Lo puro y lo impuro - ColetteHe leído ya varias obras de Colette, alguna de ellas reseñada en solodelibros, y me atrevo a decir que es una escritora que logra fascinarme y repelerme a partes iguales. Me fascina por su capacidad para dotar de hondura psicológica a unos personajes que supo hacer reales, terriblemente humanos, de modo que el lector puede reconocerse en ellos; me repele por ese abuso de lo sensorial, por ese afán en describir colores, olores y texturas que, curiosamente, es su rasgo distintivo más apreciado.

Por otra parte, admiro naturalmente su valor al ponerse el mundo por montera y vivir conforme a las reglas que ella misma dictó en cada momento. Actitud ésta siempre difícil, pero siempre más difícil para una mujer y más complicada aún para una mujer nacida en las postrimerías del siglo XIX.

Y es que ese talento para diseccionar el alma humana y volcar vicios y virtudes sobre el papel es probablemente el fruto de una vida vivida con intensidad pero, sobre todo, de una inmensa capacidad de observación y análisis de cuanto sucede no sólo alrededor, sino también en el interior de uno.

Colette escribió “Lo puro y lo impuro” cuando se acercaba a los sesenta años. Si todas sus obras tienen un claro tinte autobiográfico, en ésta se destapa casi por completo. A esa edad, y con un gran trecho del camino recorrido, parece volver la vista atrás para escribir sobre el tema que ocupó la mayoría de sus narraciones: las relaciones afectivas. Colette era experta en escribir sobre la manera en que el ser humano vive sus relaciones con cuantos le rodean y en “Lo puro y lo impuro” ofrece una lección magistral a este respecto.

Con muchas relaciones a sus espaldas, alguna de ellas tumultuosa, esta bisexual confesa realiza en “Lo puro y lo impuro” un alegato a favor del amor sensual, del derecho a vivirlo libremente. Pero también es una reflexión sobre las trampas en las que a veces caemos al correr en pos de esa libertad.

Colette dibuja una galería de personajes, muchos de los cuales esconden a amigos y conocidos de la vida bohemia del París de la época, que se han atrevido a no negarse la dicha del placer o, sencillamente, han sabido ser generosos para no negárselo a los demás. Hombres y mujeres que han buscado el placer en otros hombres y mujeres y a veces, incluso, el amor. Hombres y mujeres que han superado convenciones sociales, han sufrido por celos, han poseído y han sido poseídos pero sobre todo, hombres y mujeres que han gozado.

Reflexión aparte merecen las relaciones lésbicas que Colette misma practicó, pero que aquí parece describir como una salida para mujeres que huyen de los hombres, a veces meramente para provocar celos, para acabar siempre volviendo a ellos. Admiradora de la capacidad de los hombres homosexuales para vivir su sexualidad sin inhibiciones, censura sin embargo el libertinaje entre las lesbianas, lo que no deja de ser chocante en un escrito que es casi un homenaje a quien no se niega al placer. Tal vez esto sea consecuencia de ese pensamiento atávico que susurra al oído que, en el fondo, las mujeres tenemos prohibido divertirnos demasiado en los asuntos carnales.

Con diálogos que a veces se hacen pesados por resultar deshilvanados e inconexos y abusando un tanto de la divagación, Colette logra reflejar lo inasible de unos sentimientos, lo intangible de unas sensaciones que, en mayor o menor medida, a todos nos obsesionan.

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