La vida dura – Flann O’Brien

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La vida dura - Flann O'BrienFlann O’Brien vuelve en “La vida dura” a relatar una historia que no es sino un guiño gigantesco a Irlanda y lo irlandés. Sus costumbres, sus gentes, las preocupaciones y maneras de pensar de estas, desfilan por sus páginas cargadas de ironía, que vienen a ser una caricatura hecha con cariño.

En “La vida dura” no encontraremos científicos extravagantes, casas bidimensionales, ni relaciones amorosas entre hombres y biciclos, pero sí el mismo humor llano, el mismo estilo jocoso, directo e inteligente que caracteriza la obra de O’Brien.

La voz en primera persona del narrador -típico recurso del autor, que sabe convertirla en un rasgo característico de sus novelas, a la vez que logra hacerla singular cada vez-, va desgranando los acontecimientos. Estos pueden no resultar especialmente inverosímiles en “La vida dura”, pero sí desde luego chocantes, pues O’Brien aúna de una manera magistral una narración realista con detalles fantásticos que se intercalan en la historia. Así, lo cotidiano y lo extraordinario se subrayan mudamente, creando una riqueza expresiva singular.

Finbarr es el menor de dos hermanos que, a la muerte de su madre, se trasladan a vivir con su medio tío, el señor Collopy, y la familia de éste. Desde su puesto en la cocina familiar, mientras hace sus tareas escolares, Finbarr va dando cuenta del acontecer de los días en una típica pero peculiar (he aquí el sello de O’Brien) familia irlandesa. Las charlas eruditas que su tío y un padre jesuita mantienen sobre la historia de la Compañía, una peregrinación a Roma para ver al Santo Padre o los extraños negocios que su hermano Manus emprende, son los hitos que jalonan esta historia.

Esos extraños negocios del hermano mayor serán, en “La vida dura”, la pincelada surreal que el autor introduce como ese divertimento que el lector siempre busca en sus obras. Manus se dedica con éxito a vender cursos por correspondencia, que él mismo inventa: cursos de equilibrismo, buceo o periodismo y guías de pájaros o jardinería, pirateados a partir de libros de la Biblioteca Nacional; aunque también se dedica a las apuestas de caballos y a comercializar extraños bebedizos.

Y es que lo extraordinario de las novelas de O’Brien es, más allá de la desbordante imaginación de la que hace gala en ellas, esa capacidad para infiltrar el delirio en sus tramas. En ellas, lo fantástico se hace real sin que resulte disonante, al mezclarse con maestría con lo cotidiano.

Ese el caso del Agua grávida, una misteriosa medicina que Manus vende por correspondencia y que X le suministrará a su propio tío contra un reumatismo. Sin embargo, por un error en las dosis, el Sr. Collopy comenzará a aumentar de peso, a pesar de no engordar físicamente ni un gramo. Y esa desconcertante situación tendrá parte importante en el desenlace de “La vida dura”.

Debemos agradecer a Nórdica el que continúe con la labor de rescatar para los lectores españoles a este autor que con su estilo singular logra proporcionar tan excelentes ratos de lectura.

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