Una ciudad asediada – Margaret Oliphant

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Una ciudad asediada - Margaret OliphantUna ciudad asediada es una historia de fantasmas. Pero, como otras obras de Margaret Oliphant, no puede englobarse en la literatura de terror, ni en la literatura gótica; porque su autora no busca el terror, ni siquiera el sobresalto y con su narración propone más bien una reflexión sobre la relación entre vivos y muertos, entre el mundo sensible y el denominado Más Allá.

En Una ciudad asediada se da cuenta de cómo los habitantes de la ciudad de Semur son expulsados un día por los espíritus —en el sentido de «almas»— de sus vecinos ya fallecidos. La historia es narrada por Monsieur Martin Dupin, el alcalde de la ciudad, un hombre librepensador y ajeno a supersticiones. Monsieur Dupin recoge lo acaecido en la ciudad de manera metódica, poniendo por escrito su versión de la historia, pero recogiendo también el testimonio de otros implicados.

Oliphant se sirve del alcalde para que la narración corra a cargo de una voz desapasionada y objetiva, en cuyas palabras el horror y la extrañeza de la situación adquieran sus verdaderas dimensiones. A través de su declaración conocemos los insólitos acontecimientos que acontecerán en Semur. Hombre inteligente, Monsieur Dupin nos pone en antecedentes, contando cómo la impiedad de algunos de los vecinos de la ciudad ha sido la causa de que «los muertos se levantaran de sus tumbas».

En efecto, en pleno verano la ciudad se ve sumida en las tinieblas de una noche de noviembre y sus habitantes se ven impelidos por una fuerza tan poderosa como inexplicable a abandonar sus casas. Tras ellos se cerrarán las puertas de la ciudad y las campanas de la catedral tocarán a muerto.

Monsieur Dupin tratará de transmitirnos el espanto y el desasosiego que la población siente al unísono cuando se empieza a comprender que quienes les han expulsado de  la ciudad han sido sus propios difuntos. Sin embargo, la narración no logrará acelerar el pulso de quien lee, la tensión no logra cuajar y el interés inicial va poco a poco decayendo.

Pero, como decíamos, el objetivo de la obra no es inspirar miedo, por el contrario debe ser vista como una novela fantástica sobre la posibilidad de una vida ulterior en la que los muertos no dejan de preocuparse por los que están a este lado. Pareciera que Margaret Oliphant creyera en la seguridad de esa existencia ultraterrena y le interesase especialmente la posibilidad de un contacto entre ambos mundos. Contacto, que por desagracia, no parece posible realizar.

En Una ciudad asediada ambos mundos se rozan, casi llegan a cruzarse. Pero los vivos no tienen fe y, por tanto, carecen de la capacidad de percibir a sus seres queridos perdidos. Solo algunas de las mujeres de Semur, devotas, piadosas y buenas, alcanzarán a comprender el sentido de lo que sucede en la ciudad y a distinguir el hálito de las almas que la han ocupado.

Y ese es tal vez el punto flaco de la novela, que parece defender la idea de que es necesario tener una fe religiosa casi infantil, creer sin cuestionarse nada, para ser bendecido con la posibilidad de captar algo de ese otro mundo cuyas puertas solo se abren tras la muerte. Agnés, la esposa del alcalde, cree, no duda, su fe es inquebrantable. El alcalde duda, porque ese es el signo de su siglo. La lectora de nuestro tiempo siente cierta indiferencia: si el Más Allá existe, poco tendrá que ver con las religiones de este lado.

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