El fin de la bibliodiversidad

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El fin de la bibliodiversidadQuienes tengan por hábito pedir libros a los Reyes Magos ya sabrán que este año SS.MM han tenido menos donde escoger. Trémulas ante el embate de la crisis del consumo, que aliada con la copia digital no autorizada y masiva les ha dejado los márgenes hechos unos zorros, las editoriales no sólo han reducido títulos, sino que cada vez más apuestan por el mismo tipo de libro, que es el que les permite cuadrar cuentas, pagar nóminas y no bajar la persiana. Este año ha sido la sobredosis de memorias y biografías políticas más o menos soporíferas o sugerentes (Aznar, ZP, Solbes, Guerra, Suárez, Franco) y de merchandising en forma de volumen encuadernado de productos televisivos (MasterChef, Belén Esteban, etcétera).

En cualquier librería esos productos copaban todos los espacios (acompañados si acaso por algunos textos literarios con proyección audiovisual: Los juegos del hambre, Juego de Tronos). Quien quería algún libro de literatura sin más debía rastrear en recónditos estantes donde como mucho encontraba uno o dos ejemplares puestos de canto (le ha pasado al que suscribe con los libros de Carlos Castán o Eloy Tizón, por ejemplo).

Pero bueno, prepárense, porque de ser exacto lo que diagnostica y vaticina Colin Robinson en un artículo publicado anteayer en el New York Times, este año los Reyes tienen más diversidad de la que tendrán el que viene, que a su vez será más de la que nos ofrecerá 2015, y así en descenso paulatino hasta que todo sea el mismo cuento contado del mismo modo por el mismo idiota (parafraseando sombríamente a Shakespeare).

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