El punto de partida de La librería, hay que reconocerlo, es original y promete una trama, como poco, divertida: Florence Green decide abrir una librería en el pequeño pueblo costero en el que vive, Suffolk, un lugar en el que la cultura no es un elemento demasiado destacado. Las dificultades comienzan pronto, ya que el local que compra para instalar el negocio cuenta con un fantasma juguetón y los vecinos del pueblo no parecen muy interesados en lo que la emprendedora librera pueda ofrecerles; de hecho, algunos de ellos, y en especial Violet Gamart, una rica propietaria, se oponen al proyecto de Florence con ahínco. Sólo la pequeña Christine, a la que toma como ayudante, confiará en la visión de su patrona.

El planteamiento suena interesante, pero Penelope Fitzgerald naufraga enseguida en su puesta en escena y en el desarrollo de la historia. Los personajes, incluida la misma protagonista, están construidos con cierto sentido del humor, pero su planitud es evidente: los comportamientos y las voces parecen impostados, en algunas ocasiones incluso fuera de lugar, ya que todos ellos están faltos de una coherencia interna que los convierte en comparsas; algunos ni siquiera alcanzan la acepción de caricaturas, ya que carecen del sarcasmo y la ironía necesarios para actuar como arquetipos humorísticos.

Por otra parte, el desarrollo de la historia es fragmentario y las escenas se suceden sin cohesión: la trama no logra captar toda nuestra atención porque el libro parece dividirse en momentos puntuales, situaciones que tienen lugar de manera aislada dentro del conjunto de la novela y que no ayudan a situar a los personajes dentro del entramado que se pretende construir. Fitzgerald tiene buena mano para los diálogos y para narrar determinados detalles, pero en general su escritura no tiene la suficiente fuerza como para unir todos los elementos que quiere introducir en su obra. El resultado es un texto tosco, amalgamado, con puntuales arranques de hilaridad y ocasionales escenas divertidas, pero que no consigue despegar del todo.

La sensación general es de falta de hilazón, de incoherencia y de poca premeditación; la novela tiene escenas jocosas, pero son tan escasas que la lectura es más una travesía descorazonadora que un divertimento. El hecho de que los personajes, elemento sobre el que descansa el peso de la historia, no tengan entidad o credibilidad alguna hace que las escenas pierdan la fuerza que la autora pretende imprimir: La librería se queda en una mera anécdota, un libro que no se sostiene en los contados destellos de buena narrativa y que desazona por su falta de fuerza. Los mimbres son interesantes y podrían haber sido explotados con mucha genialidad, pero la cruda verdad es que Penelope Fitzgerald no pasa de la buena idea inicial y se estanca en un desarrollo apático, confuso y anodino. Mi más sincera recomendación es que no pierdan el tiempo.

La librería | Impedimenta | 2010