La isla de Sajalín – Antón P. Chéjov

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La isla de Sajalín - Antón P. ChéjovEn 1890, Antón P. Chéjov emprendió un duro viaje a través de Siberia para visitar la Isla de Sajalín, en el océano Pacífico. Tenía la intención de conocer de primera mano y escribir sobre la vida en la colonia penitenciaria establecida en la isla, como un tributo a la ciencia, con la que se sentía en deuda.

El objetivo era estudiar y documentar las condiciones de vida de los presos, así como las características de la isla, desde la objetividad. Para preparar su viaje, Chéjov había leído bastante documentación sobre la colonia penitenciaria, el clima, la flora y la fauna de Sajalín, pudiendo comprobar que en ocasiones se pecaba de un excesivo optimismo, pintando la isla como un edén que estaba lejos de ser.

Sajalín se había instaurado a mediados del siglo XIX como cárcel, y más tarde como colonia penitenciaria. Esto significaba que a los presos que demostraban buen comportamiento, o aquellos a los que les restaba poco para terminar su condena, se les permitía vivir fuera del presidio, en las colonias, donde se dedicaban a la agricultura subvencionados por el Estado. Cumplida su pena, podían regresar al continente o permanecer en la explotación que habían fundado.

Aunque sobre el papel la idea parecía atractiva, Chéjov se encontró a su llegada con un lugar inhóspito y desolado que le causo viva impresión. El clima de la isla, cuya temperatura media oscilaba entre 1ºC y -1ºC, resultaba del todo inapropiado para la agricultura; el desconocimiento y la negligencia de los funcionarios dificultaba el buen funcionamiento de cualquier instalación; y el hambre, la miseria y la depravación campaban por sus respetos.

Escrito en el registro de un documento científico, “La isla de Sajalín” es un testimonio que trata de abarcar todos aquellos aspectos que pudieran resultar de interés para el que quisiera conocer la realidad de la vida en la isla. En este sentido, Chéjov aporta datos sobre temperaturas, precipitaciones anuales, tipos de sembrados, edificaciones, instituciones penitenciarias, regímenes de vida de los presos… Pero a la vez que documenta todo esto en el tono que cabe esperar de un hombre de ciencia, no deja de señalar, con humano horror, la precariedad en la que viven los presos. Acosados por el hambre y el frío, sometidos al trato arbitrario de guardias sin escrúpulos y funcionarios llenos de desinterés, la colonia de presos lleva una vida en la que el castigo excede con mucho al crimen, y reformarse es algo prácticamente imposible.

Chéjov recoge numerosas historias de presidiarios y colonos como testimonio de las duras condiciones de la vida en la isla, a la vez que como muestra de los distintos tipos que la poblaban. En Sajalín se había formado una sociedad bastante heterogénea con un único denominador común: la miseria. En la isla vivían presos (la mayoría condenados a trabajos forzados), colonos que cultivaban la tierra a la espera de la libertad que les permitiera partir hacia el continente, algunos campesinos antiguos forzados que habían decidido quedarse, además de familiares de presos que habían decidido seguir a los condenados al exilio.
En esa abigarrada sociedad el alcohol, el robo y el asesinato eran moneda común, imposibles de erradicar y casi fomentados por un sistema poco piadoso, que arrebataba al preso todo resto de dignidad y, en consecuencia, cualquier ánimo de regeneración. En ese sentido, destaca el hecho de que las presas fueran repartidas entre los colonos, teóricamente en categoría de “cohabitantes”, pero realmente como una especie de animal doméstico, a medio camino entre una bestia de carga y un animal de compañía.

“La isla de Sajalín” es una excelente forma de conocer los intentos rusos de crear una colonia agrícola penitenciaria, al igual que estaban haciendo los franceses en la Cayena, en esa misma época; además de acercarse el Chéjov ensayista, de prosa tan admirable como en sus cuentos.

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5 Comentarios

  1. no he leído el libro en cuestión no así otros varios de Chejov, novelas piezas de teatro y cuentos . Entré a esta página buscándolo porque me interesa saber más de Sajalin . estuve en la ex URSS y escuche muchas historias sobre los presidios en la isla , canciones incluidas en el argot del ampa rusa , no tengo claro si durante le época soviética aún los mantenían. Quisiera saber cómo desde Chile puedo adquirir el libro . Gracias

  2. […] viajes, en Australia o en Estados Unidos, demuestra que Bryson, como hiciera Chéjov al viajar a Sajalín, se informa, antes de nada, sobre lo que va a ver para comprobar si es cierto lo que se cuenta y […]

  3. “¡Qué bello es este mundo! Sólo hay una cosa en él que no funciona: el ser humano”.

    Mala experiencia debió extraer Chéjov de su viaje a Sajalín para dirigirse, de esta manera, a su editor, pocos días después de su regreso a Moscú. Y sí, es cierto, tras la lectura de esta heterodoxa obra, no cabe inferir nada más que conclusiones negativas sobre el ser humano.

