La reliquia viviente – Iván S. Turguénev

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La reliquia viviente - Iván TurguénievLos que nos visiten ya sabrán de nuestra predilección por la literatura rusa; Iván Turguéniev era una asignatura pendiente en esta página, hasta que ha llegado a nuestras manos La reliquia viviente, una auténtica delicia que nos reafirma aún más en nuestra postura.

Los relatos que componen este libro tienen un claro nexo común: la naturaleza. El tratamiento que de ella suelen hacer muchos autores decimonónicos rusos es muy característico, dotándola de una vida particular y considerándola un elemento más de las narraciones. En el caso de estos relatos (en especial los tres primeros) su importancia es vital, ya que el narrador es un cazador que toma buena nota de todo lo que le rodea en sus salidas en pos de piezas; de hecho, el título original de los cuentos completos (veinticinco en total) es Apuntes de un cazador, lo cual da una idea muy aproximada de lo que son estas narraciones.

Y es que ese cazador, un noble que se pasea por un territorio que conoce bien, es un observador agudo y complaciente, que se deleita en la contemplación del paisaje y que se interesa por las gentes que va encontrando a su paso. Las descripciones del entorno que Turguéniev realiza en algunos pasajes son casi pictóricas:

Los pies tropezaban a cada paso, enredados en las hierbas altas, agostadas por el ardiente sol; por todas partes, el vivaz centelleo metálico de las tiernas hojas rojizas que brotaban de los árboles jóvenes nublaba la vista; los racimos azules de la alfalfa se combinaban con los dorados cálices de los ranúnculos y con las flores, en parte moradas y en parte amarillas, de los pensamientos.

Además, la importancia del observador y su perspicacia es vital, ya que nos permite conocer a los pobladores de esos parajes que va recorriendo; de hecho, una característica fundamental de estas piezas es la de mostrar al lector las duras condiciones de vida de los campesinos rusos, explotados por sus señores y subyugados por la fuerza de una naturaleza indómita y cruda. La mirada del cazador no es en absoluto pasiva o superficial, sino que escarba en aquello que se ofrece a sus ojos y, así, el lector puede conocer casi de primera mano a las personas con las que va trabando conocimiento. En el primero de los relatos (uno de los más bellos, por cierto), «El prado de Bezhin», el narrador se extravía y ha de pasar la noche junto a unos niños que se encargan de cuidar los caballos de su poblado; estos pequeños vigilantes, ajenos a la presencia del visitante, se cuentan historias de fantasmas y se descubren ante el lector en toda su humanidad, que es mucha e inocente.

Porque un rasgo peculiar del cazador protagonista de estas historias es que se mantiene en un segundo plano muy discreto; en ocasiones, casi da la impresión de que nos encontramos con un narrador omnisciente, que no está físicamente en el lugar de la acción, sino que la refiere desde una posición privilegiada y ajena. Esto se hace muy evidente en los dos últimos relatos, «Chertopjanov y Niedopiuskin» y «El final de Chertopjanov», escritos con un intervalo de casi veinte años y que narran la evolución de un mismo personaje hasta su caída en desgracia debido a su orgullo. Quizá sea en estas piezas en las que más se aleja Turguéniev de la concepción de los primeros relatos (que se atenían a las características comentadas) y se acerca a lo que sería un entorno novelístico: protagonista definido, con muchos rasgos idiosincrásicos, y menor atención a los detalles de la historia.

Y es que no hay que olvidar que el ruso es un novelista magnífico, capaz de construir un libro tan espléndido como «Humo», y esa vena ha de notarse de alguna manera. En el caso que nos ocupa, no es tanto a través de los entresijos estructurales de los cuentos, sino a través del lenguaje. Turguéniev es dueño de una prosa colorista y rica, bastante más de lo que suele ser habitual entre los austeros autores rusos, y que se acerca más a los románticos franceses. Este detalle se aprecia en pasajes como el citado antes, o en las descripciones de los personajes, agudas y perspicaces tanto en lo físico como en lo psicológico, pero también bellas y poderosas en su lenguaje. Sólo por este aspecto ya merece la pena leer relatos como «Kasián, del Krasívaia Mecha» o el que da título al libro, «La Reliquia Viviente», un cuento sobrecogedor que muestra el sufrimiento del campesinado ruso sin ambages, aunque a través de una prosa casi mística.

Es difícil dar una idea real de lo hermosos que resultan estos relatos, tanto en su fondo como en su forma; a ello contribuye, obviamente, la excelente traducción de Fernando Otero, que traslada al castellano toda la fuerza de la prosa de Turguéniev de forma espléndida. Lo mejor, desde luego, es disfrutar de su lectura y recrearse en esa naturaleza peligrosa y bella.

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4 Comentarios

  1. CASUALIDADES DEL DESTINO…ME ENCUENTRO CON ESTE SITIO DONDE JUSTO SALE LO QUE BUSCABA, RELIQUIAS VIVIENTES DE IVAN TURGUENIEV!!!! FASCINANTE!! FELICITACIONES…COMO PUEDO BAJAR EL LIBRO??
    SALUDOS DESDE LIMA, PERU
    JENY FRIDMAN

  2. ¡Que maravillosa coincidencia!.

    Estaba buscando vuestra reseña de «Flores azules» de Raymond Queneau, próximo libro que voy a leer, y por casualidad surge «La reliquia viviente». En principio me extraña el título, creía recordar haber leído un relato fabuloso hace tiempo con ese mismo nombre, un relato que me dejó profundamente conmovido; echo mano a la biblioteca y así es, vuestra «La reliquia viviente» es mi «Memorias de un cazador», que editó Cátedra con una fabulosa traducción de José Mª Bravo.

    A pesar de lo avanzado de la madrugada, no me he podido resistir y he vuelto a releer el tremendo relato sobre la pobre y mísera Lukieria que, aún viviendo sumida en la indigencia y el dolor,no ha perdido ni su bondad ni su capacidad de soñar.

    Tremenda la belleza de este relato y la del resto, hasta veinticuatro que integran mi «Memorias de un cazador».

    Me extrañaba que en vuestra admiración a la literatura rusa, compartida al cien por cien por mí (Chéjov, Tolstói, Dostoievski, Goncharov, Lérmontov, Gogol, Zamiatin, Bábel, etc.), no hubierais dedicado un apartado a Turguénev.

    Un cordial saludo a solodelibros.

  3. Ah con las traducciones, son tan importantes. El cuarteto de Alejandría no puede concebirse en español sin la traducción de Aurora Bernández. Una buena o mala traducción conlleva un buen o mal libro.

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