Puerca tierra – John Berger

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1911

Puerca tierra - John Berger Es curioso que, sin ser uno de los autores que más nos gustan, haya ya unos cuantos libros de John Berger reseñados en solodelibros. Tal vez se deba más a la casualidad que a otra cosa, aunque este «Puerca tierra» venía siendo una lectura pendiente desde hace tiempo. Después de terminarlo, a uno le ha dejado un cierto regusto a frivolidad, pese a hacerse valer como un libro ‘serio’. Me explico.

«Puerca tierra» basa su poder narrativo (valga la expresión) en dos elementos: la sencillez y los personajes. La primera es una sencillez ‘ficticia’, ilusoria, pues en realidad la escritura de Berger es más complicada de lo que aparenta, en tanto pone énfasis en los aspectos más sensoriales de la prosa; no en vano el autor es, además, pintor. Los personajes refuerzan la historia no tanto por ellos mismos, por su construcción acertada o veraz, sino porque conforman un fresco que mueve a un sentimiento de pureza, de proximidad a la naturaleza, de solidez, algo que todos llevamos dentro y a lo que es relativamente fácil apelar.

Con esto quiero decir que Berger tira por el camino fácil a la hora de representar las historias de estos campesinos: narra con precisión sus penalidades, sus maneras de trabajar, su forma de vida, sus costumbres, sus miedos y esperanzas; sin embargo, el hecho mismo de escribir sin inmiscuirse en lo que cuenta (algo que —para no pecar de injusto— es muy difícil) pone una distancia muy extrema entre el lector y el contenido. El telurismo implícito en cada relato, esa pureza (más ética que psicológica) que ostentan, sin orgullo, los campesinos, la invasión silenciosa e implacable del modo de vida «civilizado», todo ello suscita sentimientos en el que lee, dado que, como ya he comentado, es relativamente fácil sacar a la superficie ese anhelo hacia lo natural, hacia lo primitivo.

Se sentó en una de las banquetas de ordeñar. Con la cabeza entre las manos, su respiración apenas se distinguía de la de las vacas. El propio establo era como el interior de un animal. El aliento, el agua, la rumia entraban en él; el viento, el orín, el excremento lo abandonaban.
A ratos se adormilaba. Pensaba en que ahora con cada semana que pasaba entraba un poco más de luz por arriba, por el pajar, pues los grandes montones de heno iban disminuyendo, y el sol brillaba un poco más entre las rendijas de los tablones. Dentro de tres meses sacaría las vacas a los pastos, que estarían verdes y salpicados de flores blancas y azules y margaritas.

Ese tono que oscila entre la solemnidad y la cercanía se mantiene a lo largo de todas las ocho historias que componen el libro. Y hay que ser sinceros: termina por cansar. Como ya he dicho, es muy fácil apuntar a esos deseos ‘naturales’ que casi todo el mundo guarda dentro de sí, y Berger lo hace en un crescendo que resulta demasiado obvio. Mientras que en los primeros relatos el estilo obedece a la trama, y se desliza sin chirriar hacia la conclusión, en los últimos se convierte en un monstruo que engulle el sentimiento, cualquier posibilidad de acercarse al lector. Así, ‘Recuerdo de una ternera’ o ‘La gran blancura’, con ser cuentos inocentes, tienen una mayor carga emocional, más hondura; sin embargo, ‘El valor del dinero’ o ‘Las tres vidas de Lucie Cabrol’ se pierden en vericuetos simplistas, apelando una y otra y otra vez a esos recursos facilones (las tareas del campo, la injusticia social, el coraje del hombre de campo) que ya no surten el efecto que debieran.

En realidad, lo más interesante del intento de epopeya campesina que pergeña Berger está contenido en el epílogo. Ahí, como si de una explicación tardía se tratase, el autor expone las razones que le han llevado a escribir el libro y los puntos que ha tratado de mostrar y denunciar. En ese momento descubre uno que hubiera sido mejor que algunos de los relatos se hubieran transformado en un ensayo, con una línea de pensamiento como la que John Berger muestra en ese epílogo, inteligente y cabal. Tal vez ése haya sido el error del libro: abusar de la emoción para tratar temas que necesitaban de la reflexión. Un desliz que provoca un cansancio complaciente, lo cual, decididamente, es una lástima.

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1 Comentario

  1. Admiro profundamente a Berger. Y lo que comentas sobre escondida en la simplicidad, bulle más complicación de la prosa, me parecen maneras de buen escritor, un poco como le ocurre a Coetzee. Aunque estoy de acuerdo, y eso sin haberlo leído, que por el tema tratado, revestirlo de ensayo hubiera sido más acertado. En todo caso me caso con él.
    Saludos de una ocupada.

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