Giles, el niño-cabra – John Barth

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Giles, el niño-cabra - John BarthAsomarse al universo de John Barth es sumergirse de lleno en la imaginación, la desmesura y el humor; cada novela es un viaje que oscila entre lo absurdo y lo cómico, pero que agarra al lector con la fuerza de su historia y no le suelta hasta la última página. En los libros de este autor se aúna el análisis más ácido de nuestro mundo con una narrativa pletórica, llena de vigor, eléctrica; da igual que se trate de una sátira al estilo de las novelas decimonónicas, como era el caso de El plantador de tabaco, o una parodia de textos que atestiguan el viaje del héroe, como ocurre en Giles, el niño-cabra: cada libro es una aventura fascinante que revela el enorme talento como narrador de Barth y exige al lector su completa entrega para descifrar lo que tiene entre manos.

Como ya comentamos en su momento al hablar de El plantador de tabaco, al autor le interesa sobremanera el devenir de la historia: el acto de narrar en sí mismo. Si bien en esta ocasión el estilo se revela más importante, dada la complejidad de la historia, Barth supedita los ornamentos al poder de la imaginación; de hecho, en no pocas ocasiones a lo largo de la novela se alude a la importancia de la fantasía como herramienta de formación, sin necesidad de caer en la exégesis o la complejidad estilística. Giles, el protagonista, criado como un animal durante sus primeros años e ignorante, por tanto, acerca de las virtudes formativas de la educación, así lo intuye cuando llega al Campus Occidental y se le anima a profundizar en el análisis de las obras fundacionales de su mundo:

Seguía prefiriendo la literatura a cualquier otra asignatura, y los viejos relatos de aventuras a cualquier otro género, pero mi reacción ante ellos no era en absoluto intelectual. […] no me interesaba la estilística, ni los valores alegóricos ni las cuestiones de forma: lo único que me importaba eran los actos del protagonista.

Esta afirmación parece condensar el propósito del autor al concebir y ejecutar una obra de estas características: lo principal no es la interpretación que pueda (y debe) hacerse de la novela, sino disfrutar de la peripecia de sus personajes. Vivir la historia, no analizarla. Una decisión curiosa, habida cuenta de la cantidad ingente de parodias o burlas que se encuentran en el texto: desde el más que obvio paralelismo entre los distintos Campus y las potencias mundiales durante la época de la Guerra Fría hasta los remedos burlescos de poemas épicos u obras teatrales clásicas (como el desternillante episodio en el que los protagonistas asisten a una representación de un remedo de Edipo rey).

Otro tanto sucede con las constantes referencias a hechos históricos, ideologías, movimientos políticos, confesiones religiosas, etc. Barth esgrime siempre con un sentido del humor encomiable una actitud beligerante contra cualquier asomo de imposición: uno de los personajes, en una discusión sobre la naturaleza del Gran Maestro (el mesías en el cual Giles pretende encarnarse), afirma que no hay ningún fundador mitológico, solo «orden, números, energías y elementos»; frente a la fe exigente y autoritaria, tenemos la razón y el conocimiento. No obstante, también del abuso de estos últimos se permite reírse el autor con sus continuas sátiras sobre los procesos académicos y la educación formal. El paso de Giles por la biblioteca del Campus y sus estudios sobre algunos textos canónicos se cuentan entre los capítulos más desopilantes de toda la novela.

Pero, al fin y a la postre, lo que más atrapa nuestra atención a lo largo de la obra es la maestría de John Barth para crear una narración prodigiosa, imaginativa, cómica y cautivadora. Incluso haciendo gala en algunos pasajes de una envidiable técnica para la recreación de estilos o géneros, en ningún momento la prosa se torna grandilocuente o constituye una rémora, algo digno de elogio en un texto de más de mil páginas; las peripecias de Giles y sus compañeros nos mantienen en vilo gracias a una capacidad de fabulación que entronca con los trovadores de antaño, capaces de embelesar a su audiencia con las aventuras de unos héroes desconocidos, pero siempre cercanos. Así ocurre en Giles, el niño-cabra: la fantasía del autor nos seduce hasta el punto de olvidar sátiras y referencias para sumergirnos de lleno en el mero placer de la lectura. El placer del asombro.

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2 Comentarios

  1. Gracias por esta estupenda crítica positiva, voy por más de la mitad del libro y, aunque lo estoy disfrutando, lo he «aparcado» un rato abrumado por el ambiente universitario-surrealista… Así que me animo y lo voy a reprender (me fio mucho de vuestro ctriterio) ! Se lo debo a su autor que me hizo disfrutar tano con El Plantador de tabaco!

    • Estimado Martí:

      En efecto, las novelas de Barth exigen un poco de esfuerzo por parte del lector debido a lo «sinuoso» del argumento; en este caso, además, la cantidad ingente de referencias/sátiras hace que haya que prestar mucha atención para no perder el hilo del argumento. Pero me parece que ese esfuerzo merece la pena, porque es una obra ingeniosa e inteligente. ¡Ánimo con ella!

      Un cordial saludo.

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