Treblinka – Chil Rajchman

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Treblinka - Chil RajchmanVayan por delante dos cosas: la primera es que Treblinka es un libro duro, durísimo; la segunda es que su valor no está en sus méritos literarios, sino en los hechos que relata. La narración del joven polaco Chil Rajchman acerca de su deportación y cautiverio al campo de concentración que da título al libro no tiene nada de poético, de literario: en este texto sólo se puede encontrar dolor, extrañeza, angustia, miedo e incomprensión. Por más que se lea sobre el exterminio nazi; por más testimonios que escuchemos; por más detalles que conozcamos; nada será suficiente para entender cómo el ser humano alcanzó tales cotas de ignominia como durante la Segunda Guerra Mundial. Estas breves memorias de Rajchman nos recuerdan, de forma muy vívida y atroz, que los hombres pueden llegar a degradarse entre ellos sin límite moral alguno.

La edición de Seix Barral completa el texto del autor con un epílogo de Vasili Grossman en el que se da cuenta del funcionamiento del campo de Treblinka, de cómo se alzó para llevar a cabo el asesinato en masa de miles de prisioneros judíos, y de cómo el ejército alemán imponía una disciplina inhumana para ejecutar esos planes. Sin embargo, son las escuetas notas de Chil Rajchman las que verdaderamente nos sitúan en ese escenario que no puede sino recibir el calificativo de «dantesco». Su peripecia de meses desde que es trasladado, junto con su hermana, hasta que consigue organizar una fuga y escapar hasta Varsovia, le convierte en un testigo de toda la maldad que puede darse en la relación entre seres humanos. No hace falta pormenorizar los detalles que se cuentan en el libro, pero créanme si les digo que la lectura estremece por la crueldad que ilustra y, por increíble que parezca, la serenidad con la que se relata.

Como decía al comienzo, Treblinka es un libro necesario no por su calidad, sino por dar testimonio de unos acontecimientos tan terribles que no debemos olvidar para evitar que se repitan. Aunque el horror de los campos de exterminio sea atroz, es imperativo conocer lo que ocurrió, ser testigos vicarios de aquellos hechos, participar de cierta forma en ello gracias a los testigos. Los libros como éste (al igual que ocurre con los textos de Primo Levi o de Jorge Semprún) son duros, por supuesto, pero se han convertido en monumentos de la memoria: monumentos que, más allá de su estética, hacen que la literatura se convierta en recuerdo, en documento, en vestigio de algo que el ser humano no debe olvidar.

La grandeza del libro estriba en la serenidad con la que Chil Rajchman narra lo que le va ocurriendo: cómo pierde a su hermana al poco de llegar al campo; cómo consigue sobrevivir adaptándose a las penosas circunstancias; cómo mantiene cierta perspectiva a pesar de ser testigo de innumerables atrocidades… Su entereza, su valentía, son muestras de que incluso en el peor de los escenarios el ser humano atesora cualidades que lo enaltecen; si bien, como la narración muestra una y otra vez, también esconde la maldad más pura en algunos casos.

Treblinka es un testimonio sobrecogedor, pero necesario; doloroso, pero real. Y aunque sea penosa su lectura, no cabe duda de que salimos de ella más humanos.

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