Manifiesto de derechos humanos – Julie Wark

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Manifiesto de derechos humanos - Julie WarkEn 1948 se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un documento de carácter internacional sobre la inherente dignidad e igualdad de derechos de todos los seres humanos. Lamentablemente, los derechos recogidos en la Declaración continúan siendo ignorados por la mayoría de los países, especialmente en lo concerniente a la protección de los derechos económicos y sociales.

Sin duda lo extraordinario es que décadas de crecimiento económico no han logrado asegurar derechos humanos básicos como la alimentación, la atención sanitaria, la educación o el trabajo. Y esa es la tesis fundamental de este Manifiesto de derechos humanos, escrito por la activista radicada en Barcelona Julie Wark. Tesis que se puede resumir en una única frase que debe hacernos reflexionar: «Los derechos humanos hoy no son universales, pero sí lo es el sistema de mercado».

Wark defiende acertadamente la idea de que los derechos humanos «son una expresión de la arraigada y profunda noción humana de la justicia». Se basan en expectativas legítimas y justas, no pudiendo considerarse jamás un privilegio reservado a un grupo. Sin embargo, en nuestra sociedad, gracias al neoliberalismo, cada vez más se asimila derecho con poder: el que tiene el poder, tiene el derecho; y los débiles deben resignarse a sufrir el alcance de los ricos.

El Manifiesto de derechos humanos es taxativo: el neoliberalismo y los derechos humanos no pueden convivir. Y esto es así porque el primero busca convertir en capital incluso a las personas, arrebatándoles su dignidad. Pero la dignidad humana es la base sobre la que se erigen todos los derechos humanos. A la vez que se relaciona estrechamente con el derecho fundamental: el derecho a los medios materiales de existencia.

Sin embargo, los poderes fácticos, junto con los gobiernos, han logrado dar a los derechos humanos un carácter político o social que los desliga de las condiciones materiales de existencia. Se inician guerras aberrantes en nombre de la “libertad”, o por razones “humanitarias” que enmascaran burdamente el interés económico que se adivina detrás. Y con ello se logra distraer la atención del que realmente es el problema más grave de derechos humanos: la pobreza. Contra ella nadie lucha. Y es que  «los proyectos de los poderosos que reducen la categoría de los seres humanos a infrahumanos no son rarezas históricas. Las políticas neoliberales están empeñadas en repetirlos».

Pero también los ciudadanos de los países desarrollados tenemos una importante parte de culpa en este abandono paulatino pero cada vez más flagrante del cumplimiento de unos derechos que parecen no ir con nosotros. La aceptación del mal como algo inevitable está muy extendida, «forma parte de un sistema mundial torcido que sólo sigue sus propias reglas […]. Se requieren desidia, indiferencia e ignorancia para permitir el racismo, la violencia, la mentira, el pillaje, la barbarie, la avidez y todo lo perverso que se presenta como recto y correcto».

Este Manifiesto de derechos humanos plantea la realidad de una dignidad humana que cada hombre y cada mujer reconocemos al resto de la humanidad. Y propone un recorrido somero por las veces en que esa dignidad ha sido pisoteada por los poderosos y defendida valerosamente por los débiles. Y nos conmina a elevar nuestra voces en un clamor que exija «nuestros derechos y señale lo que realmente está mal y lo que es realmente correcto». No en vano termina con el grito «¡Humanos del mundo, uníos!»

Un libro imprescindible que debemos leer y dar a conocer y, más allá de eso, conservar para siempre como libro de cabecera.

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