¿Estáis locos? – René Crevel

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¿Estáis locos? - René CrevelTremendamente original y muy, muy divertida, así es esta novela del surrealista René Crevel que ahora edita Cabaret Voltaire y que depara unas horas de grata lectura al lector que se atreve a adentrarse en el mundo increíble, absurdo, cómico y algo nostálgico de sus páginas.

El surrealismo late en esta disparatada historia poblada de seres fantásticos, extraños, originales cuyas andanzas el autor desgrana en un largo monólogo lleno de un humor fino y jubiloso. Si bien es un surrealismo cercano, que en más de un momento recuerda al humor absurdo de Enrique Jardiel Poncela y al que se le podría buscar parentesco con el realismo mágico aunque sin caer en la ñoñería de éste.

Un hombre sin nombre al que se le acaba llamando Saudade, una vidente antigua amaestradora de pulgas, una mujer de mundo fusilada por espía que revive cada doce horas gracias a un faquir, el príncipe de Gales, un cirujano plástico, una enfermera que vendió su bocio… son algunos de los personajes que componen la extravagante galería que Crevel inaugura para nuestro disfrute, entretejiendo la inverosímil historia de cada uno de ellos hasta formar una unidad perfectamente acabada.

Esa unidad viene marcada por el monólogo de una voz que va narrando a Saudade la historia de cada uno de los personajes que van componiendo la desopilante narración, si bien ese narrador omnisciente cede de continuo la palabra a cada uno de los actores para que estos cuenten por sí mismos su parte de la historia. De este modo la novela gana en agilidad, se hace ligera y logra mantener presa la atención de un lector que aguarda expectante cada nueva sorpresa que le depara el texto.

Pero a pesar del tono festivo de la narración, la novela destila nostalgia y, ocultas en la singular historia, se perfilan reflexiones aceradas sobre las incongruencias de la vida, sobre la incapacidad del ser humano de comprender nada de lo que le rodea, ni aún a sí mismo, sobre esa laxitud que obliga a abandonarse a cuanto ocurre una vez uno se convence de que plantar cara a los acontecimientos es un esfuerzo inútil. En definitiva, penetrantes reflexiones sobre el hastío vital, sobre la certeza de que la felicidad, si existe, ya ha quedado atrás. Un mal du siècle que se arrastra hasta la década de los años veinte para impregnar la novela de Crevel.

Decía más arriba que la novela compone una unidad perfectamente acabada, donde todo culmina en un final que parece romper la historia para reconstruirla de nuevo con un guiño al lector e incluso al propio autor, que parece haber sido poseído por la narración, logrando liberarse tan sólo al final. Pues esa voz que ha ido desgranando ese largo soliloquio, al que sólo faltaba comenzar con un “érase que se era” y cuyas reflexiones estaban destinadas a Saudade como las fábulas que se narran a los niños que se van a dormir, esa voz le pide al final a ese Saudade misterioso que se arranque la máscara, ese pseudónimo que lo oculta a lo largo de toda la novela, para descubrir que no es otro que el propio René Crevel.

Pero si eres yo. Yo soy tú. Somos el mismo
De modo que de Saudade, o sea de René Crevel, ya no hablaré en tercera persona, del mismo modo que no le hablaré a él en segunda.
Pero antes es importante terminar con nuestros otros personajes, organizarles un destino.

Y aquí el autor trama para cada quien su final de manera breve, que no precipitada.

Este final sorprendente que cierra la novela como un broche de oro, es además una clara muestra de la modernidad que rezuma la misma en todo su planteamiento: la manera de narrar, el lenguaje como una parte viva de la historia, los personajes casi independientes de su autor buscándose a sí mismos y expresando esa búsqueda a su manera.

Porque a fin de cuentas de eso versa “¿Estáis locos?”, de la búsqueda de sí mismo que emprende el autor disfrazado de Saudade al principio de la obra, si bien esa búsqueda, en el fondo, no pasa de ser un juego al que se invita al lector para combatir ese hastío que nos invade y que hay que entretener mientras dura la vida.

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5 Comentarios

  1. Hola, mi nombre es Mauricio, soy un estudiante de 5 bachillerato y desde que leí rayuela estoy muy entusiasmado con poder leer a Crevel, pero los precios de la librería que recomendaste no los puedo costear, ¿cabe la posibilidad de que me rotes el libro por Internet?.

    Muchas gracias.

  2. Creo que la traducción Saudade es de lo más acertada y además da mucho juego. Saudade es: soledad, nostalgia, añoranza. He disfrutado con la lectura del libro, está lleno de detalles y de dobles sentidos. Me he reído mucho con Crevel. Una gozada. Muy recomendable.

  3. Amigo Chema,

    durante la lectura del libro me pregunté cuál sería el nombre del protagonista en francés, cosa que tu comentario me aclara por lo que te doy las gracias.
    Pero creo que, si bien es cierto que se pierde el juego de palabras del original, el traductor ha acertado al escoger traducirlo por Saudade, una palabra que a todos nos trasmite ese sentimiento de melancolía, nostalgia y añoranza.
    Un saludo.

  4. Saudade… en el original el personaje se llama “Vagualame”, en realidad una contracción de la frase “avoir du vague à l´âme” que significa en francés “estar melancólico”. No sé si en esta traducción se pierde este juego de palabras tan al gusto de los surrealistas.
    La novela es genial, desopilante.

  5. Me ha gustado tanto el comentario que ni me he pensado dos veces hacerme con el libro. Y la referencia a mi querido Jardiel Poncela, hace que su lectura sea inmediata. Desconocía a este autor, me sorprende que se suicidara tan joven, muerte prematura que le debe de acercar más aún a Jardiel.

    “Era efectivamente una mujer espléndida. Alta, aguda, rotunda, vibrante (la personificación de un pasodoble). Vestía aquella noche un traje blanco con rayas grises transversales, y su delgada esbeltez hacía que, vista de lejos, pareciese una corbata. Sus piernas tenían la delicada y suculenta forma que provoca, a la vista de algunas piernas, el deseo de chuparlas después de haberlas mojado en chocolate «Suchard». Había en su piel reminiscencias de la seda croata, y los labios se le rasgaban al reír en un esguince que ponía enfermo al espectador. En cuanto a su pelo, rizado y negro hasta la furia con algo de endrino y caduco, estaba irisado por una incandescencia que no era más que electricidad perenne”. Jardiel Poncela

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