La cena de los notables – Constantino Bértolo

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La cena de los notables - Constantino BértoloSi hace poco abordábamos los problemas de la crítica literaria al hablar de “Una venus mutilada”, el libro de Germán Gullón, hoy damos una vuelta de tuerca más sobre ese conflicto. Si Gullón afrontaba esa disquisición desde el punto de vista del crítico profesional, en “La cena de los notables”, Constantino Bértolo lo hace desde una posición algo distinta: la del editor profesional (aunque también practique la crítica, por supuesto).

Esa pequeña divergencia de actitudes explica, por ejemplo, la importancia que Bértolo asigna a la editorial como responsable de las obras que publica. Según el autor, la crítica no actúa como nexo de unión (con sus connotaciones interpretativas o exegéticas) entre el autor y el lector, ya que esa labor es la que llevan a cabo los editores: son ellos los que “colocan” en el mercado las obras que, según su criterio, pueden satisfacer las necesidades de los lectores; éstas, como es lógico, pueden ser de todo tipo, sin necesidad de ceñirse a valoraciones culturales. El crítico es el que valora esas propuestas y, por tanto, su función le sitúa como mediador entre la editorial y el lector. El autor advierte de lo engañoso que puede resultar interpretar una crítica como una respuesta (sea positiva o negativa) directa al autor del libro; en realidad, esa respuesta se dirige a la propuesta editorial: el crítico juzga si esa publicación es conveniente o no.

¿Qué se considera conveniente? Quizá es aquí donde radica la dificultad de la labor crítica y donde la realidad actual hace que el autor se muestre escéptico ante el desempeño de la tarea. Esa conveniencia sería de índole social, pública, en tanto Bértolo entiende la literatura como un «pacto de responsabilidad» entre el autor y el lector: el que escucha (es decir, el que lee) otorga al que habla (el que escribe) el derecho a hacerlo en función de los intereses de la comunidad; el que habla, o escribe, debe respetar esos intereses, manteniendo así la atención de su público. Por lo tanto, una obra conveniente sería aquella que hace un buen uso de ese acuerdo, que otorga voz a lo público a través de un hablante individual. (Y ojo, no caigamos en la tentación de pensar en ese pacto como un juego pseudomarxista porque esa responsabilidad va mucho más allá de meras nociones económicas.)

Establecido este concepto, Bértolo distingue entre tres tipos de críticos. El catador legitima su juicio en su propio gusto literario, por lo que su ocupación básica es animar o desanimar al consumo de la obra; esos gustos suelen coincidir con los gustos dominantes, por lo que abundan en los medios. El crítico guardián es el ángel custodio de la literatura con mayúsculas, entendida como disciplina casi metafísica y revestida de una trascendencia incuestionable; su número es reducido, dado que el bagaje cultural y técnico que necesitan no es común, y sus posiciones pueden ser consideradas por los medios imperantes como demasiado dogmáticas. Por último, tendríamos al crítico tribuno, aquél que juzga los textos desde lo público, poniéndolos en relación con lo que sería bueno para la sociedad:

Cuando determinadas instancias secuestran de manera hegemónica una determinada idea sobre el bien común, o bien monopolizan los medios de producción y expresión que concurren para su construcción, el tribuno pierde su espacio, es decir, deja de existir. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en estos tiempos en que impera, no tanto el pensamiento único […], sino un pensamiento hegemónico que niega cualquier idea de bien común que rebase la mera suma de los bienes individuales.

La función del crítico (y aunque lo diga Constantino Bértolo, es algo que por pura lógica suscribe uno también) es la de cuestionar el poder del mercado, el poder hegemónico. Ese cuestionamiento pasa por una actitud luchadora, capaz de enfrentarse con unos supuestos que parecen irrefutables desde una posición militante (de nuevo: no confundamos esa militancia con un activismo político, aunque puedan darse similitudes; no se trata de tener buenas intenciones, sino de ser coherentes y responsables). El crítico, como el lector o el escritor, debe disputar la posesión de un mensaje único al poder económico del mercado, arrebatarle las palabras para dar voz a toda la comunidad. Ese pacto de responsabilidad del que hablaba antes debe firmarse de nuevo, y sólo con la anuencia de todos los sectores implicados (escritores, editores, críticos, lectores) puede rehacerse.

Hay que leer “La cena de los notables” porque estas ideas (y muchas otras) que he expuesto aquí nos remiten a un conocimiento del ser humano profundo y penetrante. Aunque Bértolo hable sobre la crítica literaria, su discurso hace referencia a nuestra capacidad de compromiso, a la necesidad de actuación, a la inquisición constante a la que deberíamos someternos. La crítica, en concreto, debe dar voz a los que no están, a los que “quedan fuera”; algo que va más allá de nociones políticas o económicas. Pocas veces tendrán la oportunidad de leer un libro que les interpele desde una posición de igualdad, apelando a su inteligencia y tratándoles como lectores (y escritores, y críticos, y personas) serios. Y pocas veces, además, disfrutarán tanto de la lectura.

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