El gran espejo del amor entre hombres (II) – Ihara Saikaku

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El gran espejo del amor entre hombres (II) - Ihara SaikakuHace no mucho hablábamos de la primera parte de El gran espejo del amor entre hombres, una colección de semblanzas que el ilustre Ihara Saikaku dedicó al amor homosexual entre varones. Ya entonces explicábamos, remitiéndonos al esclarecedor prólogo de Carlos Rubio que acompaña la primera parte de la obra, que el amor homosexual masculino era, en el Japón premoderno, una práctica habitual y socialmente aceptada; regida, eso sí, por determinadas normas que debían ser acatadas.

Mientras la primera parte estaba dedicada al amor entre samuráis, esta segunda se desarrolla bajo el epígrafe Historias de actores. Los protagonistas de estas historias de amor son, por tanto, jóvenes actores y sus admiradores, hombres maduros. Los actores son onnagata, jóvenes que representaban papeles femeninos en las obras de kabuki, después de que se prohibiera que las mujeres actuaran. Estos jóvenes, además de las representaciones teatrales, debían aceptar, como parte de su trabajo y a cambio de un estipendio establecido, las invitaciones de sus admiradores para asistir a fiestas que solían terminar en encuentros sexuales.

Las relaciones amorosas que refleja este espejo son, por tanto, un tipo de prostitución tolerada. Solo en una de las historias el narrador, que debemos suponer es el propio Ihara, reflexiona sobre ese aspecto: «Naturalmente, han sido pocos los que han despertado en mí sentimientos sinceros de amor; la mayoría eran chicos que se prostituían por dinero o como parte de sus obligaciones de jóvenes actores. Al pensar en el disgusto que debían sentir al entregarse a mí, ahora me da pena.»

Ihara poetiza la prosa de esas relaciones y convierte a los galanteadores en rendidos enamorados y a los actores en criaturas que, a su belleza y talento, unen las virtudes de la modestia y la abnegación. Los onnagata de las historias de El gran espejo llevan a gala seguir con devoción la vía del amor viril. La pasión que despiertan entre sus admiradores les conmueve hasta el punto de obligarles a corresponder esos sentimientos con igual vehemencia, sin importar la fortuna o la apariencia del enamorado. De esta manera, se ennoblece lo que de otra manera no serían más que historias de amor mercenario.

Por otro lado, estas historias de actores tienen una menor tensión dramática que las protagonizadas por los samuráis en la primera parte de la obra. En aquellas, la muerte solía ser el colofón al idilio de los amantes; en estas, la separación suele estar originada porque alguno de los miembros de la pareja abrace la vida religiosa, aunque también hay algún caso en el que las penas de amor acaban por traer la muerte.

En general, el tono de esta segunda parte es más desenfadado y las historias de amor parecen la excusa para describir con lujo de detalle el ambiente de los barrios de teatros donde los actores y sus amantes se desenvolvían. No en vano Ihara eligió para los protagonistas el nombre de actores célebres de las décadas anteriores a la aparición de El gran espejo del amor entre hombres. De este modo, el lector puede asomarse a una representación de kabuki y asistir a las pequeñas fiestas donde los entendidos del género rendían homenaje a la belleza y el talento de los jóvenes actores.

El gran espejo del amor entre hombres es, por supuesto, un homenaje a la vía del amor viril, al amor entre hombres; pero en sus páginas se esconde también un canto a la belleza efímera de la adolescencia y la primera juventud, a esa gracia que desaparece para no regresar jamás. Evidentemente, hace falta un literato japonés para captar esa belleza que casi vemos mutar ante nuestros ojos: y, al hacerlo, dejar constancia de la pesadumbre de verla perderse, pero también de la dicha de poderla disfrutar, creando así un contraste atractivo, sutil, que pone el acento a estas historias de amor donde alternan la alegría y la nostalgia.

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