    El Chéjov al que nos enfrentamos en “La isla de Sajalín” no es el Chéjov clásico, maestro de los maestros en el relato corto, capaz de desgranarnos la psicología de sus personajes suavemente a lo largo de historias, en las que no hay ni buenos ni malos y aparenta no ocurrir nunca nada. Este Chéjov es distinto, es una mezcla de libro de viajes y de riguroso tratado científico que, como siempre acontece en su obra, se empeña en comprender algo incomprensible en sí mismo: el ser humano.

    El libro es una dura denuncia al concepto de colonia penitenciaria fundada en Sajalín, pero peca de excesivo tanto en el manejo como en el aporte de datos, lo que lo convierte, en ocasiones, en algo farragoso. Impecable, eso sí, (como siempre), su atinada y bella prosa, da lo mismo que nos hable de meteorología, de horticultura o de las terribles vivencias de los penados. La lectura de esta obra deja a la luz un sistema político incapaz, injusto y corrupto que trata a sus gobernados, en este caso convictos, como auténticos esclavos, unas bestias de carga destinadas al servicio de guardias y funcionarios. Semejante colonia penal sólo podía tener cabida en un régimen como el zarista, una entelequia agonizante que se hallaba presta a iniciar su particular calvario; Japón le propino su primer golpe serio al invadir la isla durante la guerra ruso-japonesa de 1904, en el caos consiguiente, unos treinta mil presos rusos consiguieron escapar.

    He aquí algunos párrafos significativos sobre las condiciones de vida en el penal:

    “Su zamarra huele a oveja, su calzado hiede a cuero y a alquitrán. La ropa interior, impregnada de secreciones cutáneas y compuesta de restos de sacos viejos y andrajos podridos, está húmeda y hace tiempo que no se lava; los harapos con que cubre sus pies despiden un asfixiante olor a sudor; y él mismo, que hace mucho tiempo que no se baña, está lleno de piojos, fuma tabaco barato y sufre constantemente de flatulencia”

    “El verdugo se sitúa de costado y golpea de forma que el látigo recorra el cuerpo de través. Cada cinco latigazos se desplaza al otro lado y hace una pausa de medio minuto. A Prójorov los cabellos se le han pegado a la frente, el cuello se le ha hinchado. Al cabo de cinco o diez latigazos el cuerpo, ya lleno de cicatrices por latigazos anteriores, se vuelve morado y azul. La piel se resquebraja a cada golpe.
    -¡Excelencia!- implora entre llantos y gemidos-. ¡Excelencia! ¡Apiádese, excelencia!
    Al cabo de veinte o treinta latigazos, Prójorov, como borracho o sumido en el delirio, se lamenta:
    -Soy un desdichado, soy un hombre muerto… ¿Por qué me castigáis así?”

    El prólogo, traducción y notas son de Vicente Gallego Ballestero, uno de nuestros mejores traductores del ruso, juntamente con Ricardo San Vicente, y la edición contiene más errores tipográficos de los deseables, lo que es menos disculpable aún si tenemos en cuenta el elevado precio del libro.

    Al respecto de lo sugerido en su introducción, sobre las posibles causas que motivaron el viaje de Chéjov a Sajalín (un desengaño amoroso, la pena por la muerte de su hermano Nikolái o el deseo de rendir tributo a la ciencia), quisiera apuntar otro motivo, en mi opinión, más fundado y plausible.

    Rosamund Bartlett, en su libro “Chéjov. Escenas de una vida”, hace referencia a la extrema admiración, devoción casi, que el escritor profesaba a Nikolai Przhevalski, explorador y militar zarista que abanderó la ansia expansionista del imperio ruso en Asia (realizó expediciones a Siberia, Mongolia y China en 1870 y 1880, llegando hasta Lhasa y el desierto de Gobi). A su muerte el propio Chéjov le dedicó un obituario repleto de reconocimiento: “Un solo Przhevalski o un solo Stanley valen más que una docena de instituciones docentes y cien libros buenos”.

    Pero el espíritu curioso y emprendedor del escritor, (en su infancia había leído y releído el libro de viajes “La fragata Palladia” de Iván Gonchárov), que albergaba una auténtica veneración hacia los personajes intrépidos (Przhevalski, era sólo un ejemplo), se veía encarcelado por un cuerpo débil y enfermo, por lo que su periplo a Sajalín representó un acto extremo de rebelión contra su frágil salud y sus obligaciones familiares: “vivir alguna aventura y hacer algo extraordinario en la vida antes de que fuera demasiado tarde”, expone, como justificación al viaje, la autora inglesa.

    El libro, a parte de su valor literario (es Chéjov, palabras mayores), interesa como documento de una época, que aunque superada, el ser humano repite una y otra vez con desgraciada facilidad.

    Un cordial saludo para los seguidores de solodelibro

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