Diario de una dama de provincias – E. M. Delafield

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Diario de una dama de provincias - E. M. DelafieldHace un tiempo la editorial Libros del Asteroide publicó un libro exquisito llamado Diario de un ama de casa desquiciada; en él se presentaba un personaje minuciosamente recreado para mostrarnos la crueldad que puede llegar a encerrar la vida cotidiana de una mujer dedicada en exclusiva a su familia. Diario de una dama de provincias viene a ser el correlato inglés de aquel texto, si bien la distancia que los separa no es sólo geográfica o temporal.

E. M. Delafield recreó las tribulaciones de una dama de clase media británica en unas entregas para la revista femenina Time and Tide; esos textos periódicos conforman esta suerte de novela que se caracteriza, lógicamente, por su estructura modular en forma de entradas de un diario. A lo largo de casi un año conoceremos a una protagonista obsesionada con gestionar su economía familiar, educar lo mejor posible a sus dos hijos y soportar el horror que puede llegar a provocar una vida social marcada por la hipocresía y el vilipendio.

Y es que si hay algo que rezume de las páginas de Diario de una dama de provincias es mala baba; la ironía que se desprende de muchas de las situaciones se apoya en las relaciones que los personajes mantienen y en la mordacidad con que se tratan unos a otros. Algunas de las réplicas más hirientes de todo el libro, por ejemplo, son las que se cruza la protagonista con su marido, un hombre cuya máxima preocupación es leer el periódico vespertino cómodamente arrellanado en su sillón.

Es curioso también que la narradora afronte su vida hogareña con una mezcla de desapego y hastío. La relación con sus hijos, sin ir más lejos, no es un compendio de buenas maneras y momentos adorables; por el contrario, la pasión de su hijo por los coleccionables o las constantes preguntas de su hija pequeña llegan a exasperarla hasta el extremo de escribir impresiones que se acercan más a la ira que a la comprensión. La actitud de la niñera francesa, el gesto huraño de la cocinera o los comentarios satíricos de su vecina suscitan algunas de las entradas más divertidas por la capacidad de la autora para poner en palabras la crueldad que puede encerrar una palabra amable o un gesto cortés.

Quizá la parte menos encomiable de la novela sea su carácter clasista. Como se puede ver, las preocupaciones de esa «ama de casa» se circunscriben a cenas servidas frías, vestidos que no están de moda o invitaciones a bailes no deseadas. Aunque a lo largo del libro se hace referencia a dificultades económicas, es difícil ponerse en la piel de una protagonista cuya mayor angustia estriba en acudir con puntualidad a sus charlas en el Instituto de la Mujer. Dejando de lado cuestiones sociales, lo cierto es que algunos pasajes son tan superficiales y están tan sujetos a una conciencia de clase que excluye cualquier atisbo de racionalidad, que es arduo no abandonar la lectura ante ello.

Si hay algo que salve al libro es, como ya hemos citado, su acendrado sentido de la mordacidad, que (aun cuando no se emplee a menudo sobre lo que debería) consigue arrancarnos una sonrisa en situaciones absurdas, dolorosas o patéticas; un rasgo que redime en parte a una novela cáustica, pero lastrada por su carácter simple y trivial.

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