La casa de los siete tejados – Nathaniel Hawthorne

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La casa de los siete tejados - Nathaniel HawthorneSi hay algo que defina la narrativa de Nathaniel Hawthorne es, sin duda, el tratamiento del pecado y la redención. A todos nos viene a la mente La letra escarlata, pero en La casa de los siete tejados estos temas están muy presentes, si bien camuflados en medio de una historia de misterio, fantasmas y antiguas rencillas familiares que podría hacer suponer que el autor optó por una narración más de aventuras clásicas que de tormento espiritual.

Pero lo cierto es que esto último es lo que aflora tras la lectura de la novela; las desventuras de Phoebe Pyncheon, descendiente de un coronel que arrebató unos terrenos a un humilde campesino y fue maldecido por éste, y de algunos familiares cercanos más, son tan curiosas como banales. Lo que le importa a Hawthorne, y sale a relucir constantemente a lo largo del libro, es la herencia que acompaña a los Pyncheon y que les conduce por un camino amargo: «La debilidad, los defectos, las oscuras pasiones, la tendencia a hacer el mal y las flaquezas morales que conducen al delito pasan de una generación a otra.» La encarnación más palpable de ello es el juez Jaffrey Pyncheon, cuyo comportamiento y ambición le sitúan en el punto de mira del autor y de sus personajes. La culpa transmitida de generación en generación se revela como un castigo mucho más terrible que una simple condena física: las virtudes y defectos pasan de padres a hijos, pero también los pecados y las buenas acciones.

En La casa de los siete tejados el escritor deja muy claro que ese legado es lo que marca la vida de los hombres. Así, Jaffrey aparece como una nueva versión del coronel original, el causante de aquella maldición que ha venido asolando a la familia con mayor o menor ferocidad; no es baladí el que su rostro se asemeje casi por completo al de su antepasado, puesto que sus rasgos externos simbolizan las coincidencias en su idiosincrasia. Hepzibah, la propietaria de esa casa que da título al libro y prima del juez, carga también con una parte de culpa que en su caso se manifiesta en su rostro, ajado y feo, lo cual la “marca” ante su comunidad y le impele a llevar una vida aislada. Clifford, el hermano de Hepzibah, será el desencadenante de la historia al enfrentarse al juez Pyncheon; no de una forma física, sino recurriendo a las palmarias diferencias de carácter entre ambos. Jaffrey tiene un punto de maldad insoslayable, algo que se convierte en definitivo a la hora de arrostrar su destino. Así lo expresa Hawthorne: «¿Qué tiene tan pesado el mal que un solo gramo de él puede desequilibrar la balanza cuando se sopesa con las cosas que no son malignas?»

Visto lo visto, la conclusión de la novela es la que cabría esperar: la culpa recayendo sobre los malvados y haciendo que expíen sus faltas, mientras que la bondad redime a aquellos que han sabido apartarse del pecado, como es el caso de Phoebe. Las vueltas de tuerca finales (que no revelaremos) hacen que un desarrollo modélico se vea empañado por unas últimas páginas algo atropelladas y quede la sensación de que el autor condensa mucha información en poco espacio. No obstante, el narrador que Hawthorne emplea como hilo conductor de la novela está cargado de ironía, soltura y modernidad, anticipando incluso la narración cinematográfica en algunos pasajes. Con sus pequeños deméritos, que los tiene, La casa de los siete tejados es un magnífico ejemplo de literatura decimonónica, dicho esto en el mejor de los sentidos: tramas elaboradas, personajes arquetípicos (pero humanos), reflexiones constantes y narraciones vivaces. Un placer.

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