La patria de la electricidad y otros relatos – Andréi Platónov

2
672

La patria de la electricidad y otros relatos - Andréi PlatónovLa mayoría de la obras de Andréi Platónov, aunque escritas en la primera mitad del siglo XX (Platónov murió en 1951), no fueron publicadas hasta las últimas décadas de ese mismo siglo: los años setenta para las traducciones editadas en Europa y Estados Unidos, mediados de los ochenta para su publicación en Rusia.

Platónov fue un escritor prohibido por el régimen soviético. Y esa es la etiqueta que se le suele colgar a modo de recomendación para los lectores. Una forma funesta de empequeñecer a un autor grandioso. De reducir una voz honesta (como la que todos deberíamos hablar o al menos escuchar con atención) y su forma asombrosa de jugar con el lenguaje, con la metáfora y con la imaginación a una cuestión política. Leer a Platónov solo porque fue un escritor prohibido en la Rusia soviética es infligir una ofensa a un escritor extraordinario, una ofensa tal vez peor que haber prohibido la publicación de sus obras.

La patria de la electricidad y otros relatos reúne una selección un tanto ecléctica de piezas breves del autor. En algunas se recogen temas y motivos que las emparentan con la genial Chevengur. Otras son encantadores cuentos infantiles. Todas respiran el estilo único de Platónov. Un estilo del que resulta difícil asegurar qué resulta más placentero, si la exquisitez de los aspectos puramente literarios o la sensación de estar escuchando la voz de las gentes buenas hablando, pensando y sintiendo sobre lo que ocupa y preocupa a las gentes buenas.

Tal vez sea esto segundo lo mejor de estos relatos, pese a las innegables excelencias de la prosa de Platónov. Sus protagonistas son hombres (y alguna mujer) aferrados con tenacidad a la idea de hacer el bien, de buscar un provecho mayor que el suyo propio, de trabajar en la construcción de una tierra prometida. Muchas veces no son gente instruida, apenas alcanzan a comprender qué es lo que sucede a su alrededor —no hay que olvidar que estos relatos recogen el contexto convulso de la Guerra Civil Rusa, de la implantación del comunismo y de la Segunda Guerra Mundial—. Pero los personajes de Platónov tienen la suficiente claridad mental para saber que la tierra prometida no nos será dada: debe ser construida por el ser humano.

Para probar la necesidad de construir un mundo mejor (disculpen el tópico), Platónov introduce a menudo en sus relatos algún ser desamparado. Es la representación de la humanidad sufriente a la que el hombre consciente ampara, toma bajo su protección. Incluso aunque en ocasiones esa protección tenga consecuencias fatales.

De esta manera el escritor vuelve concreto el dolor que habita en la tierra, pero también la esperanza de redimirlo. Esa esperanza nace de una fuerza imparable que recorre el mundo y que se opone, aquí y ahora, a la injusticia y a la iniquidad.

Esa fuerza es la que recorre estos relatos de Andréi Platónov y convierte sus textos en algo que va más allá de una buena lectura, en alimento espiritual.

Más de Andréi Platónov:

2 Comentarios

  1. No hace mucho, al comentar la última obra reseñada de Wilkie Collins, afirmaba que gracias a solodelibros había descubierto escritores enormes. Andréi Platónov era uno de ellos.

    Cuando acabé de leer “Chevengur”, me prometí no abandonar la tarea de descubrimiento iniciada y “La patria de la electricidad y otros relatos” fue el siguiente paso para seguir introduciéndome en el particular mundo del escritor ruso.

    Si alguien me preguntara por qué debe leerse a Platónov no sabría expresarlo mejor de lo que lo hace la reseña en su último párrafo:

    “… convierte sus textos en algo que va más allá de una buena lectura, en alimento espiritual”.

    Así de profunda, original y hermosa es la prosa de Andréi Platónovich Kliméntov. Un escritor que a cambio de la honradez de sus principios recibió el castigo más cruel que puede deparársele a cualquier artista: el ostracismo.

    Desde joven se involucró del ánimo de la revolución bolchevique, colaborando en numerosos proyectos de roturación de tierras y de suministro de luz eléctrica al campesinado (el concepto preconizado por Lenin de que electrificación + poder soviético = socialismo, impulsó enormemente este tipo de tareas). El relato que da título al libro es el paradigma de ello, su protagonista, con la ayuda de una vieja motocicleta inglesa de dos cilindros, se afana por conseguir el doble objetivo de iluminar las isbas de la aldea de Verchovka e irrigar las tierras baldías asignadas a las familias de los guardias rojos caídos en combate. Estamos ante el canto optimista a la fuerza transformadora del nuevo hombre socialista, capaz de cambiar el mundo domeñando a la naturaleza, “que no entiende de palabras ni de oraciones, sólo le teme a la inteligencia y al trabajo”. Pero los logros obtenidos fueron escasos y la realidad acabó por mostrar su cara más desalentadora, el entusiasmo que le llevó a cambiar la literatura por la tierra, dedicándose de pleno a la mejora de las condiciones del medio rural, se estaba desmoronando y el lema que había repetido en infinidad de ocasiones, “el escritor proletario debe tener necesariamente otra profesión”, estaba siendo derrotado pese a todos sus esfuerzos.

