El prestamista – Edward Lewis Wallant

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El prestamista - Edward Lewis WallantNovelas sobre la redención habrá centenares, pero pocas ostentarán la belleza y la serenidad de El prestamista. Edward Lewis Wallant tiene una sensibilidad acendrada para retratar a personas en situaciones de aflicción, de falta de expectativas o de ausencia de sueños. En este caso, esa idiosincrasia está provocada en parte por una de las experiencias más horribles a las que puede enfrentarse un ser humano (haber pasado por un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial); sin embargo, el autor sabe alejarse de cualquier atisbo de ternura ramplona o maniqueísmo facilón para construir un protagonista de increíbles proporciones. Sol Nazerman es más que un personaje de ficción trazado con maestría: es un muestrario de virtudes y defectos humanos, de alegrías y decepciones, de lo mejor y lo peor de nosotros. Sol es un protagonista a la altura de las mejores creaciones de la literatura universal, si bien puede que el entorno narrativo no alcance esas cotas en algunas ocasiones.

El prestamista nos sitúa en el Nueva York de finales de los años cincuenta del pasado siglo, donde Sol Nazerman, un inmigrante polaco cuarentón y huraño, regenta una tienda de empeños en el barrio de Harlem. Su experiencia en la guerra europea le ha marcado tan profundamente que su relación con sus semejantes está teñida de una hosquedad calculada para evitar cualquier atisbo de emoción o sensibilidad: tanto su familia, con la que vive y a la que mantiene, como su ayudante hispano, Jesús, o los variopintos visitantes de su negocio, son meras figuras que apenas son más que molestias para el señor Nazerman. La llegada de una trabajadora social al barrio, Marilyn Birchfield, será el inicio de una serie de cambios en la monótona vida de Sol que harán que su visión de las personas y el futuro se modifique sin remisión.

Como decía, lo maravilloso de esta novela (aparte de la serena escritura de Wallant, un escritor dotado de una curiosa sensibilidad para describir atmósferas cotidianas dotándolas de magia) es la figura del protagonista, que se erige en el centro de toda la obra. Sol Nazerman es un personaje complejo, polifacético y vital: el autor no se limita a aprovechar las circunstancias que lo moldean (su pasado en otro continente, su paso por los campos nazis, su exilio forzoso…) para crear un carácter a base de tópicos, sino que construye una personalidad poliédrica, donde cada virtud se ve compensada con una imperfección. El genio hosco del señor Nazerman no es solo una fachada que se utilice para narrar una historia: es una forma de vida, una parte indeleble que, aunque pueda verse alterada (como así ocurrirá) por los acontecimientos que se narran en la novela, define al protagonista hasta el punto de moldearle como persona. La bondad, la amabilidad, son virtudes que, ciertamente, están en Sol; pero, como ocurre en la vida real, no afloran a las primeras de cambio cuando los hechos apelan a la buena voluntad del protagonista. El cambio que nos muestra El prestamista es muy, muy gradual; tanto es así que sólo apenas las últimas páginas permiten entrever a un nuevo Sol, aunque a costa de una iniciación plagada de dolor. Y sin embargo, a pesar de toda la amargura que exudan los personajes y hasta la trama misma, toda la novela es un canto a la esperanza, a la belleza, a la redención personal y al amor. Un hermosísimo canto que no deja indiferente al lector y que, en cierto modo, es capaz de sacudirnos para que empecemos a mirar la vida con otros ojos.

Libros como El prestamista son fáciles de describir en lo tocante a su estructura o su trama; pero es inmensamente difícil transmitir siquiera un ápice de la emoción que se esconde tras cada página. Wallant creó en esta obra un protagonista único y una historia inolvidable, y dejarlos pasar equivale a perder una de esas lectura que, sin duda, nos marcan.

