El nacer del día – Colette

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El nacer del día - ColetteColette fue una escritora excepcional por varios motivos. Construyó una obra muy personal, en parte porque se basó para escribir en sus propias vivencias personales (y tuvo una vida intensa). Reivindicó además el derecho de la mujer a vivir libremente, a ser ella misma y no conformarse con andar el sendero trillado que la sociedad reserva para nosotras; y lo hizo de la mejor manera posible: poniéndolo en práctica. Y, por supuesto, escribió novelas deliciosas protagonizadas por mujeres.

En efecto, en sus novelas Colette disecciona el alma femenina sin compasión y la capta en sus diferentes estadios: la adolescencia, la juventud, la plenitud y el lento declive de la madurez. Y lo hace desde la doble perspectiva de lo social y lo íntimo, pues en sus textos tiene cabida todo el aparato social que controla, fiscaliza, premia y castiga a la mujer; pero también la forma personal en que la mujer se enfrenta a ese aparato y a sí misma. Bien es cierto que Colette puso mucho, muchísimo, de sí en todas sus novelas, pero sería difícil que cualquier lectora no se reconociera en muchos de los matices de las heroínas de la francesa. Y, por su enorme capacidad para penetrar el alma humana, también cualquier hombre podrá reconocerse en las protagonistas de Colette.

El nacer del día es precisamente una de esas novelas autobiográficas: Colette es su protagonista y narradora. Escrita cuando la autora tenía cincuenta y cinco años, recoge las experiencias de un verano durante el cual un hombre joven se enamora de ella.

Como en el resto de sus novelas en esta también destaca su prosa profundamente sensorial que captura el verano: el viento, el calor, el mar, los frutos en sazón, los juegos de luces y sombras, las comidas al aire libre… todo lo recoge Colette con minuciosidad y brío. De hecho, es el verano con sus ocupaciones el verdadero tema de esta novela, donde la relación con Vial resulta solo un incidente.

Solo que, al hilo de ese incidente, Colette parece analizar y comprender en El nacer del día un momento especial en su vida. A lo largo de la narración la novelista recuerda en numerosas ocasiones a su madre, una mujer que supo alentar y comprender las peculiaridades de su hija. Y al hacerlo evoca la costumbre materna de levantarse antes que nadie para disponer de algún tiempo para sí misma. En la madrugada, Sidonie atiende también obligaciones domésticas, pero lo hace en soledad, se pertenece.

En su villa a la orilla del mar, Colette, muchos años después, comprende que acaba de entrar en un momento de su existencia en el que, como su madre en las madrugadas, quiere pertenecerse. Disfrutar de un periodo para sí misma, en el que sienta que no se debe a nadie. A través de infinitas peripecias, la escritora ha llegado a ese momento:

Para afirmarlo, no sabría escoger mejor época que en la que estoy ahora, completamente tranquila, relativamente viuda, suavemente entregada a mis recuerdos y llena de deseos de permanecer así…

El nacer del día, escrita en 1928, presenta una situación que todavía hoy día resulta chocante: una mujer mayor capaz de despertar el amor de un hombre joven. Hace casi un siglo Colette recordaba que las mujeres tienen mucho que ofrecer bastante tiempo después de que la juventud las abandone, algo que nuestro miserable culto a la juventud perenne debería tener presente. Pero, todavía más allá, Colette nos recuerda que la mujer es un ser completo que puede prescindir de la entrega a los demás, incluso cuando esa entrega pudiera parecer que halaga a su vanidad.

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