    Es a partir de estas experiencias, cuando empieza a germinar en él una posición crítica al poder soviético, lo que nos lleva a la obra que cavó su tumba definitiva, “Las dudas de Makar”. Si tras la lectura de “En provecho”, Stalin ya lo había tildado de “vulgar”, “hombre bobo”, “villano”, “sinvergüenza”, “tonto”, y otras lindezas, las peripecias del bonachón Makar en Moscú para descubrir el centro del Estado y del conocimiento tecnológico fueron la muestra inequívoca de que Platónov, el escritor proletario, había ido demasiado lejos. El poder no podía sustraerse, sin tomar represalias, a la presencia del “ser científico” sapientísimo, con “el rostro iluminado por el resplandor de la lejana vida masiva” y “ojos borrosos y muertos” o a frases como la que Makar recibe al expresar su deseo de trabajar como albañil:
    “Aunque no podrás entrar con nosotros enseguida, porque vives en libertad y, por lo tanto, no eres nadie. Primero deberás entrar en la unión de trabajadores, pasar por la inspección de clases”.

    Platónov había trasgredido todos los límites permitidos y lo pagó muy caro toda su vida, en lo personal y en lo artístico.

    Si la reseña apunta muy acertadamente a una característica muy propia de la obra del escritor de Vorónezh, la de la presencia de algún ser desamparado que simbolice a toda la humanidad sufriente, hay otra constante común en todas sus novelas, el amor a la máquina. Como hacía en “Chevengur”, Platónov, posiblemente influenciado por el futurismo de Marinetti y el constructivismo ruso, ve en la máquina a un ente casi vivo, capaz de sentir y sufrir como cualquier ser humano. En “Entre animales y plantas”, otro de los relatos del libro, Iván Alekséyevich, su protagonista afirma:

    “No entendían que la maquinaria y los mecanismos son huérfanos a los que constantemente hay que mantener cerca del alma, de lo contrario puedes no notar cuándo empiezan a temblar y se ponen enfermos, no te dará tiempo de hacer nada cuando oigas crujir la aguja y veas aparecer la muerte”.

    Pero si Platónov me seduce y me deslumbra por esos sus ambientes fríos, pétreos, extraños e inhóspitos para el hombre, “La patria de la electricidad y otros relatos” me ha permitido descubrir otra vertiente de su obra. Me refiero a su obra dedicada al mundo infantil, único terreno que se le permitió pisar tras caer en desgracia, y que, junto a su trabajo como bedel en el Instituto de Escritores, – cruel y premeditada paradoja -, le permitió subsistir de mala manera hasta su muerte en 1951.

    Narraciones cortas como “Una flor en la tierra” o “Una flor desconocida” rezuman de una extrema sensibilidad y delicadeza. Ver a Afonia tratando de entender el valor de la tierra, “lo más importante en el universo, de donde sale todo”, es un ejemplo de la importancia del amor por la naturaleza y de la fuerza mágica de la vida, que acaba sobreponiéndose a todas las dificultades… Siempre que el hombre, su peor enemigo, no persevere en la locura de su destrucción.

    El libro recoge diecinueve relatos y es difícil elegir a los más hermosos entre todos, quizás “Alterké”, “Semión” “Ulia”, “Nikita”, “Yushka” o “Amor a la patria o El viaje de un gorrión”… Complicada elección, como digo.

    Gracias a solodelibros por aproximarme a Platónov y por permitirme disfrutar de la belleza de su literatura. Gracias, Sra Castro, gracias Sr. Molina.

    Cordiales saludos a todos los aficionados a la lectura.

    • Miguel, como siempre un fantástico comentario de “La patria de la electricidad y otros relatos” que apunta cosas que yo dejé en el tintero.

      Por ejemplo esa fe hermosa, reconfortante, en que el comunismo iba de verdad a cambiar el mundo. Había que trabajar para lograrlo, pero el milagro estaba ahí, a la vuelta de la esquina.

      Ese milagro vendría a lomos de una máquina. La locmotora es la augusta representante del maquinismo, casi un ser mitológico, poderoso. Pero dominado por la inteligencia humana. Una inteligencia que no se engríe, que sabe ser bondadosa y se pone al servicio de los demás.

      Platónov trabajó para convertir en realidad ese milagro, y sus relatos demuestran que nunca perdió su fe. El verse señalado como enemigo soviético tuvo que llenarle de pesar y perplejidad.

      Un abrazo, Miguel.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here