El diablo de los ojos verdes – Emilio Carrère

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El diablo de los ojos verdes reúne varios cuentos de Emilio Carrère publicados entre 1919 y 1925. Por su temática, estos relatos se engloban dentro del género gótico (el autor es considerado uno de los precursores del terror moderno), aunque gozan de ciertas peculiaridades que las convierten en textos originales, sabrosos.

Una de estas peculiaridades es su sabor castizo: los cuentos de Carrère pudieran recordar, salvando las distancias, a un Poe españolizado. El autor teje sus tramas sobrenaturales sirviéndose de las tradiciones, creencias y supersticiones patrias. Éstas son en muchos casos reflejo de las corrientes europeas del momento —con el despertar de la psicología experimental o el interés por el espiritismo, la teosofía o el magnetismo—, como en “Lo que vio la reina de Francia” o “¿Está escrito el futuro?”; pero también asoman en ellas los crímenes de gaceta, las brujas y los exorcismos de la Santa Inquisición o las peregrinaciones rituales a lugares santos portando curiosos exvotos, en relatos como “El diablo de los ojos verdes”, “La senda del santuario” o “El chato de El Escorial”.

También contribuye a la originalidad de estos cuentos la prosa de Emilio Carrère. Adscrito al modernismo decadentista y admirador de los poetas malditos franceses, el autor retuerce las palabras cotidianas, engrandeciéndolas, dándoles una nueva sonoridad; a la vez que hace gala de un gran conocimiento del vocabulario de nuestra época. De este modo, la prosa de estos relatos llenos de fantasmagorías se vuelve poesía.

Una poesía que se aliña con cierta dosis de humor ácido e ironía. El autor logra  mantener un equilibrio, en cierto modo sarcástico, entre el escalofrío de lo sobrenatural o lo místico y los estremecimientos que produce la simple realidad. Algunos de sus protagonistas, como los de “La rebelión de los fantoches” o “Del diario de un difunto” contemplan su situación no sin cierto ánimo burlesco. Aceptan el misterio en su vida, no dudan de la realidad de los extraños acontecimientos que sufren, pero en cierto modo se ríen de ellos y prefieren tomarlos con buen humor.

Pero también señala Carrère, con acierto, que en ocasiones disfrazamos con el ropón de un fantasma una realidad que resulta demasiado horrible, y achacamos a fuerzas misteriosas lo que sucede por la maldad del hombre. Así ocurre en “El limpio honor de Florestán”, donde un muchacho cree presenciar alguna oscura práctica brujeril, cuando en realidad lo que presencia es un aborto de fatales consecuencias. Como también en “El diablo de los ojos verdes” el demonio que ha poseído a varias monjas recluidas en un convento resulta ser un guapo capellán, que logrará escapar de las garras de la Inquisición no por alguna fuerza demoníaca, sino precisamente por intereses humanos.

Mención aparte merece “La rebelión de los fantoches”, un original ejercicio metaliterario donde el misterio de unas extrañas apariciones que atosigan a un escritor (con una producción literaria que recuerda poderosamente a la del propio Carrère), acaban por manifestarse como los personajes de sus novelas que, descontentos de la existencia que creó para ellos, se proponen hacerle pasar un mal rato.

A pesar de sus innegables virtudes, que nadie espere de estos relatos que le proporcionen estremecimientos de terror. En ese sentido, estos cuentos adolecen de cierta falta de tensión e incluso pueden llegar a ser bastante previsibles. Sin embargo, tienen otros atractivos y por ellos el lector puede estar seguro de pasar un buen rato de lectura.

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