Verano en el lago – Alberto Vigevani

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Alberto Vigevani dedica Verano en el lago, un relato corto pero de increíble intensidad narrativa, al sugerente momento en que nos despedimos imperceptiblemente de nuestra niñez para entrar en ese estado confuso de la adolescencia, de la turbulenta primera juventud. Sin un rito iniciático evidente que marque el antes y después de ese difuso cambio, la transformación se irá gestando casi imperceptiblemente a lo largo de todo un verano.

Giacomo es el protagonista de ese cambio y del relato. Y que ambos transcurran durante los meses de verano no es casual: el verano es la estación predilecta de Giacomo, que la entiende como un periodo de libertad, de ruptura con la rutina gris del año escolar en Milán. Sin capacidad para hacer amigos y sin ser un estudiante brillante, los inviernos en la ciudad son como una niebla pesada que atenaza al muchacho. Esa niebla se disipa en los meses de vacaciones cuando, escapando al control familiar, puede olvidarse de las expectativas que pesan sobre él durante el resto del año.

Sin embargo, el verano que la familia pasa a orillas del lago Como será absolutamente diferente de otros veranos anteriores. Al desprenderse de su niñez como de una piel ya muerta, la sensibilidad de Giacomo queda al descubierto: todo le hiere o le llena de júbilo, lo bello como lo atroz. Y a la vez, vive esa nueva realidad absolutamente solo, abandonado a sí mismo: mientras dure su metamorfosis el muchacho es un apestado que no pertenece al mundo de los adultos, pero tampoco al de los niños. De modo que, abandonado a sí mismo, deberá aprender a acostumbrarse a su nueva realidad y lo que ésta representa.

Dos hitos vitales jalonan además el recorrido espiritual de ese verano: el descubrimiento del deseo y el descubrimiento del amor. El deseo, dirigido hacia la joven criada de la casa, aparece como un sentimiento extraño y oscuro, un anhelo físico que involucra no obstante a lo anímico. La fuerza de ese sentimiento desconcierta a Giacomo y le hace sentir culpable, seguro de que nadie más alberga ese tumultuosos sentimiento que le empuja hacia el cuerpo de otra persona con una fuerza inimaginable.

Sus precarios escarceos con la sirvienta hacen sin embargo madurar al pequeño Giacomo. Esa experiencia inexplicable, hermosa y dolorosa a un tiempo, será para él una pasarela que le conduce a un nuevo estado emocional, del que es consciente. Y esa consciencia es precisamente la que le permite avanzar hacia el segundo descubrimiento del verano: el amor.

Pero atención, Verano en el lago no es el relato del primer amor, de un amor de verano. Verano en el lago es el descubrimiento primero de la capacidad de amar inherente al ser humano, con su mezcla, nunca exacta, de egoísmo y abnegación.

El amor se concreta para Giacomo en la figura de una hermosa mujer que conoce en la playa y de cuyo hijo se hace amigo. Pero, gradualmente, el muchacho comprenderá que el amor es un sentimiento con muchos más matices que el deseo. Se ama la belleza de un cuerpo, se ama lo que la propia imaginación achaca a esa belleza, se ama todo cuanto la rodea, e incluso se acaba por amar la realidad concreta del objeto de nuestro amor (realidad que rara vez coincide con nuestras ensoñaciones). Pero, y esta es la verdadera sorpresa para Giacomo, una vez que se aprende, se descubre uno amando el universo entero: el lago, el final del verano, el amigo compañero de juegos, y hasta la familia que nos abandonó a nuestra suerte mientras crecíamos.

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