El unicornio – Iris Murdoch

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El unicornio - Iris MurdochVaya por delante que El unicornio es una novela extraña: extraña en su concepción, extraña en su desarrollo y extraños, sobre todo, sus protagonistas. ¿Constituye esto un escollo para la lectura? En absoluto, si bien (o, al menos, uno ha terminado con esa sensación) el desarrollo de los acontecimientos que Iris Murdoch narra nos deja en una situación de duda, de ignorancia, aunque la sutileza con la inocula sentimientos y vislumbres es, quizá, lo que conforma la verdadera base de la obra. Más allá de la trama, de los vaivenes de los seres que deambulan por ese escenario hermoso, pero desolado y cruel, está el poso de sus deseos, de sus miedos y de sus dudas.

La historia de El unicornio tiene como punto de partida elementos de la novela gótica clásica: una joven acepta un puesto de institutriz en una casa, Gaze, ubicada en un remoto punto de la geografía irlandesa; al llegar al lugar en cuestión descubre un paisaje yermo, en el que apenas hay dos residencias habitadas. Su pupila, a la que creía una niña, resulta ser una mujer, Hannah, que vive recluida en la casa, atendida por un puñado de personas a cual más enigmática: un asistente, Gerald, que más bien parece un carcelero; Violet Evercreech, una huraña suerte de ama de llaves; un esquivo jardinero llamado Denis Nolan; y un jovencito, Jamesie, hermano de Violet y que pulula por la casa como un diablillo burlón. Al otro lado de la colina, frente a Gaze, se encuentra la residencia de los Lejour, en la que se encuentran Max, un anciano profesor de lenguas muertas, y sus hijos, Alice y Philip, además de un amigo de la familia, Effingham. Las vidas de este grupo de personas se entrecruzan de un modo insospechado para la recién llegada Marian, que lo único que advierte a su llegada es su sombrío comportamiento y la reserva con que se tratan, y especialmente a la señora de la casa, Hannah. Pronto descubrirá que existe un secreto relacionado con el marido de ésta, con su marcha a Estados Unidos y con la relación que existe entre algunos de ellos. Sin embargo, lejos de averiguar algo más concreto, los días se suceden sin distinción mientras Marian se sumerge en la malsana atmósfera de Gaze, de sus relaciones y de sus misterios.

Como he comenzado diciendo, en El unicornio lo importante no es lo que se cuenta (que, a decir verdad, apenas es relevante por sí mismo), sino la impresión que provoca en el lector esa atmósfera sofocante, pese a estar a cielo abierto. La llegada de Marian a Gaze invita a pensar en una historia de misterios o incluso de fantasmas, pero en verdad estamos ante una novela psicológica en la que lo principal es el estado mental de cada uno de los protagonistas; un estado, todo hay que decirlo, que desconcierta al más pintado por su inestabilidad. Los personajes actúan movidos por impulsos oscuros, a veces irracionales, sensuales, de manera que lo que parecía ser una novela de intriga pronto se transforma en un retrato intimista de las peculiares idiosincrasias de estos seres.

Un retrato que, lejos de responder preguntas, suscita incluso más dudas: ninguno de los protagonistas parece actuar guiado por una lógica común, sino que todos esconden algún interés o miedo que les mueve a comportarse de forma caótica o, al menos, incomprensible. Al comienzo Marian es consciente de ello y trata de investigar qué es lo que ocurre: qué lazos existen entre unos y otros; qué sucedió en el pasado para que se comporten así; qué ocultan en sus mentes… Pero pronto comprobaremos que la decidida heroína cae bajo el influjo de la perniciosa atmósfera de Gaze y pasa a engrosar las filas de esos caracteres silenciosos, huraños y llenos de recovecos. Y, lo que es más: nosotros mismos, como lectores, sufrimos una transformación al carecer de cualquier información que nos sirve de asidero para no perder la lucidez.

Es por ello que El unicornio es un texto difícil. Los acontecimientos se desarrollan lejos de una lógica narrativa al uso, y los personajes no contribuyen a generar un marco sólido en el que se pueda insertar lo que va aconteciendo; el desenlace, si bien sorprendente, dista mucho de otorgar coherencia, manteniendo sin resolver muchas dudas que se han ido planteando durante la lectura. Como decía al comienzo, esto no es un demérito en sí, sino el intento por parte de la autora de desligarnos de lo tangible para situarnos en un plano psicológico en el que cualquier cosa es posible; si ello conduce a la locura, a la incomprensión o a la duda, no son sino efectos secundarios de la lucha interior que todos mantenemos continuamente.

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2 Comentarios

  1. Canetti guardaba un gran resentimiento hacia ella, criticándola no solo como escritora, sino también por su físico (comparándola con un oso) y especialmente como amante, criticando su forma de hacer el amor, dedicándole frases como “Permanecía inmóvil e inmutable; apenas noté que penetraba en ella” (CANETTI 2005: 202). El mismo se califica en su autobiografía…

  2. Sr. Molina, no he leído nada de Iris Murdoch, – una asignatura más, pendiente -, pero sí algunos de los comentarios más hirientes que pueden dedicarse a una persona:

    “Creo que no hay nada que me importe menos que el intelecto de esta persona. Es una discípula apasionada, de esas que adoran aprender sistemas. En esta tarea parece reconocerse a sí misma. Inmediatamente después se convierte en la maestra que explica esos sistemas”

    “Le gusta confrontar todo con la moral, defiende apasionadamente – si es posible emplear esta palabra para tal pseudociencia – la moral tradicional. Pero también tiene otra cosa que defender: sus veinticuatro novelas. Éstas contienen la palabrería que su autora ha acumulado durante décadas, casi medio siglo. Sus personajes han sido engendrados todos en Oxford, y han nacido allí. Eso significa mucha cultura, pero esa cultura en ella tiene rostros. Ha estado enamorada de innumerables hombres (y de muchas mujeres), pero eran hombres especiales, cada uno especialista en un determinado terreno, en el que ella se implicaba tenazmente. Había de todo: un teólogo, un economista, un historiador, un crítico literario, un antropólogo, y también un filósofo y un escritor. De lo que más sé es de su relación con un escritor, que soy yo mismo”

    Éstas y otras lindeces por el estilo, aún más crueles, son las que les dedica a la autora irlandesa, durante un amplio capítulo, Elías Canetti en su “Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses”.

    Si como dice wikipedia, “Sus novelas incluyen con frecuencia personajes alegres, mascotas amables y a veces un personaje masculino demoníaco y poderoso que impone su voluntad sobre los otros. Según la misma Iris, este tipo de hombre fue modelado sobre su amante, el ganador del premio Nobel Elías Canetti”, hay que reconocer que algo de razón no le faltaba a Iris Murdoch para actuar de semejante modo.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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