La abadía de Northanger – Jane Austen

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La abadía de Northanger es, no cabe duda, una obra menor dentro de la producción de Jane Austen; después de leerla uno tiene la sensación de que es un precedente descafeinado y algo malogrado de Emma: un estudio sobre una joven impetuosa y decidida, con opiniones independientes, que se enfrenta al mundo con su mordacidad.

La Catherine de La abadía de Northanger es, en efecto, independiente y ansía vivir experiencias más allá de su apacible vida en un retirado paraje inglés; por eso, cuando sus amables vecinos la invitan a pasar con ellos una temporada en Bath, un maravilloso universo de nuevas diversiones se abre ante ella. Es ahí donde Austen pone de relieve su fino instinto para mostrar la hipocresía de la sociedad y el papel que ciertas personas juegan en los ambientes más refinados. El retrato que hace de Isabella Thorpe, una joven con la que Catherine traba amistad y que se compromete con su hermano mayor, es demoledor: siempre dentro de su sutilísima forma de narrar, este personaje es un buen ejemplo de lo cáustica que podía llegar a ser la escritora inglesa. De esa quema no se salvan otros cuantos personajes, a los que se retrata como petulantes, falsos o cobardes, aunque siempre mantienen una imagen exterior de respetabilidad y honradez.

Sin embargo, Catherine no es ni de lejos el completo personaje que Emma llegará a ser años más tarde. La heroína de La abadía de Northanger es recatada y sumisa: sus opiniones e ideas no son las de la mayoría, pero es incapaz de expresarlas y se somete al juicio de quien considera superior, ya sea por condición, edad o experiencia. El final de la obra, precipitado y algo brusco, subraya estos rasgos de su carácter, con lo que el retrato inicial que se enseña al lector queda empañado por una peripecia que limita las capacidades del personaje y las relega a un muy injusto segundo plano.

Austen plantea una situación inicial que, como en otras obras, pone en juego un protagonista inadaptado a lo que le rodea; por supuesto, esa inadaptación es interna y se expresa más bien en términos introspectivos, pero lo usual es que el personaje se enfrente a una situación o idea que considera injusta, convencional o insolidaria. En esta novela, sin embargo, ese enfrentamiento se insinúa, pero jamás llega a consumarse. Catherine es una joven con un prurito de independencia más bien anecdótico: la aparición de otros personajes en su vida enseguida sofoca ese espíritu emprendedor y pone las cosas en su sitio.

Es cierto que las obras de la escritora inglesa se atienen en sus desenlaces a un cierto statu quo, sobre todo de índole social, pero en esta ocasión Catherine se deja sojuzgar con una facilidad pasmosa y ramplona. Más que de evolución del personaje hay que hablar de involución, porque los aires de libertad que se exponen al comienzo pronto desaparecen y sitúan a nuestra heroína en una posición tan convencional como estática.

Con todo, el sentido del humor de Austen salva los muebles y anticipa esa socarrona mirada sobre la Inglaterra Victoriana que se desarrollará en todo su esplendor en obras posteriores. Los diálogos con su amiga Isabella o con el hermano de ésta, John, tienen momentos sublimes por su ironía y maldad. La abadía de Northanger es un anticipo de lo que daría de sí el talento de la escritora inglesa, pero no hay duda de que sus buenas cualidades ya se pueden paladear en esta entretenida novelita.

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