Fiebre de guerra – J. G. Ballard

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Fiebre de guerra - J. G. BallardDespués de «Rascacielos» quedó uno un tanto decepcionado con J. G. Ballard; más que nada, por la candidez de una historia que podría haber dado más de sí, pero que terminaba por resultar previsible y caótica. Este último adjetivo me ha venido a la mente en algún momento mientras leía «Fiebre de guerra», ya que las historias que lo componen tienen en común la confusión frente al mundo, la incoherencia de la realidad frente al individuo que la contempla. Ballard tiene un don especial para mostrar esas partes del mundo que no queremos ver, pero que están frente a nosotros; sus efectos sobre las personas son evidentes, aunque por lo común se oculten o se maquillen.

En «Fiebre de guerra» algunas de esas partes se ponen de manifiesto a las claras. En el relato que da título al libro asistimos a una guerra en Beirut que se viene prolongando durante años. Ryan, el joven protagonista, comprende que las diferentes facciones que se enfrentan no tienen posibilidad de victoria en un conflicto que tiene visos de no terminar jamás. Azuzado por esta convicción, consigue que todos los combatientes se unan de forma espontánea a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas: de esta manera, los bandos se diluyen y las hostilidades van cesando paulatinamente. Cuando Ryan cree haber logrado lo imposible, descubre que la realidad es muy diferente: la ONU utiliza Beirut como un campo de pruebas para estudiar la violencia y las ansias de guerra en el ser humano; las Naciones Unidas fomentan el conflicto e incitan a la lucha como medio de que el «virus» de la guerra se extienda por el mundo.

Esa realidad alternativa, deformante, es presentada por Ballard con un estilo sensual, exótico, que hace especial hincapié en la perversión del mundo y de la sociedad. Ejemplo de ello es ‘La historia secreata de la Tercera Guerra Mundial’, hilarante relato en el que un incrédulo protagonista asiste por televisión al desencadenamiento del conflicto y a su finalización… en apenas cuatro minutos. Un Ronald Reagan reelegido por tercera vez, cuyos indicadores vitales se retransmiten en directo por todas las cadenas de televisión de Estados Unidos, sirve a Ballard para plantear (en una de sus habituales distopías) la hipótesis de la manipulación informativa llevada al límite. Es éste unos de los textos más sobrecogedores de todo el libro por la verdad que transmite y por algunas de las similitudes que podemos ir encontrando en la sociedad de la información de hoy día.

‘El parque temático más grande del mundo’ nos enfrenta con aspectos sociales mundanos, pero convertidos en aterradores por la imaginación del autor. Así, la figura del turista occidental (concretamente europeo) pasa a convertirse en arquetipo del barbarismo social cuando miles de ellos deciden no abandonar sus vacaciones en el Mediterráneo tras el verano. Lo que comienza como una fábula utópica deviene en macabra toma de conciencia de nuestro mal llamado civismo y de las consecuencias que tendría el dar libertad a nuestros deseos íntimos en un entorno social.

También lo social, junto con lo religioso, se presenta de manera descarnada en ‘Informe sobre una estación espacial no identificada’, parábola bellísima sobre la necesidad del ser humano de hallar respuestas en mitad de un universo incomprensible y desolador. Algo que también se trata en ‘El espacio enorme’, aunque con un punto de vista distinto, más psicológico, puesto que el protagonista busca las respuestas dentro de sí, en su propio hogar, aislándose de un mundo exterior que le resulta incoherente.

Mención aparte merecen dos de los relatos del libro por su peculiar estilo. En ‘Respuestas a un cuestionario’, Ballard elabora una historia sobre el asesinato de un extraño personaje que, entre otras cosas, instaura la inmortalidad entre los humanos, mediante las contestaciones a un formulario que ofrece su asesino. Y en ‘El índice’ narra la peculiar y enigmática existencia de Henry Rhodes Hamilton, un autoproclamado mesías, a través de lo único que se conserva de su biografía: las entradas del índice. Aparte de lo curioso de estas estructuras, cabe resaltar la habilidad del autor para crear narraciones sugerentes con apenas unos pocos recursos estrictamente literarios.

Después de todo esto, parece claro que uno ha quedado mucho más satisfecho con J. G. Ballard que en el anterior acercamiento. Los relatos de «Fiebre de guerra» me han resultado mucho más atractivos que la historia de «Rascacielos», sobre todo en lo referente a los planteamientos temáticos, maduros, inteligentes y acerados. Su estilo es perfecto para reflejar esa difícil relación entre sociedad y humanidad que todos debemos afrontar todos los días: su mirada incide en esos aspectos de nosotros que ignoramos por mor de la convivencia, o con la excusa del respeto. Ballard escarba en esos pozos que tanto nos esforzamos por tapar, pero que siguen hediendo, mal que nos pese…

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