Inmediatamente después - Eva FernándezEva Fernández ha escrito una novela que recupera algunas de las características clásicas de la novela de ideas, ofreciendo una mirada personal sobre nuestra sociedad. Hay un punto a favor incontestable en este libro, y es el hecho de que su autora no sólo se posicione claramente en lo que se refiere a su pensamiento político (y la proyección que de ello resulta a la hora de afrontar la realidad), sino que lo exprese sin tapujos y trate de apuntalarlo con su dialéctica.
El lado negativo de “Inmediatamente después” es que es un mal libro. Es una mala novela desde el punto de vista estrictamente literario, ya que su estructura es floja y algunos de sus personajes son meras marionetas que la autora utiliza para exponer sus ideas; la redacción es, por decirlo suavemente, caótica, y no existe lo que podríamos denominar “chispa” narrativa. Hay una clara falta de adecuación entre las tesis que se pretenden poner sobre la mesa y la trama de la novela, interesante por sí sola, pero no cuando debe funcionar como base para unas ideas concretas.
La elección del personaje de Miguel, que planta cara a una enfermedad terminal, es muy acertada: en esa creación vuelca la autora algunos de sus puntos de vista sobre la dignidad ante la adversidad y la importancia de la independencia. Los demás personajes, de hecho, actúan como meras comparsas en torno a esa cuestión. Claudia, por ejemplo, es poco más que una caricatura de la activista orgullosa e indomable; Diego pasa por ser el arquetipo del burgués conformista y adocenado; e Irma, el cuarto vértice de esta historia, queda tan desdibujada que apenas se le puede atribuir función alguna.
No obstante, y aunque pueda parecer que es un libro imperfecto, estoy convencido de que hay que leer “Inmediatamente después”. ¿Por qué? En primer lugar, porque la trama ante la que nos coloca Eva Fernández es de una humanidad aplastante: aunque en ocasiones roce el sentimentalismo, ha conseguido plasmar de forma humana y noble el siempre espinoso tema de la muerte. Sin concesiones ni ambages, la situación ante la que nos sitúa es complicada y nos lleva a pensar en puntos que superan la mera elección de nuestra forma de morir.
En segundo lugar, porque hay muy, muy pocos libros que planteen conflictos emocionales ligados a una interpretación política o social de nuestro mundo. No me parece atinada la elección de la forma estilística que ha escogido la autora (cada capítulo termina con una especie de epílogo, a la manera de una reflexión, que expone ciertas ideas, creencias o doctrinas), ni creo que encaje en el devenir de la trama de la novela, pero sí me parece pertinente su inclusión. Creo que es importante que los autores —si no como tales, al menos a través de sus narradores— se posicionen en cuanto al modelo social que padecemos actualmente y que propongan nuevas miradas o soluciones; al menos, que lo presenten sin tapujos, atendiendo a la verdad incontestable que nos rodea, y se dejen de profundizaciones manidas en el fondo del corazón humano, de soledades multitudinarias y de personajes cuyos rasgos sociales más definidos son los coches que usan y los destinos de sus viajes.
Eva Fernández se ha arriesgado a crear una novela que trata de poner sobre la mesa cuestiones primordiales, que se soslayan en la literatura por esa extraña querencia contemporánea por la huida, por la cerrazón y la negación de la realidad. Aunque sus fallos estructurales y formales sean muchos, en una obra como ésta eso es lo menos importante: la autora ha querido enfrentarnos a los temas que están ahí, que siempre tenemos frente a los ojos y que, de alguna manera, no queremos ver. Sólo por esa intención, y por plasmarlo con honradez, creo que todos deberíamos leer “Inmediatamente después”.