Señor Sueño – Robert Pinget

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Robert Pinget nos advierte, en una nota preliminar al comenzar la lectura de Señor Sueño, que el volumen está compuesto por historias “garrapateadas” durante los descansos de su trabajo y que, por tanto, sólo deben ser entendidas como un divertimento. Felizmente, lo que supuso un divertimento para el autor, logra serlo también para el lector que se asoma al peculiar universo del señor Sueño.

El señor Sueño es un jubilado que vive retirado en una villa junto al mar en el sur de Francia y que, a modo de entretenimiento o penitencia, se fuerza a escribir todos los días unas líneas en un cuaderno. Y hasta ahí más o menos desvela el autor sobre la realidad de su estrambótico personaje. Porque lo que sabemos del Señor Sueño lo sabemos por sus escritos, pero en estos es imposible distinguir realidad y ficción.

Las anotaciones del anciano, ¿se ciñen a sus vivencias cotidianas, o por el contrario son invenciones con las que el jubilado entretiene sus horas? Pinget nos mantiene en la incertidumbre, juega con nosotros, nos señala que no todo lo que el señor Sueño escribe es auténtico, siembra la duda y parece burlarse a medias de quien le lee y de su propio personaje. De hecho, lo que leemos es una narración  que versa de las anotaciones del señor Sueño y, a través de ellas, sobre sus vivencias y pensamientos (¿reales, imaginarios?), sirviéndose para ello de la fórmula «el señor Sueño dice». Pero el narrador nos sume en la incertidumbre, ¿son él y el señor Sueño la misma persona?:

El señor Sueño que es presumido pero no muy astuto añade un dice a esas palabras muy personales que se le caen de la pluma, creyendo con ello dar el pego, hacer creer que tales palabras no son suyas si parecieran débiles o discutibles. Cae en la trampa, al tomar sus distancias respecto de un señor Sueño narrador cuando él sabe muy bien que es él quien habla, al menos en este caso.

Lo cierto es que, al avanzar en la lectura, cada vez sabemos menos de las circunstancias del señor Sueño. Pero eso carece de importancia, porque cada vez comprendemos mejor la esencia de su personaje: el señor Sueño es un ciudadano respetable. Un hombre al final de su vida que, al principio de la misma, se vio obligado a domesticar su alma, a desingularizarla, para adaptarse a lo que la sociedad exige y tolera de aquellos que la forman. Con los años, se ha convertido en un hombre tan acostumbrado a guardar las apariencias que ese es precisamente el rasgo más reseñable de su carácter.

De ahí que las notas del señor Sueño sean para él la rutina que le salva de la desesperación pero, a la vez, incómodos testigos que mensuran la insignificancia de una existencia vivida con el prurito de no desentonar. Una existencia en la que se ha ahogado la propia personalidad hasta el punto de llegar a considerar la vida como un acto de supervivencia, como un adaptarse al medio continuo.

Tengan valor estas mínimas notas suyas marginales o no tengan ninguno, sin ellas dejaría de tener incluso con qué medir la insignificancia de su supervivencia.

De hecho, la costumbre le obliga a mantener su pose hasta el final: el señor Sueño se descubre en ocasiones impostando sus pensamientos con el objeto de hacer una buena frase que anotar.

Escritas como un entretenimiento en sus ratos de ocio, con las historias del señor Sueño logra Robert Pinget dibujar a un personaje un tanto nebuloso pero, a la vez, increíblemente sólido. El señor Sueño puede ser cualquiera de nosotros, que con frecuencia renunciamos a lo más genuino de nosotros mismo para obtener no sabemos qué lejanas promesas. Y, aunque puedan ser impostadas, muchas veces sus reflexiones son tan certeras que la lectura de Señor Sueño deja un excelente sabor de boca.

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