El plantador de tabaco – John Barth

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El plantador de tabaco - John BarthSi la novela es el arte de rebelarse contra el tiempo y la uniformidad, no me cabe duda de que embarcarse en la lectura de obras como El plantador de tabaco nos podría servir para alcanzar, siquiera por breves instantes, un ápice de la inmortalidad del alma que se reserva a las historias que perduran a lo largo de los siglos. La obra de John Barth reúne en sus más de mil páginas casi todas las características de la narrativa decimonónica más clásica: una historia trufada de incidentes, personajes arquetípicos y entrañables, situaciones inverosímiles, aventuras desopilantes, vueltas de tuerca que sacuden el devenir de la trama… En fin, todos los elementos necesarios para que la lectura se convierta en un pasatiempo delicioso que deseamos que no termine jamás.

Y alguno podrá preguntarse: «¿Es que El plantador de tabaco es una suerte de best-seller, con una historia trepidante que engancha… y poco más?» No exactamente. Lo que John Barth planteó hace más de cuatro décadas con esta novela es la necesidad del hecho de narrar; la importancia capital de ver el mundo a través de la ficción, no tanto para entenderlo (cosa imposible, por lo demás, y que sabían muy bien los autores postmodernos), sino para vivirlo con más intensidad. De ahí que el peso de esta novela, el auténtico meollo, sea la trama misma: las desventuras de Ebenezer constituyen un espejo del mundo, pero no se articulan con la finalidad de presentar un ejemplo, o suministrar ideas al lector. La lectura entre líneas, las tesis subyacentes, la posible moralidad que suscite algún pasaje pueden encontrarse en el texto… o puede que no. Barth traslada la trascendencia a la mente del que lee, en lugar de hacerla recaer sobre el texto, construyendo así una novela que se desarrolla con ritmo, pero que no se detiene ni un segundo en la reflexión (ni por parte del narrador ni por parte de los personajes).

Y es que, lejos de constituir un demérito, el autor se encarga de construir un artefacto literario que, precisamente por su completa “literariedad”, suministra al lector todo cuanto éste pueda desear. Gracias a la fantasía, a la ficción, el ser humano escapa un poco de su destino como especie mortal y trasciende la mera literatura. El propio Ebenezer así lo expresa:

Que las vidas son historias, lo asumía; que las historias tienen un final, lo reconocía (de lo contrario, ¿cómo podría empezarse la historia siguiente?), pero que el narrador mismo debía vivir un relato concreto y morir… ¡Impensable! ¡Impensable!

Impensable, en efecto, que el narrador (esto es, la historia misma) muera. No puede haber un término para la ficción, porque la vida misma es una ficción interminable, en la que unos recogen el testigo de otros y perduran su legado. Por ese motivo El plantador de tabaco es una novela prodigiosa, que basa su fuerza en el mero hecho de contar una historia repleta de aventuras, situaciones inesperadas, personajes desopilantes y encuentros insospechados; y aunque está llena de momentos en los que la doble lectura es casi evidente, lo cierto es que la pura ficción es lo que nos mantiene en vilo a través de sus más de mil páginas. Y es que, como en un momento sostiene el protagonista:

Es un grave error por parte del narrador ponerse a filosofar y a contarnos qué significa la historia que nos está contando: puede que no signifique en absoluto lo que él piensa.

El plantador de tabaco es una obra magnífica, rotunda y maravillosa que nos devuelve el esplendor de la literatura en su estado más puro. Y lo hace en una edición cuidada y con una traducción exquisita que permite apreciar el ingente trabajo que el autor llevó a cabo con la caracterización de los personajes, su lenguaje y el entorno en el que se desarrolla la trama. Si quieren disfrutar de la lectura como nunca, tienen que empezar ya a leer esta novela.

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1 Comentario

  1. El protagonista de la novela, Ebenezer Cooke, Poeta Laureado de Maryland, sentencia en un párrafo: “¡Aquí no hay sino bribones y pervertidos, cuchitriles y lupanares, corrupción y cobardía! ¡Qué gran honor ser el cantor de semejante albañal!”. Y es cierto, pocas veces he visto yo en mi vida una novela con mayor concentración de desalmados, ladrones, prostitutas, degenerados, asesinos, estafadores y demás gentes de peor ralea.

    La obra de John Barth, desde su inicio, es la locura más desbocada que jamás haya leído. Sin pausa ni descanso, la historia principal del protagonista se rodea de otras secundarias, tan o más interesantes que ella misma: la de Isaac Newton, Descartes y More, – por cierto, si los restos de los citados sabios no reposaran tranquilamente desde hace mucho tiempo, ya podían ponerse los abogados de Barth manos a la obra, trabajo no les iba a faltar -, la de la gran sanguijuela macho, la del indio Charley Mattassin, la de la travesía de la bahía de Chesapeake, escrita por el capitán John Smith, la de Tom Tayloe, la de Susan Warren o quién demonios sea,…. Y es que a lo largo de todo el libro nunca sabemos en realidad quiénes son sus camaleónicos personajes ni con qué nos van a sorprender. En mi opinión, lo digo como amante de los novelones decimonónicos y en consecuencia como lector curado de espantos, Barth abusa tanto de la vuelta de tuerca y de los giros inesperados que la historia entra de lleno en el terreno de lo grotesco; claro que a lo mejor el objetivo no es sino ése porque sólo en un caldo de cultivo como el ridículo puede entenderse la figura esperpéntica del cándido e inocente Ebenezer. Sea como fuere, el pecado del exceso acude con demasiada frecuencia a las páginas de “El plantador de tabaco”, tanta que en cualquier momento se teme ver a Henry Burlingame encarnando el papel de quiosquero de la esquina o de vecino del primero derecha, – cabe decir no obstante que ambos roles serían para cualquiera preferibles al de amante de Porcia, quién lea el libro entenderá perfectamente -.

    En el texto de la novela, retorcido como digo hasta la exageración, subyace también una segunda lectura. Las conquistas y colonizaciones, – los americanos son maestros en este arte -, se sustentan siempre con la épica del héroe, quién no recuerda las caravanas de los intrépidos pioneros en su avance hacia el salvaje oeste. La realidad es otra muy diferente y Barth se encarga de pintárnosla de forma aterradora: los colonos que afluían a América formaban parte de lo peor del lumpen de Inglaterra y la civilización que con ellos llevaban no era otra sino la civilización de la codicia y del exterminio del indio. Si el Mayflower transportó a los “Padres Peregrinos”, – así se nos ha vendido siempre la mercancía -, otros barcos arribaron después con material humano suficiente para mermar la tasa de integridad de los primeros pobladores. La sempiterna historia del hombre y del mundo.

    “El plantador de tabaco” de Barth, a la luz del excelente prólogo de Eduardo Lago, se nos presenta como un experimento innovador. La historia por la historia, sin ninguna interferencia externa que se injiera en ella, ni narrador, ni reflexiones añadidas, a no ser las propias que puedan extraerse de los comentarios de los protagonistas. Y personalmente es una cosa que se agradece, aún más después de haber transitado no hace mucho por derroteros bien diferentes, “Ada o el ardor” de Nabokov; así, en el difícil equilibrio del “qué se cuenta” y del “cómo se cuenta”, prefiero caer del lado del “qué” de John Barth al del “cómo” de Vladimir Nabokov.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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