El hombre aparece en el holoceno – Max Frisch

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El hombre aparece en el holoceno - Max FrischEl suizo Max Frisch es uno de los más importantes escritores en lengua alemana de la segunda mitad del siglo XX y lo cierto es que la peculiaridad de su obra invita a detenerse en ella y saborear alguna de sus novelas.

Su estilo sobrio, conciso, prosaico (en el mejor sentido de la palabra) resulta ser la manera perfecta de adentrarse en las interioridades del ser humano. Max Frisch propone con sus obras sencillos ejercicios de introspección, ajenos a toda afectación y a todo sentimentalismo ramplón. En sus historias, con sus personajes, captura alguna esencia que el lector rápidamente reconoce: está leyendo sobre sí mismo, al tiempo que sobre el resto de la humanidad. Eso es lo que ocurre con El hombre aparece en el holoceno, una breve novela donde no hay reflexiones, pero que invita a reflexionar.

El señor Geiser permanece aislado en su casa de un valle suizo debido a la lluvia. «El saber tranquiliza», piensa el señor Geiser, y por ello emplea su mucho tiempo libre en recabar aquellos datos que en su día aprendió y cuyo conocimiento considera imprescindible. Recorta los párrafos que considera interesantes de los libros de su biblioteca y los fija con chinchetas en las paredes para tenerlos a la vista y asegurarse de no olvidar de nuevo aquello que se ha empeñado en volver a traer a su memoria.

Debido a esa singular afición del señor Geiser el texto de El hombre aparece en el holoceno tiene un aspecto peculiar: en medio de la narración donde se da cuenta de la incesante lluvia y sus efectos en el valle, de las contadas visitas que recibe el anciano y de sus breves recuerdos, se intercalan recortes de libros y apuntes manuscritos. Estos recortes que trufan el libro son irrelevantes, aunque la narración gira en torno a ellos: la historia del cantón de Tesino, referencias sobre la formación de los glaciares o apuntes sobre diferentes especies de dinosaurios; los lectores más impacientes pueden incluso omitir su lectura.

Los recortes, la obsesión del señor Geiser con esos recortes, son la excusa de Max Frisch para invitarnos a reflexionar sobre varias cosas. Sobre la vejez y lo que implica: la pérdida de vigor físico y aun mental, la soledad, la abundancia de tiempo, la amenaza de la enfermedad. Sobre la necesidad que siente el ser humano de vencer siempre, incluso en la vejez, sus propias barreras. Pero, sobre todo, nos hace reflexionar sobre cómo el conocimiento actúa como esencia de la propia personalidad. Somos lo que sabemos, somos el poso de los que un día aprendimos y después olvidamos, somos el producto de siglos acumulados de conocimiento.

El señor Geiser se busca a sí mismo en los diccionarios, los manuales, las guías… plantando cara al tiempo que, arrebatándole la memoria, le roba una parte importante de sí mismo. Los conflictos del protagonista con su memoria están magistralmente tratados por Frisch: laten debajo de toda la historia, pero en ningún momento pasan de ser más que insinuados de una manera sutil. De forma paulatina, el señor Geiser deja de ser un hombre al que el aburrimiento descubre una afición estrafalaria (recortar viejos libros) a ser, pero solo por momentos, un anciano confundido que olvida apagar el fogón eléctrico o no sabe dónde ha metido el pasaporte.

El hombre aparece en el holoceno esconde, así, más de lo que a simple vista narra: el día a día de un hombre mayor sitiado por la lluvia y por la memoria. Y eso que esconde nos obliga a pensar en cuál es la mejor manera de preservar (si es que es posible hacerlo) lo que somos, la personalidad que nos hemos construido durante años, cuando la vejez llega.

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