Ligeros cambios de actitud – Razvan Petrescu

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Ligeros cambios de actitud, una antología de diez relatos, es la primera traducción al castellano de la obra del escritor rumano Razvan Petrescu. Una voz original, que reduce al absurdo la realidad como mejor manera de enfrentarse a ella, que se sitúa al otro lado de la burla  —a veces inocente, otras descarnada—, a la que usa a modo de barrera que protege de una cotidianidad que se obstina en atentar contra nuestra sensibilidad.

El humor, el disparate, lo descabellado son los principales ingredientes de unas narraciones construidas con un lenguaje directo, sobrio, de frases cortas y coloquiales; creando un contraste que contribuye a poner de manifiesto lo surreal que se cruza en nuestras vidas a diario. De esta manera, Petrescu crea un universo propio, singular, en el que toda extravagancia es posible, pero que, aún así, remite continua y claramente a la realidad que todos conocemos.

Justo dos semanas antes de casarme, al vecino de arriba se le olvido cerrar el grifo de la cocina. Como consecuencia de las goteras, en el techo del comedor apareció un dibujo abstracto, de grandes dimensiones y predominio de matices verdes. El yeso se hinchó y me vi obligado a pintar la habitación. Justo cuando más liado estaba con los preparativos de la boda. El vecino responsable del engorro se ofreció a echarme una mano, pero como él siempre estaba borracho y yo demasiado cansado como para estar pendiente de todo, pinto otra habitación. El dormitorio. Hasta el armario de nogal.

El fragmento anterior corresponde al relato «Fotografías de boda» en el que se describe un desopilante matrimonio en el que todo sale mal, al estilo de una película de Peter Sellers: los amigos del novio obtienen las flores del ramo de novia en un cementerio, es necesario llegar al ayuntamiento haciendo autostop y el funcionario encargado de realizar el casamiento está demasiado borracho como para recordar las fórmulas.

Igualmente divertido resulta «La bola de cristal», aunque este esconde un toque amargo. En él un hombre repasa su vida en inciertas circunstancias (cree haber sufrido un accidente de coche y no comprende muy bien dónde está); y aunque la narración transcurre en clave de humor, el protagonista se define a sí mismo como un hombre que no es querido por nadie y que, ante los ojos de los demás, ha fracasado en la vida al no cumplir con las expectativas que otros se crearon.

«Flash» narra el desconcertante suceso de un hombre que comienza a encontrar fotografías suyas, en distintas actitudes, por la calle. Su retrato aparece en el metro, lo venden los mendigos, se esparce por las calles y los parques. Pero el protagonista sólo consigue averiguar que esas misteriosas fotografías son tomadas de noche y con flash.

Esa tónica de humorismo y absurdo que es la clave de la mayoría de los relatos se encuentra ausente en «¡Vals!», probablemente la mejor pieza de la antología, a pesar de romper con la línea que ésta sigue. Como en «La bola de cristal» se recorre la trayectoria vital de un ser humano, en este caso una mujer, al que la vida ha derrotado. La dura batalla que presentamos cada día para lograr la felicidad, esas ocasiones en que casi la rozamos con los dedos, la forma en que la suerte nos vuelva la espalda y, con la juventud, nos abandonan las fuerzas para seguir luchando, todo eso se concentra con acierto, que logra formar un nudo en la garganta, en las sesenta páginas de este relato.

Porque Petrescu sabe captar la esencia de eso que llamamos vida, aunque nos la muestra revestida de un simpático traje de payaso para que no nos echemos a llorar.

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