a manos de grandes grupos como Planeta sin el mínimo sonrojo de sus divinos fundadores empieza a mostrarnos que detrás de ciertas posturas hubo mucha boquilla. ¿Editores comprometidos? ¿Con qué? ¿Con quién? Acaso diletantes de lo escrito y, por favor, que nadie confunda lo que estoy diciendo: sabían mucho de editar, publicaron títulos insustituibles de autores imprescindibles, pero creyeron que con eso era suficiente y no vieron ningún problema en pasarse con armas y bagajes a grandes grupos creyendo –o dejándose engañar conscientemente- que respetarían su alma editorial. Cada vez que Planeta compra un sello de prestigio veo a un millonario hortera comprando un Gauguin. Eso no es edición, eso son finanzas e ínfulas y pretender formar parte de una clase social que les tolera por su poder económico y político, no porque crean que ya son de los suyos. Que los hijos de nuestros progres editoriales no hayan sido capaces de seguir con la empresa familiar mientras los hijos del patriarca sí lo fueron es muy elocuente.

Se nos ha hartado con historias galantes y poco mentirosas en las que jóvenes editores de buena familia sorteaban la sórdida e hilarante censura; se nos ha mostrado cómo se secuestraba una tirada por aquí, o se mutilaba una obra por allá; se nos ha contado cuán cosmopolitas eran yendo de París a Londres, de Roma a Nueva York o descubriendo Cadaqués; poca atención hemos prestado a los que, además del tiempo y el dinero –que no tenían-, se jugaron el tipo importando ediciones clandestinas, editando títulos peligrosos cuya simple presentación ante cualquier censor hubiera terminado ante el Tribunal de Orden Público y con los huesos molidos al fondo de alguna celda.

No esperemos que las grandes empresas e instituciones españolas del libro cambien, porque no lo harán. Están hechas a imagen y semejanza de un sistema que las mima porque las necesita, porque propaga su visión única del mundo. Dejemos de hablar de cultura porque ellos no van a eso –nunca han ido a eso- pero se han sabido vestir con sus ropajes y muy pocos han visto a tiempo que el emperador iba desnudo. Dejemos de pedir que mejore la gestión porque no les han puesto ahí para eso. Dejemos de esperar nada de ellos –de las viejas glorias, de los grandes grupos, de las miopes instituciones, de los políticos de siempre- y quizás, sólo quizás, tengamos un futuro como industria. Aprendamos a andar sin sus muletas y se volverán tan innecesarios como irrelevantes.

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