La inevitable marginalidad de la lectura profunda

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La inevitable marginalidad de la lectura profundaLeer se está convirtiendo en una actividad marginal. La lectura profunda como forma de adquirir conocimiento está pasando a ser cosa de minorías tras un siglo prodigioso y excepcional. Hablo de la lectura sin entrar a juzgar la calidad de lo leído. Me costaría un poco justificar la bondad de la lectura profunda de basura. No es el caso ni esa es hoy mi intención.

El siglo pasado fue una anomalía lectora. Nunca antes tantos leyeron tanto a tan pocos. El siglo XXI es otra anomalía; nunca tantos habían leído tanto a tantos pero la diferencia está en que éste no será el siglo del libro. Si el siglo XX fue el siglo del libro fue porque no había mejor objeto industrializable para la difusión en masa de la cultura que dio origen a la cultura de masas –el orden de los factores, aquí, es esencial– que el libro. Barato de fabricar y distribuir, fácil de almacenar y vender, el siglo XIX había creado una enorme masa de lectores que, hasta la llegada de la radio y el cine, apenas sí disponían de otra cosa que el teatro como espectáculo cultural organizado y el periódico como vehículo de información estructurada. No es casualidad que el siglo XX sea también el siglo de la prensa escrita, mucho más que el XIX.

La panoplia con la que hoy contamos para meter ideas en la mente de la gente –o para que ellos solos se las metan– va mucho más allá que de las herramientas editoriales tradicionales. La misma idea de edición ha saltado por los aires cuando cualquiera, casi en cualquier lugar, puede publicar algo que seguimos llamando libro, ser reconocido como tal por el público, aceptado, comprado y consumido. Accedemos al conocimiento y a la información a través de fuentes tan variadas que dejan en ridículo la capacidad del libro como principal vehículo y objeto de cultura. El libro ya no es dueño y señor del conocimiento porque hemos inventado muchas otras herramientas.

El corolario a todo esto es que el público lector de libros de lectura profunda –no todos los libros la exigen– se ha reducido tanto como opciones de acceso a la cultura han aparecido. El público en general sólo recurrirá a los libros cuando sean la forma más eficiente de acceder a información de su interés; ese público será casual, inconstante, voluble y se nutrirá de otras muchas fuentes si puede evitar un libro. Es un público que ha existido siempre, ese lector de frontera que en las estadísticas afirma haber leído un libro el último año y que lo hacía porque no había alternativa mejor.

Luego estaremos nosotros, aquellos para los que la lectura es una elección consciente entre muchas más opciones. El lector empedernido no lo será porque no tenga más opciones sino porque será su decisión. Un público militante, más comprometido con cierta forma de entender la cultura, más exigente. Pero mucho más reducido.

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2 Comentarios

    • Totalmente de acuerdo: la basura puede explicar mucho y muy bien.

      Por ejemplo, si vemos la basura que produce nuestra sociedad de consumo (me refiero a la basura verdadera, la que va a los vertederos) podemos aprender muchas cosas: que nos gusta más lo efímero que lo que permanece, que derrochamos, que no nos importa el medioambiente ni las personas que fabrican los objetos que usamos y tiramos, que somos consumistas y autocomplacientes…

      Del mismo modo, esa basura literaria que menciona el artículo nos retrata: banales, amantes de lo fácil, alérgicos al esfuerzo intelectual, consumidores del libro de moda de turno, nuevamente consumistas y autocomplacientes……

      Sin duda de la basura siempre se puede sacar una conclusión.

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