La economía desenmascarada – Manfred Max-Neef y Philip B. Smith

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La economía desenmascarada - Manfred Max-Neef y Philip B. SmithCon este curioso título los autores quieren sentar la base de una crítica feroz hacia la economía entendida como una ciencia exacta. A grandes rasgos, La economía desenmascarada quiere señalar la intencionalidad de la economía a la hora de elaborar teorías y enunciar medidas; en lugar de analizar los hechos, ajustarse a las condiciones reales y construir modelos a raíz de lo anterior, los autores acusan a la economía (y, por supuesto, a los economistas) de fabricar una idea falaz de los acontecimientos que estudia para privilegiar a ciertas personas por encima de otras. En pocas palabras: la economía mantiene y propicia el statu quo de la desigualdad en todo el planeta, provocando un aumento de las diferencias entre ricos y pobres y poniéndose siempre de parte de los primeros.

Para llegar a esta conclusión no les hace falta a los autores demasiada teoría. Los primeros capítulos están dedicados a ofrecer al lector un somero repaso del auge de la economía como ciencia y del posicionamiento que ha ido tomando, especialmente en las últimas décadas. Aunque las teorías económicas se han dado casi desde el inicio de la actividad comercial humana, lo cierto es que fue a finales del siglo XIX cuando esta disciplina comenzó a aspirar a ser considerada «respetable», al mismo nivel que las ciencias naturales; debido a esta (por otra parte, legítima) aspiración, la economía decidió echar mano de las matemáticas para justificar su estatus de ciencia «seria». El meollo de esta cuestión es que, por una parte, la economía no cuenta con variables cuantificables a las que medir (como sí tiene la física, por ejemplo): de ahí que elementos como la «utilidad» hayan sido usados como medidas, cuando son prácticamente imposibles de definir. Por otro lado, la economía entra en relación de manera constante con otros campos, ya que todo está vinculado entre sí (decisiones políticas, actuaciones individuales, fenómenos naturales, etc.): así, los resultados que puedan ofrecerse siempre están subordinados a que otros factores no varíen (lo que se conoce como ceteris paribus), algo que resulta, como es lógico, casi imposible.

La acusación más repetida en el ensayo, y por otra parte (al menos así lo considera el que suscribe) la más lógica, es la de que defender el crecimiento sin límites no tiene sentido alguno. Aunque pueda parecer ridículo por lo simple, lo cierto es que vivimos en un mundo finito, con recursos limitados, por lo que hablar de crecimiento constante es una necedad. Pero no es sólo que el enunciado sea falso, sino que además esa obsesión por el crecimiento que economistas y políticos defienden a ultranza está provocando unos efectos desastrosos: degradación de la biosfera; agotamiento de los recursos naturales; aumento de la desigualdad (en términos económicos y sociales); expoliación de los países pobres por parte de los desarrollados… Esta fijación con el crecimiento no es sino el resultado de medir la riqueza en términos monetarios, cuando a estas alturas todos deberíamos tener claro que el bienestar de las personas tiene muy poco que ver con el dinero y sí con la salud, el entorno, la comunicación y la sociabilidad.

Y no querría cerrar esta breve reseña sin citar unas líneas que resumen a la perfección el estado de la economía y cómo determinados valores han sido impuestos hasta el punto de cegar una visión con sentido común de lo que nos rodea:

En octubre de 2008, al mismo tiempo que la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) nos informaba de que el hambre afectaba a mil millones de seres humanos, y calculaba que unos 30.000 millones de dólares anuales bastarían para salvar todas esas vidas, la acción concertada de seis bancos centrales […] derivó 180.000 millones de dólares al mercado financiero para salvar a los bancos privados. El senado de EE UU aprobó una partida adicional de 700.000 millones, y dos semanas más tarde otros 850.000 millones.[…]
Ante tal situación, tenemos dos alternativas: ser un demagogo o ser un realista. Si, basándonos en la ley de la oferta y la demanda, afirmamos que en el mundo hay una demanda mayor de pan que de cruceros de lujo […], seremos acusados de ser unos demagogos. Si, por el contrario, aceptamos que es más urgente, más necesario y más conveniente y rentable para todos evitar que una empresa de seguros o un banco vayan a la bancarrota que alimentar a millones de niños, o brindar ayuda a las víctimas de un huracán, o curar el dengue, seremos calificados de realistas.

Poco más se puede añadir…

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