La dama y los laureles – Leonard Merrick

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La dama y los laureles - Leonard MerrickLeonard Merrick es considerado un «novelista para novelistas» y como tal viene avalado por la propia Virginia Woolf, quien al parecer encontraba en la lectura de su obra un gran consuelo.

Que a Woolf le entusiasmase la prosa sencilla que se descubre en La dama y los laureles es del todo comprensible. Que un escritor con la dulce ingenuidad y la naturalidad de Leonard Merrick sea más disfrutado por los novelistas que por los lectores demuestra que estos últimos son a veces muy miopes.

Aunque editado exento, La dama y los laureles es un relato y sigue –y muy bien– las convenciones del género. Plantea una situación peculiar y la desarrolla con donaire, sin extenderse demasiado pero dando aquellos detalles que el lector necesita para hacerse una cabal composición de lugar.

Su protagonista es William Childers, un joven de poco talento al que la fortuna hace ir a parar a los campos de diamantes sudafricanos. Childers no tiene talento comercial y pronto se verá que nada tiene que hacer entre los hombres de negocios de Sudáfrica. Pero es que tampoco tiene talento literario, que es el que el joven aspira a tener. Empantanado en la vida sin aliciente de un pequeño pueblo minero, William Childers escribe poesía y envía sus textos a la metrópoli, soñando con ver un día su nombre impreso.

Merrick demuestra una indudable mano para construir sus personajes. Childers es absolutamente humano en sus aspiraciones y actitudes. Lo banal se mezcla en él con lo elevado, es apático y apasionado a un tiempo, vive sumergido en la rutina, pero aspira a una vida por completo distinta de lo que su día a día le ofrece. Es soñador, pero también un poquito petulante. En definitiva, es un personaje con claroscuros pero sin grandes contrastes, como podemos serlo cualquiera de nosotros.

Pero, como es natural, la tranquila vida del joven se ve alterada de pronto por dos novedades. La primera es que acude al teatro a ver una representación de Rosa Duchêne, una actriz de renombre, por la que queda totalmente subyugado. La segunda es que su vista, delicada hasta el momento, empeora de pronto y Childers queda ciego.

Los hombres del campo de diamantes, sus amigos, como si fueran ilustres miembros del Guasa Club de Arniches, deciden aprovechar la conjunción de tales circunstancias y gastar una broma al poeta. En la localidad hay una joven que imita a la perfección a la Duchêne, así que la convencen para que se haga pasar por la actriz y se entreviste con el ciego.

Aquí se pone de manifiesto el tiento de Leonard Merrick para dibujar al hombre común tal cual es. Un hombre que no es malo del todo, pero tampoco es bueno del todo. Un hombre sin excesiva maldad, pero al que tampoco le importa demasiado si otro sufre un poquito a cuenta de que él lo pase un poco bien.

Las justificaciones de los amigos del joven para embromar a un hombre que acaba de perder la vista son sin dudarlo la mejor parte de La dama y los laureles. Apenas hay en ellos un atisbo de conmiseración y, si la hay, pronto es sofocada por la perspectiva de pasar un buen rato a costa del ciego.

Merrick aprovecha la necesidad de su relato de unir al hombre ciego y a la imitadora de actrices y lo hace de una manera harto plausible: una broma tal vez inocente, pero sin duda de mal gusto. Y el plantear así su historia le permite subrayar la indiferencia con la que el fuerte trata al débil, su incapacidad para ponerse en su lugar; la idea compartida de que, en el fondo, ciertas personas solo existen para que los demás puedan divertirse a su costa.

La pequeña intriga de los amigos de Childers pronto se enredará más de la cuenta, cuando Polly la Pachuli empiece a sentir lástima del pobre ciego al que se ha prestado a engañar. Desde luego ella es un ser tan anodino como el propio Childers y es eso lo que le da la capacidad de comprender la crueldad de la broma de la que el ciego es objeto.

Polly no pertenece a los fuertes, Polly está también en el bando de los débiles. Eso le permite ponerse en el lugar de Childers y adivinar el daño que descubrir la verdad de su identidad le haría el poeta. Aún más, su propia insignificancia, esa misma que comparte con el ciego, le permite anularse y convertirse en otra persona. No en la Duchêne, sino en una versión mejorada de sí misma.

Polly se convierte, mediante un acto de amor, en alguien más fuerte que los fuertes. Y el poder de su transformación es tanto que logra incluso convertir al pusilánime Childers en el reconocido escritor que anhelaba ser. Al menos en el pequeño universo que ella logra construir para él.

Un universo donde para el ciego se hace realidad aquel que Balzac creía que era el sueño de todo artista: ser célebre y ser amado. Tener a la dama al tiempo que se disfruta de los laureles del éxito.

Tal vez sea Polly la verdadera protagonista de La dama y los laureles. Y con sus virtudes da muestra de la talla del autor que la creó. Es hora de que los lectores nos encontremos con Merrick.

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