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3 Comentarios

  1. Leyendo “El prestamista” no podía por menos que pensar en la injusticia que el tiempo y los hombres cometen muchas veces con determinadas obras literarias. Y es que, salvo muy contados casos, el olvido parece ser el lugar final más frecuentado por la mayoría de los escritores. Da lo mismo si dedicas horas y más horas a las relaciones públicas, en demérito de la propia creación literaria; si empeñas dinero y tiempo en campañas que te mantengan permanentemente en la cresta de la ola; si navegas, por norma, a favor de corriente, acudiendo siempre presuroso en auxilio del triunfador; si, alejado de bombos y platillos, te consagras a la escritura en cuerpo y alma, … Ya puedes llamarte Camilo José Cela, por cierto, ¿quién lee hoy en día a nuestro laureado Nobel?; ya puedes formar parte del coro de adalides plumíferos, verbigracia: Vargas Llosa, que defienden al neoliberalismo salvaje como única estructura válida de pensamiento para nuestra sociedad, – inciso: veremos qué será de todos ellos dentro de cincuenta años -; ya puedes escribir una novela magnífica, no sublime pero sí magnífica, como Lewis Wallant, … Al final del camino, un idéntico destino: polvo seguro, – o casi seguro -, hasta que una editorial, caso de Libros del Asteroide, se digne rescatarte de entre la memoria perdida.
    Digo esto porque no tenía catalogado a Edward Lewis Wallant como un autor reconocido, de hecho hasta la reseña del Sr. Molina no sabía nada de él ni de su obra literaria, y en función de lo leído puedo afirmar lo injusto de esta ignorancia. Durante el pasado agosto, mes vacacional y de lecturas por antonomasia, he venido alternando “El prestamista” con otras dos novelas, una magnífica, “La muñeca” de Boleslaw Prus, y otra decepcionante, “Ada o el ardor” de Vladimir Nabokov, y el regusto que ha dejado en mí la obra de Lewis, y más concretamente su personaje principal Sol Nazerman, se me antoja de imborrable. Conste que, inicialmente, no las tenía todas conmigo, la etiqueta de pertenencia de Lewis Wallant al “grupo de grandes escritores judeoamericanos de la segunda posguerra mundial” me ponía, como ya dije en otro comentario, los pelos de punta, pero los recelos han resultado finalmente injustificados y el disfrute de la historia pergeñada por el autor de New Haven ha sido enorme. No es bueno aproximarse a nada con una idea preconcebida de antemano.
    Qué es lo que, en mi opinión, destaca sobremanera, por encima de todo lo demás, en “El prestamista”, – la reseña lo apunta muy acertadamente -, la figura de su protagonista Sol Nazerman que encarna la fuerza, el dolor y el sufrimiento del perdedor, del ser derrotado y descreído que sólo ansia paz y sosiego. Su ideario es puesto de manifiesto de forma rotunda: “No confío en Dios, ni en los políticos ni en la prensa, ni en la música ni en el arte,…”, “No confío en los nombres. No confío en las expresiones ni en los colores ni en el roce de la materia…”, “Pero lo principal es que no confío ni en la gente ni en sus palabras,…”. Este descreimiento y la pena inmensa que supone convivir con él se expia al final de la novela, en el momento preciso que exige el perfecto ritmo de la narración, con un sacrificio que supone la resurrección a la vida de un nuevo Sol Nazerman.
    La prosa de Lewis Wallant se revela como una herramienta precisa que permite recrear los escenarios en los que se desarrolla la acción, esos paisajes fríos e impersonales en los que cada día se difumina la figura del protagonista, casi en un fundido a negro, como dirían los amantes del séptimo arte. No conozco el actual East Harlem de Manhattan, a lo que se ve, y por lo que apunta Eduardo Jordá en el prólogo de la novela, muy cambiado respecto al de la novela, pero la habilidad desplegada por Lewis Wallant para su descripción es muy notable: los solares desiertos y ruinosos que se extienden próximos a la tienda de préstamos, los atardeceres lánguidos sobre el río Harlem, las barcazas cargadas de carbón, los muchachos bañándose entre los detritus de las orillas,… Un atrezo perfecto en el que descuella la figura de Sol Nazerman y todo un variado lumpen, dispuesto a empeñar su propia alma para conseguir un día más de agonía.
    Una excelente novela que no deja indiferente y permite horas de muy feliz lectura. Totalmente recomendable.
    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

  2. Sr. Molina, la lectura de tu reseña de hoy jueves ha sido una gran sorpresa. Primero, por la cantidad de elogios que viertes sobre el libro de Lewis Wallant, – cosa poco habitual en tus recensiones -, y segundo, por el total desconocimiento que tengo sobre la obra de este autor. Aunque Wikipedia amplia datos poco alentadores para mí, lo sitúa entre “el grupo de grandes escritores judeoamericanos de la segunda posguerra mundial, como Bernard Malamud, Saul Bellow o Philip Roth”, – salvo el segundo de ellos, el resto no son santos de mi devoción -, le echaré un tiento al libro, a costa eso sí de aumentar la interminable lista de lecturas pendientes. Libros del Asteroide es casi siempre una garantía, al igual que muchas de las recomendaciones por ti vertidas. Ya me acercaré por este blog para dar mi opinión sobre el mismo.
    Un fuerte abrazo

    • Querido Miguel, la verdad es que Wallant es una lectura deliciosa. Sin llegar al genio absoluto, el retrato que hace de seres humanos desvalidos, pero llenos de fuerza interior, es admirable. Los inquilinos de Moonbloom ahondaba en esa idea, pero en El prestamista es quizá donde mejor se aprecie. Creo poder asegurarte que disfrutarás de estas dos novelas.

      Gracias por el comentario y feliz verano (de lecturas).

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