Los signos – Karin Johannisson

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Los signos - Karin Johannisson“Los signos” es un interesante ensayo sobre la relación que médico y paciente han tenido a lo largo de los tiempos, centrándose con especial interés en los años que van desde principios del siglo XIX hasta casi la mitad del pasado siglo XX.

Karin Johannisson, especialista en historia médica desde la perspectiva de género, describe pormenorizadamente el ritual de ese encuentro entre médico y enfermo. Un encuentro fuertemente pautado y reglamentado donde, sin embargo, tenía cabida la ambigüedad, especialmente cuando la paciente era una mujer.

Hasta el siglo XIX, la relación entre paciente y médico estaba basada en las palabras: el médico extraía su diagnóstico del relato que el enfermo hacía de su enfermedad y en general, de su propia vida y costumbres. Este diagnóstico se basaba en horas de escucha y en una relación familiar con el enfermo y su entorno.

Pero desde comienzos del siglo XIX la figura del médico cambia, revistiéndose de una autoridad nueva proveniente de una nueva práctica médica. El relato y la escucha dejan paso a la semiología, la ciencia que estudia los signos que la enfermedad escribe en el cuerpo del enfermo y que el médico debe aprender a reconocer. Y para ello, el médico debe al principio servirse de sus sentidos: el oído para las percusiones, el tacto para las palpaciones, y siempre la vista. Sólo más tarde la invención de nuevos instrumentos viene a facilitar esa tarea del doctor: el estetoscopio y los rayos X ayudarán a los sentidos humanos a leer los signos con mayor fidelidad. Hasta ese momento, el médico debe entrenarse para afinar vista, oído y tacto. Gusto y olfato quedan relegados a prácticas médicas obsoletas, cuando el médico olfateaba y probaba la orina del enfermo para detectar la enfermedad.

Sin embargo, el encuentro entre médico y paciente es siempre y a pesar de todo, el encuentro entre dos cuerpos. Un encuentro altamente erotizado, donde el cuerpo, la piel, quedan al descubierto, y la vista recorre con detenimiento partes que el pudor de la vida cotidiana exige ocultas. Por otra parte, el médico detenta el dominio en una situación inhabitual y esa autoridad puede tener un efecto subyugante. Para contrarrestar el efecto hipnótico que esta situación puede desencadenar, la visita médica se rige por un riguroso protocolo que indica qué partes y en qué circunstancias se pueden descubrir, cuál es la postura a adoptar por los dos integrantes de la escena y qué palabras deben pronunciarse en esos momentos.

Si la situación del paciente es incómoda, no lo es menos la del médico. Como primer paso para ejercer la práctica médica, el estudiante debe aprender a objetualizar el cuerpo del paciente y a no sentir por él ni deseo, ni asco, ni compasión. La templanza debe ser la máxima del médico. El asco es un sentimiento que un buen médico debe mantener alejado de sí, obviando los olores, la suciedad, los parásitos… y concentrándose en los signos que el cuerpo presenta.

Pero esa cosificación del paciente, ese quitarle su categoría de ser humano para reducirle a mero cuerpo portador de la enfermedad, tuvo también consecuencias nefastas. Si bien es cierto que sólo para los más desfavorecidos. El médico, convertido en dios, distante del dolor, ajeno a la compasión, se sirvió del cuerpo de pacientes sin medios para experimentar, a menudo de forma dolorosa, nuevas técnicas. Estos experimentos médicos se basaban muchas veces más en peregrinas teorías, fruto de prejuicios, que en realidades empíricas. Así el caso de la medicina racial o ciertos experimentos en el campo de la ginecología.

A todas estas ideas nos acerca “Los signos”, una obra sencilla pero documentada, que recoge una parte de la historia de la medicina que ha quedado fuera de los manuales: la historia, humana y científica, del examen médico.

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