Nagasaki – George Weller

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Nagasaki - George Weller“Las crónicas destruidas por MacArthur” es el subtítulo de esta obra que, además de recoger los reportajes que George Weller escribió sobre el terreno en Nagasaki, propone una necesaria reflexión sobre la censura así como sobre la imagen que se nos impone de determinados acontecimientos históricos.

Los partes que se reúnen en “Nagasaki” fueron escritos por Weller poco después de un mes del lanzamiento de la bomba atómica cuando, sin autorización, llegó al sur de Japón, todavía vedado para la prensa y los contingentes aliados por orden de MacArthur, para cubrir en primicia y con vivencias de primera mano las consecuencias del lanzamiento de la bomba atómica sobre Nagasaki.

Puesto que la guerra había terminado hacía ya unas semanas, Weller envió sus partes al Chicago Daily News a través de los censores militares, según lo establecido, con la esperanza de que los hicieran llegar a su periódico. Sin embargo, la censura jamás dio curso a sus artículos y las copias en carbón sólo han sido descubiertas tras la muerte de Weller. El propio autor las creía perdidas y jamás dejó de lamentarse del excelente trabajo de los censores, que habían privado al mundo de conocer unos testimonios del todo necesarios sobre algunos de los crímenes más escalofriantes que el ser humano ha cometido.

La obra, editada por Crítica, sigue el itinerario que Weller siguió en Kyushu: su entrada en Nagasaki, su posterior recorrido por los campos de prisioneros donde aún aguardaban la liberación los soldados aliados y el regreso a Nagasaki cuando el personal militar y médico acudió a la ciudad. Complementan estos textos un par de artículos más extensos que escribió en el barco de regreso a Guam, ‘Los dos Robinson Crusoe de la isla de Wake’ y ‘El crucero de la muerte: siete semanas en el infierno’, además de ‘El primero que entró en Nagasaki’ un texto que Weller escribió a finales de los años sesenta explicando cómo logró pasearse por Nagasaki haciéndose pasar por comandante del ejército norteamericano.

Los primeros partes que el periodista escribió describen la devastada ciudad de Nagasaki, las ruinas, los restos mortales incinerados en montones de basura. Además en ellos recoge testimonios de la caída de la bomba vertidos por quienes de alguna manera lograron ponerse a salvo y sobrevivir, así como de los incendios posteriores que arrasaron la ciudad y carbonizaron a los heridos atrapados entre las ruinas.

Pero Weller no busca el patetismo, cada línea trata de ser una descripción objetiva que aporte datos sobre lo que sus ojos están viendo. La tarea de juzgar se la deja a otros. Aunque en el texto de ‘El primero que entró en Nagasaki’ sí se detiene a reflexionar al respecto y aclara que, al observar la destrucción de la ciudad y la agónica muerte de los afectados por la ‘Enfermedad X’ (como dio en llamar a los estragos causados par la radiactividad) sintió compasión, pero no remordimiento.

La brutalidad que Weller sabía que imperaba entre soldados y oficiales del ejército japonés, y que los relatos de los prisioneros aliados le confirmarían, hizo que el remordimiento fuera imposible. Weller opinaba que Japón igualmente se hubiera servido de la bomba atómica si hubiera dispuesto de ella y que en tiempos de guerra no se puede esperar otro tipo de comportamiento. «El peor error de una guerra es comenzarla».

Pero Weller incluyó en sus partes dos temas espinosos que debieron asustar a los censores: por un lado, recabó testimonios de soldados norteamericanos prisioneros en un campo situado a escasos metros de donde se lanzó la bomba; por otro, comenzó a hablar de una extraña enfermedad que aquejaba a quienes en principio habían salido ilesos del bombardeo y que parecía tener algo que ver con la radiactividad.

Eso significaba que las autoridades estadounidenses no habían dudado en bombardear a su propia gente para alcanzar el objetivo de la fábrica de armamento que Mitsubishi poseía en la localidad. Y también que la radiactividad provocada por la bomba no había sido controlada, tal y como mantenía el gobierno norteamericano, y que estaba causando muertes. Los censores de MacArthur preferían mantener ambas cuestiones alejadas de la opinión pública, mientras vendían la idea de la fulgurante victoria que la bomba había proporcionado a los aliados y los miles de vidas que había contribuido a salvar.

Tras permanecer cuatro días en Nagasaki, Weller se dirigió a los campos de prisioneros aliados diseminados por la isla de Kyushu. Su intención no era recoger testimonios melodramáticos del tipo que el autor denominaba “Mira mamá, soy libre”. La idea de Weller era recoger más testimonios de la caída de la bomba, que los prisioneros podían haber visto dada la ubicación de los campos, pero pronto comprendió que el material que los prisioneros le ofrecían era inapreciable.

Muchos de ellos, encerrados todavía en campos de trabajo de los que los guardias japoneses habían huido, no sabían que la guerra había terminado y al recibir a Weller, recibían también las primeras noticias del exterior en años. Weller quiso aprovechar el momento en que el horror vivido en los campos todavía estaba fresco en la memoria de aquellos hombres y se apresuró a recoger sus historias antes de que la libertad y la idea de la vuelta a casa emborronasen las vívidas impresiones o las sepultase el anhelo de olvidar y volver a vivir.

De esos testimonios el lector extrae una enseñanza del grado de crueldad y bajeza a la que el ser humano puede llegar, pero también de su capacidad para resistir y continuar adelante, no se sabe si con esperanza o simplemente con empecinamiento.

La censura de estos partes, así como el control exhaustivo que las autoridades norteamericanas ejercieron sobre los reporteros que cubrieron la rendición del Japón y la firma del tratado de paz, nos aportan una idea de la manipulación a la que se sometió a toda información sobre ambos acontecimientos y, en general, sobre todo el conflicto. ¿Qué sabemos pues de lo que realmente fue la Segunda Guerra Mundial, cuántos testimonios como estos fueron silenciados? Una sola verdad conocemos: el mayor error de una guerra, es comenzarla.

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