Decrecimiento o barbarie – Paolo Cacciari

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Leer libros como Decrecimiento o barbarie parece condenarnos al terror: bien al terror ante el deterioro de nuestra sociedad, bien al terror ante la imposibilidad de frenarlo. Paolo Cacciari no elude los aspectos negativos de esta lucha constante que significa la apuesta por el decrecimiento y expone con una claridad desarmante las causas de esta situación en la que nos encontramos y posibles modos de actuar para empezar a cambiarlo.

Una de las premisas que el libro quiere dejar asentadas es el hecho de que el decrecimiento no es un movimiento utópico, que pretenda retratraernos a un primitivismo idílico: Cacciari aboga por un movimiento social y solidario que permita aprovechar los recursos en favor de todo el género humano, lo cual implica, inevitablemente, un cambio (radical, eso sí) en nuestro modo de vida. Y uno de los pilares a los que se apunta es al sistema político: «la crisis actual», dice casi al comienzo del ensayo, «antes que ambiental, antes que económica y social, es una crisis de funcionamiento de la democracia». La parálisis en que nos han sumido los poderes públicos hace que opciones alternativas pasen desapercibidas o queden eliminadas del todo, puesto que sus propuestas no son válidas para el orden establecido; esto incluye a partidos políticos minoritarios, movimientos sociales, sindicatos, organizaciones ciudadanas y un largo etcétera. Las salidas al círculo vicioso del capitalismo feroz y del espejismo del crecimiento sostenible son complejas y exigen un esfuerzo evidente, por lo que es más sencillo mantener el statu quo vigente.

Pero Cacciari, pese a un realismo que se sombrea de pesar, no ceja en el empeño de mostrar posibilidades para la actuación ciudadana. Veamos unas cuantas: uso de bombillas de bajo consumo, reductores de caudal para grifos; compra de marcas blancas o a cooperativas, productores locales o tiendas ecosolidarias (www.comerciojusto.org), boicot a productos transgénicos y a las multinacionales que utilizan el trabajo de menores o esclavos; huertas urbanas (www.horturba.com); comunidades de vecinos sostenibles, aldeas en multipropiedad, distritos de economía solidaria (www.economiasolidaria.org), grupos de finanzas mutualistas y de microcrédito, bio-bancos, monedas locales; uso de bicicletas, de grupos de ahorro mediante vehículos compartidos; programas de código abierto… La lista es larga y se puede ampliar. Como ven, las acciones que podemos emprender son muchas y todas apelan a la iniciativa individual: un pequeño gesto sí que marca la diferencia.

¿Cuál es el problema para llevar todo esto a cabo? El modelo social que el neoliberalismo ha impuesto en los últimos años: «La “tipología humana”, que el liberalismo ha asumido como ideal, es la que cuida sobre todo el propio interés personal y es movida por un deseo ilimitado de “querer cada vez más” para sí.» Por ello, Cacciari cree que «haría falta plantear una idea de felicidad diferente de la que se ha consolidado en el imaginario colectivo consumista que prevalece hoy en día»; aunque hay que plantear una distinción entre esa mentalidad consumista y el reduccionismo absurdo al que mucha gente somete al decrecimiento. El autor establece una diferencia entre el decrecimiento obligado, que será el que asumamos en el momento en el que los recursos se vayan agotando, y el decrecimiento voluntario, que significa una asunción voluntaria de un cambio en nuestras relaciones sociales, en el reparto de las cargas laborales, en la cooperación entre individuos y en otros elementos que redundarán en la mejora de las condiciones de vida para todos. Y es importante ese “para todos”, puesto que el actual sistema (como ya está demostrando) cargará, sin duda, los costes del decrecimiento obligado a la espalda de los grupos más desfavorecidos.

Como cierre, me gustaría transcribir unas palabras que me parecen muy significativas:

Puede que haya llegado el momento, por parte de los grupos de activistas sociales, locales, de cooperación, del mutualismo, de la ciudadanía activa, del decrecimiento… de regenerar y volver a valorar la política, reapropiándosela, rescatándola de las instituciones estatales que la tienen secuestrada y también volviendo a hacerla pública, sustrayéndola al monopolio de los partidos, en un movimiento de autotransformación de sí mismos y de los demás.

7 Comentarios

  1. Me resultó muy interesante. Coincido en que la actuación de los ciudadanos en pos de generar el cambio en la sociedad es de suma importancia. Si bien los grandes ideales a corto y largo plazo, la formulación de políticas tendientes a la concientización y la incontenible voluntad de la sociedad de generar un cambio en el sistema política son fundamentales para “plantear esa nueva idea de felicidad” que menciona el autor, el aporte de cada uno de nosotros no deja de ser combustible necesario para poner en marcha ese cambio radical tan esperado por la sociedad.

  2. “haría falta plantear una idea de felicidad diferente de la que se ha consolidado en el imaginario colectivo consumista que prevalece hoy en día”

    Sí, claro, que me digan también cómo tengo que ser feliz. Me hace gracia este tipo de autores que critican que se esté imponiendo una determinada forma de pensamiento y a la vez intentan imponer la suya.

    • Hola, Rafa.
      Creo que el autor no trata de imponer nada, sino de proponer caminos alternativos. El consumismo desaforado, en cambio, sí que es una felicidad impuesta de forma sutil desde los medios y las multinacionales. Cacciari habla de “plantear una idea de felicidad diferente”, no de implantarla como modelo único.
      La diferencia es muy importante.

  3. Veo, amigo Rafa, que este tipo de ideas te consumen y te rebelan interiormente (algo similar te parecían las expuestas por Susan George en “Sus crisis, nuestras soluciones”). Qué le vamos a hacer si hay autores que se dedican a tocar la fibra del ciudadano feliz, ¡es tan cruel que nos despierten del sueño consumista!.

    Un cordial saludo.

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