En la juventud está el placer – Denton Welch

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En la juventud está el placer - Denton WelchCon En la juventud está el placer inicia la editorial Alpha Decay la edición de la obra en prosa del escritor inglés Denton Welch, un autor conocido por la crítica pero cuyo nombre suena poco entre el público. Admirado por alguno de los escritores más conocidos de su tiempo, Welch no tuvo ocasión de dejar una extensa producción literaria al morir con poco más de treinta años, como consecuencia de las secuelas provocadas por un accidente de bicicleta ocurrido diez años antes de su muerte.

Pero al leer En la juventud está el placer, un estudio sobre la adolescencia, es fácil comprender la fascinación que su escritura provocó entre los artistas de su tiempo. Sencillo, introspectivo, sensitivo, el estilo de Welch atrapa al lector en una atmósfera por momentos onírica, por momentos mundana. Y en ese extraño ambiente queda atrapado un personaje sensible, desorientado, pero anhelante de libertad.

Ese personaje es Orvil Pym, un adolescente de quince años que disfruta junto con su padre y hermanos mayores de sus vacaciones de verano en un hotel en la campiña inglesa. Huérfano de madre, interno durante el curso escolar en un colegio para jóvenes, Orvil se siente extraño en su propia familia. Su extraordinaria sensibilidad le distancia de las personas de su entorno, y su enorme imaginación le lleva a alejarse hacia fabulosos mundos que únicamente existen en su cabeza.

Orvil se considera a sí mismo “sensiblero”, tal vez por sentirse tan diferente de los hombres (jóvenes o no) que le rodean. Por eso elige casi siempre estar solo, alejarse de la monótona vida social del hotel para entregarse a extraños ritos, fantasías y representaciones. Los gestos de la vida cotidiana le asustan, pero también le decepcionan por su vulgaridad. Así, continuamente se impone extrañas pruebas sin finalidad, realiza actos inocentes que él cree  profanaciones, se abandona a impulsos extraños sin un ápice de vergüenza, solo buscando acumular experiencias que vayan más allá de la trivialidad en la que le encierra su existencia de joven estudiante de familia acomodada.

El muchacho es un esteta, también un asceta, precoz que todavía no sabe de qué manera dar cauce a los extraños apasionamientos que bullen en él: ahora se azota la espalda con una correa, después roba un lápiz de labios y se dibuja todo el cuerpo. Primero sueña vivir en una diminuta habitación, del tamaño de un cuarto de aseo, pero decorada con suelos de teselas y paredes de brocado; luego se imagina torturado y metido en una caja donde se viera obligado a estar en cuclillas, sin poder estirarse jamás.

Su imaginación le aísla de la realidad prosaica y le permite fabricarse un delirante mundo a la medida de sus deseos. Y su imaginación es consecuencia de una sensibilidad casi enfermiza, que tamiza cuanto sucede a su alrededor. Los sabores, los olores, las imágenes, las escenas que interpretan sus conocidos, las dependencias y jardines del hotel, los recuerdos o las proyecciones mentales de cómo será su futuro son figuras simples que, alumbradas por la linterna de su imaginación, provocan sombras chinescas en la pantalla de su mente, entre las que puede pasear y fascinarse, ajeno a los convencionalismos.

De esta manera, Denton Welch da una vuelta de tuerca al —tantas veces usado con fines literarios— tema de la adolescencia. Alejándose de los clichés al uso, presenta  ese mágico, doloroso y extraño momento en que el ser humano ha abandonado la niñez sin entrar en el mundo adulto; y lo hace sirviéndose de un personaje magistralmente construido. Un personaje cuyo comportamiento tiene validez precisamente, y ese es el quid de la novela, por ser un adolescente, pues de otra manera sería o un loco, o un personaje ridículo. Anímense a conocer a Orvil Pym y, con él, a Denton Welch.

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