El eco de la memoria – Richard Powers

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Es complicado hablar de un libro como El eco de la memoria, en el que tantas cosas se insinúan, pero muy pocas se explicitan. Richard Powers escribió un libro que engancha al lector con una puesta en escena que comienza remedando un thriller de misterio, aunque poco a poco se va desvelando como una enorme reflexión sobre la identidad y la personalidad, haciendo que lo que parecía una historia de intriga bastante convencional adquiera tintes mucho más profundos y humanos.

En los primeros compases la trama parece inclinarse por los secretos y las incógnitas: Mark Schluter sufre un accidente de coche cuando circula por una carretera de Nebraska y queda en coma; su hermana Karin deja su trabajo para hacerse cargo de él, pero cuando despierta no la reconoce, sino que la toma por una impostora, ya que padece el síndrome de Capgras. A esta incómoda situación se añade la aparición de una nota que alguien deja junto a Mark mientras éste aún estaba en coma, y que reza: «No soy nadie, pero esta noche en la carretera North Line Dios me ha conducido a ti para que puedas vivir y traer de vuelta a alguien más.» Semejante mensaje hace que las hipótesis se disparen, aunque la principal obsesión de Karin sea curar a su hermano, para lo cual se pone en contacto con un prestigiosos neurólogo, Gerald Weber.

Sobre estos tres personajes gira toda la trama de El eco de la memoria, aunque el desarrollo pronto revelará que Powers no tiene en mente una narración de misterio convencional. Lo que el lector encontrará en esta novela es una sutil puesta en escena que muestra la dificultad de formar un yo coherente y de construir una identidad sólida. El accidente de Mark pone de manifiesto la fragilidad de nuestra personalidad: en su caso se debe a un trastorno neurológico, pero el autor moldea a los otros protagonistas de manera que podamos apreciar las dificultades que tienen para sentirse seguros consigo mismos.

Karin, por ejemplo, se nos revela como una persona obsesionada por la imagen que ofrece a los demás, lo cual la conduce a continuos cambios para satisfacer unos deseos que en realidad no está segura de sentir. Es ella la que se ofrece como contrapunto evidente de su hermano: mientras que él debe formar un yo desde la nada, ella se deconstruye a propósito para encajar en sociedad. El doctor Weber, por su parte, es presentado como la figura estable, como un ser equilibrado y reflexivo; el devenir de las circunstancias, sin embargo, hará que también su propio concepto de sí mismo cambie y se modifique su percepción del entorno, que hasta entonces creía tener bajo control.

Powers ofrece una visión muy interesante sobre nuestros comportamientos para con los demás y la delicada constitución de nuestra personalidad. A lo largo de la novela se confrontan dos actitudes ante la vida: por un lado, la ciencia (que se presenta aquí bajo la forma del neurólogo), que siempre pugna por dar respuesta a todos los misterios de la mente, pero que se ve obligada a reconocer sus limitaciones; por otro, la espiritualidad (cojan el término con pinzas), encarnada en Daniel, el amante ecologista de Karin, que no puede alcanzar soluciones tangibles para todos los problemas, pero que a cambio nos otorga cierta paz o equilibrio. El enfrentamiento entre ambas se salda sin vencedor, ya que todos los implicados en la trama pierden tanto como ganan.

La novela ofrece pocas respuestas, pero la inteligencia con la que trata al lector hace que esos asideros cobren mayor relevancia. El eco de la memoria es un libro profundo y sólido, quizá un tanto extenso (hay episodios que pecan de un lirismo ramplón), pero con un contenido de gran calidad. Merece la pena.

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