Miau – Benito Pérez Galdós

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Miau - Benito Pérez GaldósHay escritores a los que se vuelve una y otra vez, a los que no queda otro remedio que volver una y otra vez, bendiciendo la suerte de su prolificidad. Entre ellos está Galdós, un escritor que, como ningún otro, supo recoger en sus libros la medida de lo humano y, a la vez, retratar la sociedad de su tiempo. Así que en cuanto seres humanos y herederos de aquella sociedad, sus libros nos siguen atañendo, nos siguen apelando. Eso sin contar el tiento del autor para desarrollar tramas y personajes cautivadores, palpitantes de vida.

Aunque tal vez Miau, a pesar de ser una de las novelas más reconocidas del escritor, no sea el mejor ejemplo de lo anterior, al menos en cuanto a la trama. Miau recoge la historia de un funcionario cesante en el momento en que espera que se haga pública una nueva “combinación” de empleados entre los que espera figurar. La novela por tanto describe la esperanza (aunque el protagonista la niegue) del próximo empleo, los recursos que pone en juego el buen Villaamil y las estrecheces económicas que atraviesa la familia. Todos estos acontecimientos, bien sazonados de detalles, no tienen sin embargo la jugosidad de otras historias galdosianas, más enrevesadas y “folletinescas” (permítaseme la palabra, que no pretende ser peyorativa de ningún modo), aunque esté trufada con algún engaño amoroso o con las ansias de la señora Villaamil por fingir una posición que no es en absoluto la que permiten sus posibles (tema este recurrente en las novelas de Pérez Galdós).

Por el contrario, el personaje de Ramón Villaamil resulta poderosamente conmovedor, aunque algo cómico, desde un principio, para al final desplegarse como un auténtico personaje de tragedia. Funcionario cesante con una larga carrera de buen servicio a sus espalda, lleva años esperando una nueva colocación mientras ve cómo a su alrededor medran quienes menos lo merecen. A la batalla de su vida pública, se une la de su vida privada: el mal gobierno de su esposa tiene a la familia las más de las veces entre la espada de las deudas y la pared de la miseria. Toda la novela es una larga puesta a prueba de la resistencia del buen Villaamil, quien al final acaba por comprender (que no asumir) el despropósito que ha sido su vida. Un despropósito del que él es inocente, pero que acabará por pagar.

El patetismo de la historia de Villaamil conmueve: se ha obstinado en ser un hombre probo cuando lo que triunfa es la pillería; ha tenido que verle la cara a la pobreza debido a la falta de previsión de su esposa. La que debía ser una vida ordenada y feliz descarriló en algún momento. Cuando por fin lo comprende, Villaamil decide recuperar su libertad, aunque sea de la manera más tremenda.

Pero más allá de la triste historia de Ramón Villaamil, Miau dibuja también toda una sociedad fraudulenta. La sociedad del amiguismo, del chanchullo, del enchufe, donde los contactos y la caradura valen mucho más que el trabajo bien hecho o la probidad. La sociedad de las apariencias, en la que lo que la satisfacción es dejarse ver en el teatro aunque la despensa esté vacía. ¿Enlaza Miau con nuestra sociedad? Sin duda. Y todavía más cuando en Ramón Villaamil podemos ver la tragedia del hombre sin trabajo, del hombre al que se le priva de un medio honrado de ganarse el sustento y, sobre todo, de reconocerse útil, válido, activo.

Cuando un escritor tiene, como Galdós, la habilidad para capturar la vida misma, siempre es un autor contemporáneo, no importa los años que pasen sobre sus obras.

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2 Comentarios

  1. Una vez que uno se ha acercado a Galdós por primera vez es imposible sustraerse a la necesidad de volver a él tarde o temprano. El motivo de la adicción es claro, sus obras rara vez te defraudan como lector, y no lo hacen porque, en la mayoría de los casos, historias y personajes son de una proximidad apabulladora.

    Leí “Miau” el pasado año, coincidiendo con el 125 aniversario de su publicación, – un siglo volcánico y 25 más de adocenamiento añadido, según palabras de mi admirado Gregorio Morán -; resumiéndolo con brevedad, mucho tiempo, y a pesar de ello sus enseñanzas y conclusiones son idénticas a las que podemos extraer de la lectura de cualquier periódico actual: “La lógica española no puede fallar. El pillo delante del honrado; el ignorante encima del entendido; el funcionario probo debajo, siempre debajo”, palabras de don Ramón de Villaamil.

    Cierto, Sra Castro, que la trama no es nada del otro mundo, la simple historia de una cesantía, aderezada de algún pequeño engaño amoroso, pero el trato dado a los personajes, no sólo al pobre don Ramón, – qué me dice de la ternura desbordante de Luis Cadalsito y de su inseparable Canelo -, es mayúsculo, tan enorme que, en mi opinión, “Miau” es una de las novelas más redondas de Galdós.

    La denuncia que nos transmite es también demoledora, la de una sociedad fomentadora de la estafa y el esquilme del Estado y la del funcionariado inútil y arribista que de sus pechos se amamanta, mientras acecha la recomendación que lo catapulte hacia el ascenso. España en estado puro, la de 1888, la de ahora y la de siempre.

    Como ocurre con Galdós, la trama se ambienta en su Madrid único, la ciudad que empieza a ser urbe cosmopolita sin abandonar aún el carácter castizo de un pueblo. Es por esos escenarios de cambios, en medio de terraplenes, explanadas, cascotes y montones de baldosas, por los que deambula el probo Villaamil en busca de su merecida “sacrosanta libertad” y el “Pues… sí…” final con que nos sorprende, siendo demoledor, no deja de alumbrar cierta esperanza entre todos los que asistimos al desenlace de la historia. El telón cae, cierto, pero nos resistimos a que lo haga de esa manera.

    En “Miau”, a diferencia de otras de sus obras, se vislumbra un mensaje inconformista, rebelde, impropio del ideario pequeño burgués del escritor canario. Estamos ante un Galdós desconocido, que ha mudado su naturaleza conservadora hacia casi la soflama anarquista:

    “Pero también os digo que no hagáis caso de lo que os prediquen vuestros jefes, y que os sublevéis a las primeras de cambio, hijos. Despreciad al gran pindongo del Estado…”

    Nunca llegaremos a saber si es éste un arrebato puntual del creador o la pataleta existencialista, justa y justificada, de su protagonista, funcionario honrado, que no encuentra salida a una desdichada vida. Sea como fuere, llama la atención que en medio de la aparente sencillez galdosiana brille, aunque sea levemente, la audacia de semejante proclama revolucionaria.

    Sí, como siempre, Galdós y su obra continúan vivos, mantienen una vigencia absoluta, y su lectura resulta más actual que la mayoría de las novelas alumbradas al amparo de los tiempos modernos.

    Cordiales saludos a los seguidores de solodelibros

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